Las seis, otro día más. Qué
mal he dormido. Sigue lloviendo. Estoy muy cansado, pero ya el cuerpo sabe lo
que debe hacer. Los otros se vienen con nosotros. Chubasqueros, bolsas de plástico
y gorros. Emprendemos otra vez camino hacia Santiago. Nadie habla. Todos vamos
mirando al suelo pedregoso de la pista. Intento empezar algún tema de
conversación, pero no llega más allá de las tres o cuatro
frases. Supongo que es la lluvia lo que nos enfría los ánimos.
Nosotros tres estamos acostumbrados a ir más rápido, empezamos
a coger ventaja a los otros. Nos paramos a esperarlos. Seguimos. Otra vez nos
adelantamos. "Si queréis ir más rápido, no nos esperéis".
No hace falta que nos lo digan dos veces. Por fin deja de llover, y sale el
sol. Qué maravilla de luz y de vista. Seguro que entre los árboles
tiene que haber algún gnomo o duende, o lo que sea, ojalá pudiera
ver uno. Me paro un momento. No puedo evitar agacharme a buscar y llamarlos.
Los otros dos se paran y me miran con asombro. Yo les veo, me avergüenzo
y decido olvidar la gran ilusión de mi vida. ¿Cuánto falta?
Las piernas acusan los días. No creo que tardemos mucho. Ya hemos llegado,
pero no vemos a las chicas de ayer. Otra vez a esperar que abran, a que lleguen
los otros, a comer y a dormir. La monotonía es dura, incluso cogiendo
cama todos los días. Siempre es el mismo ritual, un ritual de penitencia,
¡qué mérito tenían los auténticos peregrinos!
Uno, dos, tres, cuatro días más, ya perdemos la cuenta. Pero llega
una noche en que miramos el libro guía y se nos iluminan los ojos: mañana
llegamos al Monte del Gozo.
(Continuará)
Dalare, 8/04/2003