Enviado por Odnra
He aquí que aquella mañana la esposa del maestro comenzó
a sentir las contracciones del parto.
Irrumpió en el aula de repente uno de sus hijos que parecía salir
del centro geométrico de una de esas peleas que con mas palos que motivos
solían organizarse como por ensalmo, sembrando de espanto y malsana curiosidad
nuestros ánimos.
Con voz ahogada dijo a su padre algo que no pudimos entender y este, movido
por el rampazo de algún nervio enloquecido, saltó hacia el techo,
soltó en voz alta un... ¿la mamaaaá?... y apoyando su mano
en un extremo de la respetable palmeta de haya de tres cm. de grosor que siempre
tenia sobre la mesa, elevándola por el otro y dando un sonoro golpe mientras
se mordía una buena parte del medio palmo de lengua que sacó como
hacia siempre que se alteraba, ajustándose las gafas gruesas como el
culo de un vaso y gritando, dejó dicho, "cada uno a su sitio y que
nadie se mueva. No se puede ir al aseo sin permiso de mi hijo...", perdiéndose
de vista mas rápido que el viento.
El corro que solíamos hacer a su alrededor para dar las lecciones del
día se empezó a disolver. A galope por la cola, al trote por el
centro y a velocidad de crucero por la cabeza.
Solía quedar formado en estricto orden de puestos ganados el día
anterior por responder y acertar preguntas falladas por otros.
La habitualidad lo había dividido en tres grandes grupos que distinguíamos
nosotros y todos los progenitores informados del pueblo, como cabeza, centro
y cola; unque algunos parecían sentirse mas a gusto disfrutando vitaliciamente
de los últimos puestos tanto del corro como de los pupitres, gracias
a una fama adquirida y honrosamente pagada con palmetazos que les permitía
pasar por el curso mas ocupados en sus propios asuntos que en esas tonterías
de los libros que no servían para nada.
El hijo del maestro, cuarto de siete hermanos hasta aquel momento, en principio
parecía sentirse mas aliviado por haber quedado al margen del maremagnum
familiar que preocupado por el desarrollo de la clase. Estaba compuesto por
un sujeto algún año mayor que nosotros del que no se sabia nada
bueno, incluyendo que nos consideraba una especie de perros callejeros para
los mandados y el recreo de su padre.
Obraba a nuestro favor cierta salvedad y es que sabíamos que pensaba que
mientras su padre se entretenía con nosotros, no encargaba mas hermanos
para él, pues según sus indiscutibles cuentas, iba uno o dos cursos
por delante, podrían ser ya unos 15.
Nunca conseguimos beneficiarnos de esa ventaja ya que el tío era tan piadoso
como puede ser alguien que hasta el crecer tenia como una feroz lucha personal
si quería seguir vistiendo la ropas y hasta los zapatos usados de sus hermanos
mayores sin perder la escasa apariencia de persona que le quedaba.
Por fortuna y momentáneamente parecía estar tranquilo dentro
de lo posible, sin saber muy bien si poner la cara colorada por el sofoco o
la pálida del no mas de medio susto que llevaba en el cuerpo y que se
esforzaba en disimular mirando hacia la ventana aprovechando el estupor en que
andábamos sumidos.
Las antenas de los de la cola, especializadas en detectar cualquier distracción,
debilidad, alteración o fallo del sistema, una vez chequeado el nuevo
panorama y con la alegría instalada en sus cuerpos por la interrupción
siempre bienvenida, fuera cual fuera la circunstancia, de la clase, aprovecharon
el despiste inicial para saltar como un resorte de sus asientos y a gran velocidad
parapetarse sentados en el suelo tras la última fila de mesas. Era una
de sus grandes ventajas, ahora entiendo, que geopolíticas.
Sentí una enorme curiosidad morbosa por sobre el como y el qué
se podía organizar en tan escasos segundos y como aquellos, los de siempre
y algunos mas que eché de menos en sus mesas, conseguían tener
a todas horas algo interesante a lo que dedicar el tiempo.
Así que, no sin antes preparar un plan para amortiguar la posible reacción
del perro pastor si me pillaba y que iba a consistir en pedirle permiso para
ir al aseo, decisión no exenta de grandes elucubraciones salomónicas
que podría ocasionar la temida reacción en cadena y que sin duda
le pararían los pies, tome un cuaderno en la mano y me dirigí
presto hacia el fascinante paraíso oculto.
Alguien, en la conversación que se mantenía, comentó displicentemente
algo que supuso el descubrimiento de un gran secreto tan valioso como una tarde
de jueves sin escuela. Un genio.
Decía que Posa, a la sazón un hombrecillo de unos setenta años
a quien su propia familia llamaba el hombre mono, dedicado al alquiler de bicicletas
y que nos mantenía comodamente a raya solo con su aspecto al que solía
añadir cuando hacia falta unos berridos que se escuchaban en medio pueblo,
“no corría nada”, que no había que tenerle miedo.
Gran revelación, pero que a mi me dejó igual que estaba. Sin embargo
los que andaban midiéndose los penes y practicando lo que llamaban el descapulle,
enfundaron y acudieron como rayos ante semejante primicia. Eso me animó,
quizás ahora acabara de comprender lo que pasaba. Y al fin me enteré.
Y lo puse en práctica a titulo individual, sin apoyo logístico alguno
y con gran éxito, ganándome de paso, uno de los guantazos mas grandes
que se dieron en el pueblo por aquella época.
El truco consistió en alquilar una bici y al ir devolverla, empujarla desde
tres puertas mas atrás llamando al pobre Posa para que mientras se lanzara
a atraparla, intentar largarme corriendo sin pagar.
El fallo, no haber previsto que Posa pudiera conocerme y que además fuera
amigo de mi padre.
Ni que decir tiene que al volver a mi asiento sin novedad alguna, la suerte
de los malos, pasé los infinitos quince minutos de clase que quedaban
impaciente, si no febril, por mi recién estrenado futuro como confidente
en aquel paraíso oculto, rebosante de misteriosa sabiduría.
Tres días mas tarde era una persona distinta, muy parecida a la anterior
pero con un moflete en estado tumefacto.
Odnra, 2/05/2003