Una perspectiva personal del Camino de Santiago
El tren acaba de dejarnos en la estación a Sonia,
a Laura y a mí. Nos están esperando ya Óscar, Castro, Pedro,
Félix y Delri. Besos para las chicas y besos y abrazos para mí.
Descansamos un rato allí mismo, hablando. Está atardeciendo, y
hay que ir al albergue, apuntarse, o lo que sea; ni siquiera sabemos qué
es lo que hay que hacer
Callejeamos, cogemos un autobús, volvemos a callejear. Al final encontramos
el albergue, una antigua escuela reconvertida. Le tenemos que dar los nombres
al encargado, que nos deja unas llaves.
Se hace de noche, cenamos y salimos a la calle. Primer conflicto: algunos quieren
comprar vino y beberlo en la orilla del río, otros preferimos no trasnochar,
porque hay que madrugar mañana. Ganan los juerguistas. Acabamos en la
ribera de un río oscuro, hasta muy tarde.
Al día siguiente, todos dormidos. Ya empezamos con retraso.
Mochilas a la espalda, salimos y andamos. Los primeros kilómetros son
todos por carretera, lo peor son los camiones. de vez en cuando alcanzamos a
algún que otro peregrino. Llegamos a un pueblo, y paramos para comer
algo. Segundo conflicto: este pueblo no es final de etapa según el libro
que nos guía, hay que ir más adelante; pero algunos quieren quedarse
aquí a dormir. Perdemos horas preciosas sin decidirnos. Por fin ganamos
los buenos, y seguimos adelante. Hemos llegado a un camino, se acaba el asfalto.
Más fácil, pensábamos, pero no, más difícil,
con cuestas. Al pasar por una aldea, el lugareño nos indica una posada
más adelante, porque no vamos a poder llegar a tiempo al pueblo. Claro,
por culpa de los otros. Pero por fin llegamos. Bueno, primer día de trayecto,
y parece que no ha sido para tanto.
Al día siguiente, arriba a las siete. Parece buena hora: evitamos el
calor, y seguro que podemos cumplir la etapa. Bueno, de momento, niebla. Las
toallas que habíamos dejado tendidas están caladas, y pesan bastante.
No pasa nada, acabamos de empezar, estamos contentos. Un poco más adelante
está el pueblo, y el albergue que tendríamos que haber ocupado.
Allí buscamos a un párroco, que nos tiene que sellar los carnés
de peregrinos (o sea, que encima nos cuenta un día menos). Seguimos.
Algunos llevamos buen ritmo, otros se quedan atrás. Decidimos esperarlos,
para llegar juntos, mientras muchos caminantes nos adelantan. Ya estamos todos
juntos otra vez, y llegamos al albergue. Hemos cumplido la etapa, pero no hay
sitio para dormir. ¡Por favor, por lo menos en el suelo! Vale. Si no hubiéramos
esperado a los otros, seguro que habíamos pillado cama. Primera noche
en el suelo. Extiendo algo de ropa que me haga menos dura la velada. No hay
forma de pegar ojo.
(Continuará)
Dalare, 1/04/2003