Sobre la hipocresía
Fecha Domingo, 13 abril a las 22:16:44
Tema Opinión


Escribí este artículo en noviembre de 2002 para el portal Rinconcitos cuando había buen ambiente y a veces los foros nos inspiraban (a mí me inspiraban) cosas como ésta.
Hablábamos sobre la hipocresía y yo no sabía qué decir, cuando, de repente se me ocurrió algo, empece a escribir y fue saliendo esto...

Uf, tiene miga este tema. Cuando hablamos de comportamientos humanos… uf… "la psicología es compleja", me dijo mi psicóloga Crispina Carrascosa cuando me dio cita para las 18:30 horas y eran ya las 20:30 y yo aún esperaba turno para soltarle mi rollo. Llevaba dos horas esperando en la sala de espera y menos mal que me reía a carcajadas leyendo “La aventura del tocador de señoras” de Eduardo Mendoza.



Cuento esto porque creo que tiene su pequeña gracia (pequeña, la gracia de lo que cuento; grande, la gracia de Mendoza): en la consulta de la Doctora Carrascosa esperaban: yo (claro) y dos señoras más: una de ellas tenía unos treinta y tantos años y muy hermoso porte: calzaba unas botas altas que le llegaban casi hasta las rodillas, pero no tan altas como para no dejar entrever (más con la imaginación que con el contacto visual directo) que debían tratarse de unas hermosas rodillas a las que debían seguir unos potentes muslos ocultos bajo una ajustada falda de color beige con cuadros negros. Y llevaba puesto encima de la falda un jersey de lana de cuello vuelto que dejaba asimismo entrever unos formidables senos llenos de carne y de bultitos de esos que los niños maman cuando todavía no saben lo que es una buena teta; bueno, todos estos detalles creo que no vienen a cuento y pienso que sólo denotan un rasgo obsesivo de mi carácter. Pero quiero apartarme de estos tortuosos caminos de la aberración concupiscente, porque luego Mari me dice que sólo voy a la consulta de la señora Carrascosa para ver señoras estupendas llenas de problemas neurológicos (que son las que a mí más me molan).

Lo que quiero decir es que (no sé lo que quiero decir) mientras leía el libro "La Aventura del tocador de señoras", de Eduardo Mendoza, cuando a veces una pausa en el continuo cambio de postura de las piernas de la señora estupenda -que yo interpretaba como que me las quería enseñar- me dejaba concentrarme en la lectura, de vez en cuando me salía una carcajada ruidosa, y supongo que la señora estupenda y la otra señora, no sé qué pensarían, pero yo supongo que lo siguiente:

SEÑORA ESTUPENDA: ojú, no está majara este tío ni ná.
LA OTRA: ojú, no sé para qué viene éste a la consulta psicológica, pues se le ve más feliz que a un niño de doce años haciéndose una paja en el campo.
La ENFERMERA MARI CHARI: Ojú, no está loco éste ni ná, ¡qué miedo me da! ¡Este trabajo no está pagado!

Como habréis podido comprobar, uno de los motivos por los cuales voy a una consulta psicológica desde hace quince años (hasta ahora con poco o nulo resultado) es porque me distraigo con pequeños detalles como éstos y no me concentro en asuntos de mayor relieve social y didáctico, como me acaba de ocurrir esta mañana con mi compañero Fructuoso (¿o Fortuoso?). ¿Lo cuento? ¡venga!:

Iba yo con mi compañera Dionisia, a la que acababa de invitar a tomar café con el propósito consciente de ligármela, cuando aparece Fructuoso (o Fortunato) y empieza a soltarle a Dionisia un relato de los últimos centenares de libros que ha leído durante la semana pasada. Yo trataba de meterme en la conversación, pero el camarero hacía mucho ruido fregando platos y salpicándome mi jersey nuevo (lo que más me jode no es que se me manche el jersey y que luego Mari me ponga la cabeza loca porque dice que esta mancha de grasa no sale, sino que me salpica las gafas el cerdo y luego veo a Fortuoso turbio y no oigo las cosas cultas que cuenta a Dionisia, y esto me molesta porque luego me he de pasar media hora o más limpiándome las gafas que al final se rayan y debo ir a cambiar los cristales al óptico pero primero, ya de paso, vamos primero al oculista a que me gradúe, ¡uy qué miedo! ¿y si me han aumentado las dioptrías y resulta que me estoy quedando ciego?, y de paso Mari aprovechará para ir a tomarse la tensión del ojo (de la cara) porque ella ve últimamente moscas y lucecitas (¿no será de los relámpagos que caen estos días, Mari?); pero ella no me hace caso porque yo estoy loco y enfermo y dice que no le guardo el debido respeto.

