Una por puterías...
Fecha Viernes, 05 septiembre a las 20:34:35
Tema Relaciones


Rompí con mi mujer en muy malas circunstancias y mucho ruido pero lo cierto es que tendré que entrenar día a día y noche a noche para poder olvidarla.
Es una mujer bellísima con cuya presencia, a menudo provocaba atascos de tráfico. Cuando nos hicimos novios , quedé tan aturdido por el éxito, que tardé tres días en besarla y una semana en tragar saliva. Es tan bella, que en las fotos que nos hicimos juntos nadie me recuerda a su lado. Yo no era ni soy como ella, en absoluto.



En mis fotos de la mili solo llamaba la atención el fusil de asalto. También estaba muy delgado, como si vomitase el doble de lo que había comido.
Yo creo que, incluso, me habría quedado floja la extremaunción. Además, yo era un chaval poco maduro al que, de haber muerto en extrañas circunstancias no sería raro que me hicieran la autopsia en el sector de pediatría del hospital.
También he sido un poco de mármol caldoso que sólo sonreía cuando me hacía cosquillas la flora intestinal.
Y eso si, un fumador empedernido que sería razonable que la estanquera me vendiese los cigarrillos encendidos y así no vería las nuevas “esquelas” insertadas en los paquetes de última generación, “Fumar acorta la vida”, “Fumar puede matar”, etc...

El gran problema es que la perdí, y además la perdí por visitar sitios jodidos en los que, a veces, salía menos gente de la que entraba.
Aquel mundo era lo mío, el puterio. Me fascinaba que en los garitos metiesen juntos en la lavadora los ceniceros y las bragas.
Cuando mi mujer rompió conmigo , con el 10 % de mi reputación, a Cristo lo habían crucificado los apóstoles.
Había tanta bendita mierda en aquel ambiente, que ni siquiera flotaba el agua estancada de las oxidadas palanganas.
Mi radiografía de entonces era una escalera de incendios.
Los besos de aquellas fulanas eran a partes iguales cine porno francés y trozos de pollo. Conocí a una que en el catre, con el placer y en el punto más álgido, le ladraba su parte íntima femenina. Había matones por doquier y en su marroquinería facial, además de rostro crispado, callaba la muerte en morse.

Ya nada en nuestras vidas es ni sombra de lo que fue pero, a veces, recuerdo los momentos tan felices a su lado, cuando un hogar era dos décimas de fiebre y algo al fuego.
Ahora me conformo con un brazo a cada lado y la sensación de que he jodido mi vida porque, con las prisas por ver la luz a oscuras, un mal día le planté fuego a las bombillas.

JSR, 5/09/2003







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