El viaje a Larache
Entre una multitud de gente raraolientes, que como hormigas cargadas van desde
nos sé donde hasta sabe Alá donde, me abro paso para llegar a la estación de
autobuses, si ese sitio puede alcanzar la categoría de cutre. Un bus viejo y
sucio nos espera a pleno sol. Al subir a este, vi como un olor me impedía entrar
a su interior, aquello era algo así como olor a cagajones de camellos, la verdad
es que no se como huele la biomasa de estos rumiantes, pero me han dicho que
es algo así como huelen los trapos de fregaderos de cocina. Una vez aguantada
la respiración como si me fuera a zambullir en un charco de agua residual y
tras los empujones que me daba Mohamed el cual tras de mí cargaba con las maletas,
me introdujo imperativamente al interior del.........bueno; acojonado me dispuse
a abrir los ojos lentamente y contemplé como todo el personal me miraba como
si yo fuera un pato blanco en un estanque lleno de patos azules. Contemplé que
estaba completo y que no había sitio pero antes de volverme el conductor dio
una voz y dos niños se levantaron y se escurrieron por entre mis piernas para
pasar por el pasillo y apearse del colectivo:

¡Noooo! Grité, ¡no bajaros, me bajo yo!, ¡Yo espero otro bussssss!
...pero el bus arrancó y con ese tirón me senté como pude en ese mal oliente
asiento, cuando por fin me acomodé, ya estaba Mohamed sentado a mi lado, sonriente
y placidamente ubicado.
—no me gusta como tratáis a los niños en este país, exclamé
y Mohamed cargado de maletas contestó:
—No jai, perdone, tal vez esa sea la imagen que proyecta su país del nuestro,
para sentiros más civilizados, esos dos chicos son los hijos del conductor que
en vez de estar en casa con los video-juegos, acompañan a su padre cuando hay
sitio en el colectivo y desde muy temprana edad van asimilando lo que es la
vida, desde la vida misma y no desde un simulador, cuando tengan catorce años
se independizaran y tendrán su propia vida.
Tánger ya quedaba a nuestras espaldas y por estrechas carreteras corría un precipitado
bus que se cruzaba con otros y no se como coño no chocábamos con ellos.
Una especie de supuesta cortina mal oliente, ¡que raro! me golpeaba en la cara,
pero no había donde carajo amarrarla y la ventana no había forma humana de cerrarla,
Mohamed me miraba y me sonreía.
Revoloteaban todas las cortinas del bus que corría cuesta abajo con el griterío
de los viajantes que tan tranquilos discutían unos con otros y amenizados con
una radio que sonaba fuerte hasta formar una mezcla con el a veces claxon que
usaba el conductor para advertir su presencia en curvas cerradas. Mi espalda
sudaba y mi frente y Mohamed me regalaba una sonrisa de “tranquilo jai, relájate”.
—¿queda mucho para llegar al Larache? Pregunté
—jejeje, ¡estos roumis! Murmuró Mohamed en voz baja
—¿qué es un roumi? Dije
—roumi es como nosotros llamamos a los occidentales. Se puede usar en tono despectivo,
como vosotros decís “gitanos” pero yo no lo usé de esa forma señor. Solo que
vuestras prisas os caracterizan
—Ya veo que conoces bien a los roumis.
—Claro, vivo en una ciudad casi fronteriza y me dedico al turismo, hablo mi
idioma, más francés y español, aunque solo sé escribir el mío; en vuestro país
yo sería una especie de burro de carga y guía turista.
—jeje, eres simpático Mohamed.
—claro señor, soy un buen profesional.
No se como lo hizo ese joven, pero me trasmitió la tranquilidad que necesitaba
para relajarme en el viaje y observaba como casi todo el trayecto pasábamos
por entre montañas y arriba y abajo y acelerones y frenadas y mis comentarios
jocosos:
—Mohamed, en mi país a esto se le llama “montaña rusa” o al perfil psicológico
de un ciclotímico. Pero después de esto creo que se debería llamar “Montaña
marroquí”.
—Si, Jai, ya veo que en vuestro país llamáis a las cosas de cualquier manera.
Marrueco es un país montañoso casi en su totalidad, no tiene grandes montañas,
apenas pasamos de los mil metros, pero todo es muy montañoso muy parecido a
Andalucía............ no estamos tan lejos, Jai.
Ya caía el sol por las montañas lejanas y al fondo se divisa una ciudad, supongo
que Larache, dice que sí mi guía y ya esto tal vez sea menos metrópoli como
Tánger y sea más autóctona.
Me encontraba muy cansado y le dije a Mohamed que buscara un hotel para pasar
la noche y salir por la mañana temprano para nuestro próximo destino, Rabat.
Mientras él hacía las gestiones yo paseaba por las calles estrechas y blancas
de la ciudad, piedras y cal, esto es el casco antiguo de la ciudad algo diferente
a los extrarradios que son de construcciones más recientes y más modernas aunque
conservan la estructura arquitectónica del entorno.
Me hace señas Mohamed desde lejos y me dice que ya encontró un lugar para dormir.
¡Me cago en la puta madre que parió a Mustafá IV! ¿cómo vamos a dormir en este
sitio, carajo? Aquí huele a fregona vieja de establo.....
—Venga, jai, solo es una noche, no encontraremos nada mucho mejor por acá, acá
los hoteles de tantas estrellas son pocos y están reservados por agencias de
viaje, nos arriesgamos a no encontrar nada, y tus maletas pesan mucho; mañana
partiremos y no hay tiempo para buscar otro albergue, descansemos.
Creo que con mi expresión explique suficientemente el lugar y puede que este
relato caiga en manos de niños o de alguien que haya recién comido, por lo que
solo diré que cuando destapé la cama, olía a meada de dromedario recién levantado
de una resaca de agua de oasis.
Fui a protestar a la dirección del hotel, pero cuando bajaba por los últimos
peldaños de la escalera, vi como a un joven que trabaja de camarero se le caía
un paquete al suelo de entre los muchos que llevaba y como el supuesto encargado
le daba una patada en el trasero, mientras este se inclinaba para recogerlo.
—Bah, tiene razón Mohamed, es solo una noche.
Saumell, 27/05/2003 (Continuaré)