Total, que ya veis que me distraigo y no me enteraba de lo que decía el profesor Fortuoso; pero yo, muy educado, le miraba atentamente a través de mis cristales opacos y de vez en cuando le decía: "¡Ah!, ¿sí?" (como prestando una educada atención).Y él apartaba instantáneamente sus ojos de Dionisia y me miraba a mí como diciéndome: “¡Vete de aquí, so inculto!”.Total, que Dionisia se terminó su café frío y sus tostadas quemadas y Fructuoso no paraba de charlar: decía que había vendido una parte de su gran biblioteca (miles de libros) por 60.000 pesetas (no sé cuantos euros, allí mismo se puso a hacer metódicamente los cálculos) a un librero viejo de la plaza de San Francisco que se encuentra…. No, verás, tú sigues por la calle Santa Isabel La Católica y luego por Antonio López, exacto…

-Sí, sí, te sigo, Fructuoso, uy, perdona, Dionisia, que te he dado con el codo ¿te has manchado? (momento que aprovecho astutamente para limpiar la rebeca de la sugerente Dionisia a la altura de la parte de su cuerpo que se encuentra entre el cuello y el ombligo.

¿Por qué cuento esto?

Porque fui hipócrita, sí. Yo debía haberle dicho a Fructuoso esto:
“¿Por qué no te vas al carajo, Fructuoso y me dejas ligar con Dionisia?"; pero en cambio dije esto otro: “¡ah, sí, qué interesante!”.

Pero me he desviado un poco. Me hallo todavía en la consulta de la doctora Carrascosa (bueno, no sé si habrá hecho el doctorado, pero pensar que voy a ver a una doctora me pone).

Iba diciendo que había dos señoras allí: una muy maciza, y otra, y luego estaba Mari Chari, que es una chica muy cariñosa y que nunca se equivoca dándome la hora de la cita (para la psicóloga), y que me imaginaba que pensaban cosas sobre la risa que me entraba mientras yo leía "La aventura del tocador de señoras".Pues bien: yo, cuando las fabulosas piernas de la señora estupenda me lo permitían y cuando hacía un intervalo entre risa y risa, pensaba: "maldita psicóloga ésta, siempre me da hora para las seis y media y siempre me tiene aquí esperando dos horas, le voy a decir que a ver si organiza mejor su consulta, que yo no he venido aquí para perder el tiempo, que soy funcionario y mi tiempo vale tanto o más que el suyo ¿qué se ha creído?.

A todo esto había un jaleo allí de paraguas enorme: porque resulta que: Había un paragüero a la entrada de la consulta ¿no? y muchos paraguas dentro. Todos los paraguas eran parecidos unos a otros: estaban los paraguas de las señoras, con colorines y dibujos, y los de los caballeros, adustamente negros, y luego estaba el mío, o sea, el de Mari, porque yo el mío mío lo suelo olvidar en mi oficina por las mañanas. El mío (el de Mari) era de florecitas.O sea: había un jaleo de paraguas en el paragüero, y luego había muchos truenos y relámpagos y el timbre de la consulta de la doctora Carrascosa tenía una frecuencia como de 19.500 hercios (bastante agudo en la escala) y unos 130 decibelios de potencia (bastante fuerte de volumen): de ahí que mis nervios estuvieran desbocándose y mi corazón palpitante y mis manos sudorantes... lo cual, unido a la visión de la silueta de las piernas de la señora estupenda, hacían que mi estancia en la sala de espera fuera una simbiosis de placer erótico mezclado con elevadas dosis de neurastenia, y pensé que si Pajares y Esteso hubieran hecho una película dirigida por Pedro Masó en los años setenta se hubiera titulado “La psicóloga de Fructuoso en minifalda” o algo parecido.

Casualmente he observado (y no me considero ni misógino ni machista), que hay más señoras que van a las consultas psicológicas que caballeros dueños de paraguas negros, las cuales, al salir de la consulta, se iban olvidando sus respectivos paraguas. Y sólo se acordaban de él cuando, al salir por el portal y extender la mano hacia la calle, se daban cuenta de que llovía. Entonces volvían y CLIN CLON CLAN ¡timbrazo al canto! Mi paraguas, jeje, me he olvidado; éste es el mio, no, éste no, éste ¿éste? Yo acudía raudo, porque como la señora se lleve el paraguas de Mari esta noche no hay quien folle. No, no ¡anda, mi paraguas no está aquí! y entonces sonaba otro timbrazo CLANA CLON CLIN CLON con mala leche: dos veces: yo no sé si este timbre es una estrategia urdida por la doctora Carrascosa para hacer sentir más nerviosos a los pacientes, de forma que se den cuenta de que siguen necesitando psicoterapia intensiva y que no van allí por mero capricho, ni porque están aburridos en sus casas.Total, que ya voy yo por el pasillo medio oscuro (dicen que esta semipenunbra calma los nervios) dirigiéndome hacia el despacho de mi psicóloga, y me recibe sonriente la doctora Crispina Carrascosa con su bata blanca tras la cual me paro a fijarme si llevará falda o pantalón o simplemente nada y si llevará el botón o botones de abajo desabrochados... pero no: no pasa como en las películas de Pajares/Esteso, sino que va muy decentemente vestida sin enseñar ni una célula de su carne; pero tiene unos ojos preciosos Crispina, y ¿cómo decirle, con esos ojos que tiene: "¡maldita psicóloga, a ver si organizas mejor tu consulta, que me tienes esperando aquí todos los días dos horas!" .

