Escribí este artículo en noviembre
de 2002 para el portal Rinconcitos cuando había buen ambiente y a veces
los foros nos inspiraban (a mí me inspiraban) cosas como ésta.
Hablábamos sobre la hipocresía y yo no sabía qué
decir, cuando, de repente se me ocurrió algo, empece a escribir y fue
saliendo esto...
Uf, tiene miga este tema. Cuando hablamos de
comportamientos humanos… uf… "la psicología es compleja",
me dijo mi psicóloga Crispina Carrascosa cuando me dio cita para las
18:30 horas y eran ya las 20:30 y yo aún esperaba turno para soltarle
mi rollo. Llevaba dos horas esperando en la sala de espera y menos mal que me
reía a carcajadas leyendo “La aventura del tocador de señoras”
de Eduardo Mendoza.

Cuento esto porque creo que tiene su pequeña gracia (pequeña,
la gracia de lo que cuento; grande, la gracia de Mendoza): en la consulta de
la Doctora Carrascosa esperaban: yo (claro) y dos señoras más:
una de ellas tenía unos treinta y tantos años y muy hermoso porte:
calzaba unas botas altas que le llegaban casi hasta las rodillas, pero no tan
altas como para no dejar entrever (más con la imaginación que
con el contacto visual directo) que debían tratarse de unas hermosas
rodillas a las que debían seguir unos potentes muslos ocultos bajo una
ajustada falda de color beige con cuadros negros. Y llevaba puesto encima de
la falda un jersey de lana de cuello vuelto que dejaba asimismo entrever unos
formidables senos llenos de carne y de bultitos de esos que los niños
maman cuando todavía no saben lo que es una buena teta; bueno, todos
estos detalles creo que no vienen a cuento y pienso que sólo denotan
un rasgo obsesivo de mi carácter. Pero quiero apartarme de estos tortuosos
caminos de la aberración concupiscente, porque luego Mari me dice que
sólo voy a la consulta de la señora Carrascosa para ver señoras
estupendas llenas de problemas neurológicos (que son las que a mí
más me molan).
Lo que quiero decir es que (no sé lo que quiero decir) mientras leía
el libro "La Aventura del tocador de señoras", de Eduardo Mendoza,
cuando a veces una pausa en el continuo cambio de postura de las piernas de
la señora estupenda -que yo interpretaba como que me las quería
enseñar- me dejaba concentrarme en la lectura, de vez en cuando me salía
una carcajada ruidosa, y supongo que la señora estupenda y la otra señora,
no sé qué pensarían, pero yo supongo que lo siguiente:
SEÑORA ESTUPENDA: ojú, no está majara este tío
ni ná.
LA OTRA: ojú, no sé para qué viene éste a la consulta
psicológica, pues se le ve más feliz que a un niño de doce
años haciéndose una paja en el campo.
La ENFERMERA MARI CHARI: Ojú, no está loco éste ni ná,
¡qué miedo me da! ¡Este trabajo no está pagado!
Como habréis podido comprobar, uno de los motivos por los cuales voy
a una consulta psicológica desde hace quince años (hasta ahora
con poco o nulo resultado) es porque me distraigo con pequeños detalles
como éstos y no me concentro en asuntos de mayor relieve social y didáctico,
como me acaba de ocurrir esta mañana con mi compañero Fructuoso
(¿o Fortuoso?). ¿Lo cuento? ¡venga!:
Iba yo con mi compañera Dionisia, a la que acababa de invitar a tomar
café con el propósito consciente de ligármela, cuando aparece
Fructuoso (o Fortunato) y empieza a soltarle a Dionisia un relato de los últimos
centenares de libros que ha leído durante la semana pasada. Yo trataba
de meterme en la conversación, pero el camarero hacía mucho ruido
fregando platos y salpicándome mi jersey nuevo (lo que más me
jode no es que se me manche el jersey y que luego Mari me ponga la cabeza loca
porque dice que esta mancha de grasa no sale, sino que me salpica las gafas
el cerdo y luego veo a Fortuoso turbio y no oigo las cosas cultas que cuenta
a Dionisia, y esto me molesta porque luego me he de pasar media hora o más
limpiándome las gafas que al final se rayan y debo ir a cambiar los cristales
al óptico pero primero, ya de paso, vamos primero al oculista a que me
gradúe, ¡uy qué miedo! ¿y si me han aumentado las
dioptrías y resulta que me estoy quedando ciego?, y de paso Mari aprovechará
para ir a tomarse la tensión del ojo (de la cara) porque ella ve últimamente
moscas y lucecitas (¿no será de los relámpagos que caen
estos días, Mari?); pero ella no me hace caso porque yo estoy loco y
enfermo y dice que no le guardo el debido respeto.
