Este texto lo he extraido de mis impresiones sobre Caravaca
Me gusta ver llover. Me gusta ver llover en casa o dentro del coche conduciendo.
Llover invita a estar en casa tras la ventana, jugando al parchís con tu yaya
e incluso con tu suegra, invita a leer un libro acogedoramente. La lluvia, el
cielo gris, borrascoso, causa placidez en nuestros nervios destemplados.
La lluvia siempre es agradable, y verla mientras se viaja en coche y pones el
limpiaparabrisas también es bonito, y pararse en una venta en el camino de ida
a Murcia, que tiene un patio con limoneros que huelen a limones y a flores de
limonero, sentarse en una mesa, pedir un café, hacer pipí, entrar en el servicio
que huele bien ¡qué bien! Salir, sentarse, escribir dos notas, volver al coche,
proseguir la etapa prólogo (la de Paqui y mía camino de Murcia). Es bonito todo
eso bajo el cielo gris, fresco, ventoso.
Y al día siguiente otra vez lluvia. Lluvia y viento.
Estoy acostumbrado, estamos acostumbrados a ver cómo la gente deserta cuando
llueve porque prefiere quedarse en casa sin mojarse; pero los auténticos peregrinos
se mojan y se empapan y se llenan de barro hasta las trancas. Nuestra primera
etapa de peregrinaje fue lluviosa y ventosa.
Siempre me resultó incómodo mojarme con la ropa puesta. La ropa pegada al cuerpo
es desagradable. Pero esta vez llegaría a acostumbrarme a esa sensación y llegaría
a convertirla en una experiencia más del camino, ni mala ni buena, sólo una
experiencia enriquecedora más, llegándome a dar cuenta que incluso eso no es
en absoluto perturbador.
Caminar por el barro también suele ser incómodo y nadie suele circular por él
ni salir a deambular por los campos húmedos cuando llueve o acaba de escampar;
pero en esta ocasión me llegó a gustar no sólo andar por el camino de barro
que conducía a una estación de ferrocarril abandonada, sino también contemplar
la gracia con que mis compañeros mantenían el equilibrio para no caerse.
Nunca había caminado tanto bajo unas nubes tan tempestuosas y lluviosas, negras
y apelmazadas como éstas; nunca me encontré tan bien caminando bajo la lluvia
del mes de abril, ni siquiera aquella vez, en semana santa, bajo un portal con
Paqui mientras fuera en la calle llovía, me sentí tan bien, agarrado a Paqui
bajo el paraguas negro, paseando por las calles mojadas con Paqui, entrando
en un bar a tomar un café y una tarta de manzana con Paqui mientras fuera, en
la calle, llovía y unos amigos entraban con sus gabardinas chorreando y entraban
sudorosos y mojados y nos saludaban y merendaban con nosotros antes de ir al
cine. Aquellos recuerdos son maravillosos.
Estos recuerdos que tengo ahora son tan maravillosos ya como aquellos otros.
Cuando uno se está mojando bajo la lluvia no sólo recuerda una hermosa y alegre
película como “Cantando bajo la lluvia” y la hermosa canción que canta Gene
Kelly bajo su paraguas, contento en la noche, bailando y cantando bajo la lluvia.
También recuerda aquellas otras noches, tardes y mañanas bajo la lluvia, acompañado
de la mujer hermosa, sonriente y amorosa.
Cuando llueve y nos encontramos en una estación abandonada en medio de la nada:
del campo embarrado entre amigos mojados, nos acordamos de todas esas imágenes
pasadas bajo la lluvia pretérita, refrescante, poética. Y se produce la magia
cuando un rayo de sol asoma entre dos nubes blancas y se ve un trozo de cielo
azul luminoso y al instante vuelve a llover y se divisa un hermoso arco iris
de levante a poniente.
Es hermoso finalmente llegar a la vieja casa del guarda forestal hoy abandonada
que nos aguarda con el tintineo rítmico de sus goteras sobre el suelo encharcado.
Hay una chimenea grande pero no hay leña en la casa. La iremos a buscar al bosque,
un último esfuerzo, estamos reventaícos, pero no importa, hay que ir a por leña,
hay que poner a secar la ropa, los zapatos, los calcetines, las camisetas.
Encendemos la leña, crepita el fuego. Un montón de velas arde sobre la mesa.
Es ya de noche. Salimos y fuera ahora brilla la luna. Por aquel sendero iremos
mañana, dice Antonio. Ibamos a venir por ahí hoy, pero no pudo ser con este
tiempo, tal vez en otra ocasión.
Todos duermen, uno ronca. Sólo son las diez de la noche. Yo me quedo en el salón
de guardia. Me duelen las piernas. Veo arder el tronco grueso, me echo por encima
el saco de dormir. No tengo sueño, me tomo un zumo de melocotón, me como un
quesito del El Caserío, coño, qué bueno está, me comeré otro y otro. Y otro
vasito de zumo. El tronco gordo se va consumiendo y apagando y de repente suena
una alarma y hemos de levantarnos medio a oscuras porque empieza ya la segunda
etapa. Apenas he dormido. Apenas ha dormido nadie. Hemos dado un concierto de
ronquidos pero nadie ha dormido apenas nada, porque nadie escucha sus propios
ronquidos. Podríamos seguir hablando un poco más sobre el no dormir y los ronquidos
bajo un matiz filosófico, pero creo que no es éste el momento.
Pasemos a la segunda etapa, venga.
Fernando, 27/04/2003