Me dice: "perdona, Fer, por la tardanza, es que la psicología es muy complicada".Yo le iba a contestar: "pues ya me iba a marchar porque yo también tengo mis cosas que hacer…"; pero en lugar de contestarle esto, le dije (tal vez pensando que a lo mejor así Crispina me invitaría a cenar y quién sabe a qué otras muchas delicias más):

-Lo paso estupendamente en tu consulta mientras espero, Crispina. Es muy acogedora tu sala y la gente que viene aquí es muy interesante…

A lo cual ella responde riéndose mucho; pero de ir a cenar después, nada me dijo.

A todo esto hay un pedazo de relámpago que ciega mis ojos y cuando se ha ido el relámpago yo creía haberme quedado ciego por el fogonazo directo a la cara; pero no: es que ha habido un apagón, y le digo a Crispina con la voz convulsionada:

-Tranquila, Crispina, no soy peligroso. Y la pregunta que me hago es: ¿por qué le respondí aquella sandez a Crispina en lugar de haberle expresado mi más enérgica protesta? Y ahora me siento culpable: fui un hipócrita, o un cobarde, o un hipócrita y un cobarde, todo junto: un “hipobarde”, eso es lo que soy, un hipobarde o un “cobarcrita”. Una señora doctora Carrascosa jamás se iría a cenar con un hipobarde como yo, y menos con un cobarcrita. Me sentí miserable. Realmente es verdad: es muy complicada la psicología. ¿Por qué hacemos/decimos las cosas que hacemos/decimos? en lugar de hacer/decir esas otras cosas que pensamos hacer/decir? Sencillamente: porque no es lo mismo pensar para sí que decir lo que se pensaba a unos ojos bonitos, a una sonrisa simpática y a unas palabras de afecto.

-¿Cómo te encuentras, Fer?, me pregunta Crispina.
-Pse (mi respuesta habitual).
-¿Tus relaciones familiares bien?
-Pse
-¿Qué significa "pse"?
-Pues que me he enamorado de una internauta.
-¿Síii? A ver, cuenta (la doctora ésta me parece una cotilla de mucho cuidao, pero yo, encantado, le cuento). Ella pone su mano sobre su mejilla, expresión amistosa, cruza las piernas (creo) bajo la mesa, me mira y me anima a hablar, y yo hablo y hablo:

“Desde hace cuatro meses sostengo una platónica relación de amistad con una chica que no es Mari: es una relación extra-marital (de “Mari”-->“marital”). A esta chica internauta, de nombre Mari Trini (su madre era fan de la bella cantante española y de ahí le vino este nombre a su hija), sevillana para más señas, la conocí en un foro de Internet. Con el tiempo y como suele pasar, del foro pasamos a los “privis”, de los “privis”al chat, del chat al messenger, y del messenger a una quedada a las 19:30 horas en la cafetería de El Corte Inglés de la plaza de X (no voy a revelar, como es natural, el sitio donde me reúno con Mari Trini, casada y con dos hijas).“Nuestra relación, amistosa al principio, ha pasado a cobrar unos tintes pasionales...

-Sigue, sigue -me anima la doctora Carrascosa.
-Me resulta muy romántico enviar un mensaje por el móvil a mi chica a las seis de la mañana para decirle que pienso en ella todo el día, no sé cómo le habrá sentado, seguramente me habrá mandado a la mierda... y sufro por ello, estoy inquieto, no atiendo a otras cosas, a mi trabajo, a los arreglos que hay que hacer en la casa.....Y me resulta más romántico aún cuando recibo su respuesta:

“Me ha encantado tu mensaje de las seis de la mañana, Fer. Me has dejado “sorprendida”.

...Y es que… ¡Es tan bello Internet, y tan aburrida la vida…!".No os voy a contestar ahora a lo que me recomendó la señora Carrascosa, porque ya se va alargando esto; pero lo que sí os puedo decir es que me fui para casa muy animado. Al llegar a casa, seguía la lluvia pertinaz, por lo que, al bajarme del coche, sale Mari a recibirme y me dice que le dé su paraguas, que tiene que ir a casa de la vecina para pedirle leche, le doy el paraguas y me dice:

-¿De quién es este paraguas?

¡Andá la leche!

FIN de momento

Y aprovecho para saludar desde aquí a mi amigo Saumell el embustero y a mi amiga Tiraxi la de argentina creo y a Alba10 que vive en la calle Corneta Soto Guerrero nº 5 1º izquierda frente a la pastelería "Dulces Chacona" y a Dalare de Barcelona y a Panzher el de los tanques y a Isabela la chulapa de Madrid y a Kimet el intrépido y a Karina, que aunque ya no la veo por aquí sé que está más buena que un ocho, que me lo ha dicho un bizcocho.

Bueno, me voy que ya me viene a buscar mi cuidador el hijo de puta

Fernando, 13/04/2003







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