Total, que ya veis que me distraigo y no me enteraba de lo que decía
el profesor Fortuoso; pero yo, muy educado, le miraba atentamente a través
de mis cristales opacos y de vez en cuando le decía: "¡Ah!,
¿sí?" (como prestando una educada atención).Y él
apartaba instantáneamente sus ojos de Dionisia y me miraba a mí
como diciéndome: “¡Vete de aquí, so inculto!”.Total,
que Dionisia se terminó su café frío y sus tostadas quemadas
y Fructuoso no paraba de charlar: decía que había vendido una
parte de su gran biblioteca (miles de libros) por 60.000 pesetas (no sé
cuantos euros, allí mismo se puso a hacer metódicamente los cálculos)
a un librero viejo de la plaza de San Francisco que se encuentra…. No,
verás, tú sigues por la calle Santa Isabel La Católica
y luego por Antonio López, exacto…
-Sí, sí, te sigo, Fructuoso, uy, perdona, Dionisia, que te he
dado con el codo ¿te has manchado? (momento que aprovecho astutamente
para limpiar la rebeca de la sugerente Dionisia a la altura de la parte de su
cuerpo que se encuentra entre el cuello y el ombligo.
¿Por qué cuento esto?
Porque fui hipócrita, sí. Yo debía haberle dicho a Fructuoso
esto:
“¿Por qué no te vas al carajo, Fructuoso y me dejas ligar
con Dionisia?"; pero en cambio dije esto otro: “¡ah, sí,
qué interesante!”.
Pero me he desviado un poco. Me hallo todavía en la consulta de la doctora
Carrascosa (bueno, no sé si habrá hecho el doctorado, pero pensar
que voy a ver a una doctora me pone).
Iba diciendo que había dos señoras allí: una muy maciza,
y otra, y luego estaba Mari Chari, que es una chica muy cariñosa y que
nunca se equivoca dándome la hora de la cita (para la psicóloga),
y que me imaginaba que pensaban cosas sobre la risa que me entraba mientras
yo leía "La aventura del tocador de señoras".Pues bien:
yo, cuando las fabulosas piernas de la señora estupenda me lo permitían
y cuando hacía un intervalo entre risa y risa, pensaba: "maldita
psicóloga ésta, siempre me da hora para las seis y media y siempre
me tiene aquí esperando dos horas, le voy a decir que a ver si organiza
mejor su consulta, que yo no he venido aquí para perder el tiempo, que
soy funcionario y mi tiempo vale tanto o más que el suyo ¿qué
se ha creído?.
A todo esto había un jaleo allí de paraguas enorme: porque resulta
que: Había un paragüero a la entrada de la consulta ¿no?
y muchos paraguas dentro. Todos los paraguas eran parecidos unos a otros: estaban
los paraguas de las señoras, con colorines y dibujos, y los de los caballeros,
adustamente negros, y luego estaba el mío, o sea, el de Mari, porque
yo el mío mío lo suelo olvidar en mi oficina por las mañanas.
El mío (el de Mari) era de florecitas.O sea: había un jaleo de
paraguas en el paragüero, y luego había muchos truenos y relámpagos
y el timbre de la consulta de la doctora Carrascosa tenía una frecuencia
como de 19.500 hercios (bastante agudo en la escala) y unos 130 decibelios de
potencia (bastante fuerte de volumen): de ahí que mis nervios estuvieran
desbocándose y mi corazón palpitante y mis manos sudorantes...
lo cual, unido a la visión de la silueta de las piernas de la señora
estupenda, hacían que mi estancia en la sala de espera fuera una simbiosis
de placer erótico mezclado con elevadas dosis de neurastenia, y pensé
que si Pajares y Esteso hubieran hecho una película dirigida por Pedro
Masó en los años setenta se hubiera titulado “La psicóloga
de Fructuoso en minifalda” o algo parecido.
Casualmente he observado (y no me considero ni misógino ni machista),
que hay más señoras que van a las consultas psicológicas
que caballeros dueños de paraguas negros, las cuales, al salir de la
consulta, se iban olvidando sus respectivos paraguas. Y sólo se acordaban
de él cuando, al salir por el portal y extender la mano hacia la calle,
se daban cuenta de que llovía. Entonces volvían y CLIN CLON CLAN
¡timbrazo al canto! Mi paraguas, jeje, me he olvidado; éste es
el mio, no, éste no, éste ¿éste? Yo acudía
raudo, porque como la señora se lleve el paraguas de Mari esta noche
no hay quien folle. No, no ¡anda, mi paraguas no está aquí!
y entonces sonaba otro timbrazo CLANA CLON CLIN CLON con mala leche: dos veces:
yo no sé si este timbre es una estrategia urdida por la doctora Carrascosa
para hacer sentir más nerviosos a los pacientes, de forma que se den
cuenta de que siguen necesitando psicoterapia intensiva y que no van allí
por mero capricho, ni porque están aburridos en sus casas.Total, que
ya voy yo por el pasillo medio oscuro (dicen que esta semipenunbra calma los
nervios) dirigiéndome hacia el despacho de mi psicóloga, y me
recibe sonriente la doctora Crispina Carrascosa con su bata blanca tras la cual
me paro a fijarme si llevará falda o pantalón o simplemente nada
y si llevará el botón o botones de abajo desabrochados... pero
no: no pasa como en las películas de Pajares/Esteso, sino que va muy
decentemente vestida sin enseñar ni una célula de su carne; pero
tiene unos ojos preciosos Crispina, y ¿cómo decirle, con esos
ojos que tiene: "¡maldita psicóloga, a ver si organizas mejor
tu consulta, que me tienes esperando aquí todos los días dos horas!"
