Camino de Santiago (Capítulo 9)
Fecha Miércoles, 09 abril a las 20:52:02
Tema Viajes


Nos levantamos pronto, hay que ir a la catedral, oir la misa, y verla sobre todo, y ver menearse al botafumeiro. Nos ponemos un poco más presentables, bueno, yo no, yo voy casi como siempre. ¿Y los otros? Dicen que tienen sueño, que quieren dormir. Pero si nos tenemos que ir hoy del albergue.



Da igual, ya decidiremos. Pues nada, ahí los dejamos. Autobús, plaza del Obradoiro. Entramos en la catedral. A mí me hace ilusión, es la primera vez que vengo. Por dentro es bastante más pequeña que en la tele. ¿Y esa gente de ahí? Ah, claro, ese ritual de poner la mano sobre una piedra y pedir un deseo. Bueno, ya que estamos aquí, vamos a hacerlo. Hay empujones para llegar hasta allí, y los más fuertes los pega la gente mayor, precisamente. Ya me toca. Lo que me imaginaba, esa presunta forma que dicen que representa una mano casi ni se le parece. ¿De dónde habrá sacado la gente esa absurda idea de la mano y el deseo?
Entretanto, es esa piedra esculpida románica la que sufre los impúdicos tocamientos de todos los que allí estamos. Bueno, ya hablan los curas. Yo me pongo a ver la catedral. Ya llega la hora del botafumeiro. Bueno, por lo menos algo de espectáculo. Pero no es tan fácil acercarse, los mismos que casi se pegaban por poner su mano en la piedra ahora pugnan por ponerse en primera fila. Pues nada, nos conformaremos con verlo desde lejos. Ya se acabó, tenemos que ir a por el papelito, ¿lo llaman Compostelana? Está cerca de la catedral. Allí nos dan una especie de diploma con nuestro nombre escrito en letra antigua. Bueno, pues ya tenemos el recuerdo. Ahora a dar un paseillo, y a esperar a los otros, con los que hemos quedado para ir a comer. Por la tarde empiezan los espectáculos por las calles: música, malabares, y esas cosas. Yo pongo mi granito de arena con equilibrios sobre la barbilla. Pues la gente me aplaude, lo mismo hasta podía haber pasado el cazo. Y más de noche, vamos a tomar ribeiros por ahí. A mí no me hacen mucha gracia. Por lo menos hemos dejado las mochilas en consigna, en la estación, y no vamos con peso por ahí. Según avanza la noche, empieza a hacer frío, y los efectos del vino no son suficientes para hacernos entrar en calor. Ya no aguantamos más, nos recogemos en una zona al abrigaño y a dormir como se pueda, sobre los adoquines. Bueno, no sé si he dormido algo, pero me alegro de despertar. En unas horas cogemos el tren, después de desayunar, la verdad es que ya tengo ganas de volver a casa.

Fin

Dalare, 9/04/2003







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