¿Ya te vas?
Fecha Lunes, 02 enero a las 05:40:03
Tema Literatura


-¿Ya te vas?-

-Sí, se me está haciendo tarde-

Observé su mirada por última vez. Me miraba directamente, con los ojos brillantes, inolvidables... se le notaba el rastro que habían dejado las lágrimas en sus sonrojadas mejillas, que estaban encendidas, tal vez por no aguantar la situación, tal vez por no entender mi decisión, tal vez por el miedo de no volver a verme.

-¿Cuándo volverás?

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-No lo sé...- respondí intentado ser lo más breve posible, no quería seguir mirándola a los ojos, esa mirada me rondaría la cabeza durante toda mi vida si seguía así mucho tiempo más. Ella esperaba, mirándome, con la cabeza un poco inclinada para poder verme los ojos e intentar buscar una respuesta mejor en ellos.

-¿Por qué te vas?¿es que no me quieres?-

Dudé un instante.

-Necesito pensar, alejarme un tiempo, y quizás, volver-

Su reacción fue instantánea. Se giró, cabizbaja, con los ojos ahora ahogados en lágrimas, meditó un instante y se volvió hacia a mi, con la mirada intentando escapar de las gotas para volver a verme. Me cogió de una mano, la acarició e intentó abrazarme. Yo no quise, la quería demasiado.

-¿por qué me haces esto?-

-No sé si te quiero lo suficiente-

-Suficiente para qué- respondió rápidamente

-para darte lo que te mereces- solté sin pensar, con un nudo en la garganta que me había obligado a tragar saliva y delatar mi nerviosismo.

-Yo sólo te quiero a ti, ¿qué quieres que haga?-

- Sólo date media vuelta, e imagina que jamás me hubieras conocido- respondí con voz seca, esta vez controlando mis sentimientos y sin hacer caso a las nuevas lágrimas que esta vez sí, venían empañadas de pequeños susurros de llanto, que llegaron a mis oídos y me hicieron meditar acerca de lo que había dicho. ¿La quiero?.

-¿Estás seguro de que quieres que haga eso?-

-Sí- dije sin titubear.

Ella se giró, en un último intento de abrazarme, esta vez, impedido por ella misma, y supongo que por la rabia y la incomprensión que sentía hacia mi en ese momento. La comprendo.

Después desapareció entre la multitud que estaba en el aeropuerto.

Yo, sin haber asimilado lo que llevaba tanto tiempo queriendo hacer, me dirigí hacia la puerta de embarque, con mis pocas maletas y unas ganas terribles de llorar, aunque pensaba que había sido lo mejor para los dos y aunque ella jamás fuese a perdonarme lo que acababa de hacer, sentía en mi interior un mínimo de satisfacción que me hizo olvidar rápidamente la idea de llorar.

Viajé, y viajé...

A través de la ventanilla se veían las montañas, los ríos, la nubes, pero ella no estaba, yo la había expulsado de aquel sueño idílico que rondaba en mi cabeza y al que llegaría sobre las 3 de la madrugada.







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