Ya no me acuerdo del tiempo que llevo aquí
dentro. Debieron de encerrarme cuando era muy pequeño, porque antes este
sitio parecía más grande, aunque no sé si serán
imaginaciones mías. Por más vueltas que doy, nunca llego a encontrar
la salida, aunque tiene que haber una porque, si no, ¿cómo he
entrado? Creo que se han olvidado de mí. Nadie viene a visitarme, pero
oigo ruidos fuera, voces, y yo no soy capaz de llamar, no consigo hablar, ni
gritar. ¿Por qué será? ¿Se me habrá olvidado
hacerlo? Debe de ser el tiempo que llevo aquí dentro. Tengo que intentar
salir, porque me hace falta comer. Aunque, en realidad, no siento hambre, y
no entiendo por qué. Nadie entra a dejarme comida.
Y tampoco tengo ropa con que vestirme, pero aquí no hace frío,
no hay ventanas por las que se meta el aire. En realidad, no hay ni ventanas,
ni puertas, ni chimenea, ni nada. Por más que busco, ni siquiera encuentro
una esquina en la que acurrucarme. Este es un sitio muy extraño. ¿Vivirá
alguien más aquí? Si pudiese encontrar a otro como yo, entre los
dos buscaríamos la salida. Pero estoy solo. Sigo sin entender cómo
pude entrar aquí. ¿Quién me habrá metido?
Y lo peor de todo es el aburrimiento. En un sitio tan pequeño, y sin
nadie que me haga compañía, no encuentro más diversión
que dar vueltas y pensar;
y por más vueltas que doy y por más que pienso, sigo sin encontrar
la puerta y sin comprender nada. ¿Y la oscuridad? Claro, sin ventanas
¿cómo va a haber luz? El que haya hecho este sitio debe de tener
una mente retorcida. Además, ¿para qué servirá?
No puede ser una casa, porque vivir aquí mucho tiempo tiene que ser insoportable.
Aunque yo llevo aquí desde que puedo recordar, y no sé el tiempo
que me queda todavía.
Las paredes son suaves, eso tengo que admitirlo. Y blandas; tanto, que puedo
estar tumbado todo el día sin sufrir dolor de riñones. ¿Y
cómo conseguirán esta temperatura tan agradable? Ya no me acuerdo
de cómo son las camas, pero ni la más confortable puede ser tan
cómoda. Me quedo dormido en un segundo, y cuando me despierto, me siento
tan bien que sólo me apetece dormir más. Y casi no tengo tiempo
de pararme a meditar sobre mi situación.
Y sé que el tiempo pasa, y que cada vez esto es más pequeño,
y el sueño se hace más incómodo. Ya lo he decidido. Tengo
que salir. Cueste lo que cueste. No sé lo que encontraré fuera.
Del tiempo que llevo aquí, no soy capaz de recordar qué más
cosas hay en el mundo. Pero no me importa. Saldré a verlo. Quiero conocer
todo lo que no conozco, o no recuerdo. Quiero ver a más gente como yo,
quiero sentir algo más que estas mullidas paredes sin rincones ni ventanas.
Voy a empezar a empujar hasta que no pueda más, hasta que se abra algún
hueco, hasta salir por donde sea. Voy a estirarme todo lo que pueda y... ahí,
sí, ya lo veo, es luz, tiene que ser luz, porque es totalmente distinto
de la oscuridad que hay aquí dentro. Voy hacia allí, con decisión;
no volveré atrás. Ya empiezo a salir, y empiezo a verlo todo:
hay más luz, y colores, y personas; todo es hermoso. Y parece que me
están ayudando. Me ayudan a salir de mi encierro. ¡Qué grande
es todo! ¿O yo soy demasiado pequeño? No lo sé, pero me
gusta. Y me cogen en brazos; es una chica, y allí se acerca un chico;
les oigo decir que son mis padres. Parecen majos, a pesar de esas melenas. Se
llaman Laura y Castro.

He tenido suerte.
Dalare, abril 2003
Foto: Convento de Palenzuela.