Por fin parece que hay luz fuera. Venga, arriba,
son las seis, se me ha hecho interminable. Los demás no están
mucho mejor que yo, pero algunos traían cosas mullidas. Hay que salir
de este lugar. Sin desayunar, no se puede perder tiempo, hay que llegar antes
nadie al próximo lugar. Vuelve a haber niebla. Ya se ve gente caminando,
no somos los primeros. Al poco rato tenemos la ropa calada y nos chorrea el
pelo. Casi no hablamos. 
Algunos volvemos a adelantarnos, pero esta vez no vamos a esperar a los otros.
La etapa es más corta, no hay que parar a descansar. Ya llegamos los
tres, los otros cinco hace rato que desistieron de seguirnos. Estamos agotados,
pero abren el albergue a las tres, y es la una. Hay una larga hilera de mochilas
junto a la puerta. Sus dueños están tumbados por el suelo, y nos
miran recelosamente. Según el libro, en este albergue hay suficientes
plazas, sí, por delante de nosotros sólo hay veinte mochilas,
esta vez dormiremos en cama. Pasan los minutos, va llegando más gente,
pero no se ponen detrás de nosotros, sino delante, porque conocen a otra
gente. Empezamos a ponernos nerviosos. Abren el albergue. La Ley de la Jungla.
Todos queremos entrar. Muchos que habían llegado después de nosotros
pasan por delante. Insultos, conato de pelea. Cuidado, no estamos aquí
para esto. Paciencia, quizás encontremos algún sitio. Lo encontramos,
en el suelo otra vez. Sin palabras. Empezamos a pensar la posibilidad de coger
el primer autobús y marcharnos. Llegan nuestros compañeros. Tampoco
tienen cama, claro; encima se regodean de nuestro fracaso. Prefiero no entrar
a discutir, bastante tengo con mis incipientes ampollas. Treinta personas esperando
en las duchas. Mejor nos salimos a comer algo, sentados en el bordillo de una
acera. La tarde, la noche, sin hacer nada, sin hablar, cansados. Nuestro suelo
además no tiene ventanas. Calor, asfixia, no puedo dormir, me ahogo.
Ya veremos mañana.
Son las cinco. Esta vez no vamos a dar opciones. Todo el albergue duerme. Despertamos
a los otros cinco, pero no tienen la menor intención de madrugar. Bueno,
pues nada, no nos importa, nosotros salimos. Es de noche, hace frio, hay que
ponerse la chaqueta. Nos encontramos con una señora extanjera. Hace el
camino sola, pero su marido y su hijo van en coche, y la esperan al final de
la etapa. Vamos juntos un rato, nos contamos batallitas. Pero nosotros vamos
más rápido, adiós. El paisaje cambia a cada paso. Muchas
vacas sueltas, y mucha caca de vaca, es imposible no pisarla. Nos da igual,
ya estamos hechos al paso. Esta vez somos nosotros los que adelantamos a la
gente, es muy placentero. Ya se ve al pueblo a lo lejos. Pasamos el río
y llegamos al albergue. No hay casi nadie haciendo cola. Esta vez no vamos a
permitir que nos tomen el pelo. Una, dos, tres... diez mochilas por delante
de nosotros. Las contamos en alto, que nos oigan. Abren el albergue, no sólo
queremos cama, sino también ventana. Lo tenemos. Una gran habitación
con literas, para veinte personas. Por lo menos hay ventanas. Las duchas, casi
no hay nadie esperando. Pero ahora mis ampollas son más urgentes, y el
sueño nos vence. De todas formas, el saco de dormir ya está bastante
sucio. Dormimos unas horas. Es por la tarde, y nos vamos a comer al atrio de
una iglesia muy bonita. Los otros no han llegado todavía. Se acerca la
noche, los otros no aparecen. Nos inquietamos, pensamos en llamar a la policía.
Pero por fin llegan. ¿Qué ha pasado? Nada, se lo han tomado con
calma. Podrían haber pensado en nosotros, estábamos temiendo cualquier
cosa. Pero les da igual. Además han podido coger alguna cama que han
dejado libre a última hora, pero tienen que compartirlas. Cenamos por
separado y nos acostamos sin desearnos ni las buenas noches.
(Continuará)
Dalare, 3/04/2003