.
Me dice: "perdona, Fer, por la tardanza, es que la psicología es
muy complicada".Yo le iba a contestar: "pues ya me iba a marchar porque
yo también tengo mis cosas que hacer…"; pero en lugar de contestarle
esto, le dije (tal vez pensando que a lo mejor así Crispina me invitaría
a cenar y quién sabe a qué otras muchas delicias más):
-Lo paso estupendamente en tu consulta mientras espero, Crispina. Es muy acogedora
tu sala y la gente que viene aquí es muy interesante…
A lo cual ella responde riéndose mucho; pero de ir a cenar después,
nada me dijo.
A todo esto hay un pedazo de relámpago que ciega mis ojos
y cuando se ha ido el relámpago yo creía haberme quedado ciego
por el fogonazo directo a la cara; pero no: es que ha habido un apagón,
y le digo a Crispina con la voz convulsionada:
-Tranquila, Crispina, no soy peligroso. Y la pregunta que me hago es: ¿por
qué le respondí aquella sandez a Crispina en lugar de haberle
expresado mi más enérgica protesta? Y ahora me siento culpable:
fui un hipócrita, o un cobarde, o un hipócrita y un cobarde, todo
junto: un “hipobarde”, eso es lo que soy, un hipobarde o un “cobarcrita”.
Una señora doctora Carrascosa jamás se iría a cenar con
un hipobarde como yo, y menos con un cobarcrita. Me sentí miserable.
Realmente es verdad: es muy complicada la psicología. ¿Por qué
hacemos/decimos las cosas que hacemos/decimos? en lugar de hacer/decir esas
otras cosas que pensamos hacer/decir? Sencillamente: porque no es lo mismo pensar
para sí que decir lo que se pensaba a unos ojos bonitos, a una sonrisa
simpática y a unas palabras de afecto.
-¿Cómo te encuentras, Fer?, me pregunta Crispina.
-Pse (mi respuesta habitual).
-¿Tus relaciones familiares bien?
-Pse
-¿Qué significa "pse"?
-Pues que me he enamorado de una internauta.
-¿Síii? A ver, cuenta (la doctora ésta me parece una cotilla
de mucho cuidao, pero yo, encantado, le cuento). Ella pone su mano sobre su
mejilla, expresión amistosa, cruza las piernas (creo) bajo la mesa, me
mira y me anima a hablar, y yo hablo y hablo:
“Desde hace cuatro meses sostengo una platónica relación
de amistad con una chica que no es Mari: es una relación extra-marital
(de “Mari”-->“marital”). A esta chica internauta,
de nombre Mari Trini (su madre era fan de la bella cantante española
y de ahí le vino este nombre a su hija), sevillana para más señas,
la conocí en un foro de Internet. Con el tiempo y como suele pasar, del
foro pasamos a los “privis”, de los “privis”al chat,
del chat al messenger, y del messenger a una quedada a las 19:30 horas en la
cafetería de El Corte Inglés de la plaza de X (no voy a revelar,
como es natural, el sitio donde me reúno con Mari Trini, casada y con
dos hijas).“Nuestra relación, amistosa al principio, ha pasado
a cobrar unos tintes pasionales...
-Sigue, sigue -me anima la doctora Carrascosa.
-Me resulta muy romántico enviar un mensaje por el móvil a mi
chica a las seis de la mañana para decirle que pienso en ella todo el
día, no sé cómo le habrá sentado, seguramente me
habrá mandado a la mierda... y sufro por ello, estoy inquieto, no atiendo
a otras cosas, a mi trabajo, a los arreglos que hay que hacer en la casa.....Y
me resulta más romántico aún cuando recibo su respuesta:
“Me ha encantado tu mensaje de las seis de la mañana, Fer. Me
has dejado “sorprendida”.
...Y es que… ¡Es tan bello Internet, y tan aburrida la vida…!".No
os voy a contestar ahora a lo que me recomendó la señora Carrascosa,
porque ya se va alargando esto; pero lo que sí os puedo decir es que
me fui para casa muy animado. Al llegar a casa, seguía la lluvia pertinaz,
por lo que, al bajarme del coche, sale Mari a recibirme y me dice que le dé
su paraguas, que tiene que ir a casa de la vecina para pedirle leche, le doy
el paraguas y me dice:
-¿De quién es este paraguas?
¡Andá la leche!
FIN de momento
Y aprovecho para saludar desde aquí a mi amigo Saumell el embustero
y a mi amiga Tiraxi la de argentina creo y a Alba10 que vive en la calle Corneta
Soto Guerrero nº 5 1º izquierda frente a la pastelería "Dulces
Chacona" y a Dalare de Barcelona y a Panzher el de los tanques y a Isabela
la chulapa de Madrid y a Kimet el intrépido y a Karina, que aunque ya
no la veo por aquí sé que está más buena que un
ocho, que me lo ha dicho un bizcocho.
Bueno, me voy que ya me viene a buscar mi cuidador el hijo de puta 
Fernando, 13/04/2003