
Habanera
Fecha Lunes, 02 enero a las 05:34:32 Tema Literatura
Cuando llegué al Malecón tuve la sensación de que antes ya había estado allí; tal vez en un sueño. Caía la tarde y caminaba rumbo a la “Ciudad vieja” envuelto en un vaho de gasolina dulce y feromonas que comenzaba a emborracharme. Los viejos Chevrolet parecían desarmarse en cada bache mientras la gente cantaba sones de negros o lloraba mirando al mar, como en los boleros. Me entristeció ver que las casas ya no eran palacetes, habían envejecido sin liposomas ni aloe vera; tenían la cara sucia por el abandono. Si no fuera por los habaneros, La Habana sería un cadáver – pensé –, pero la gente estaba viva, muy viva y eso me consoló.
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Los niños; angelitos blancos y angelitos negros, jugaban en los descampados a juegos que me eran conocidos... también al Baseball. Al verme pasar corrieron a agarrar mi camisa mientras los mas atrevidos me pedían dólares y golosinas. Les di algunas monedas y les prometí que volvería con una bolsa llena de caramelos, me abrazaron las piernas y me dieron las gracias. Yo les sonreí y salieron volando con sus alas de ángeles.
Apenas llevaba una hora en la ciudad y ya tenía un nudo en la garganta. Además la noche era un bochorno y no podía respirar; necesitaba tomar un trago. Entré en un bar con aspecto de tugurio que olía a sudor y licor derramado. Le dije a la camarera que me trajera un copa, encendí un cigarro y una morena con ojos de china se acercó y me preguntó por qué la miraba tanto – Me recuerdas a alguien, sólo por eso – le dije imitando a Bogart –. Agarró con sensualidad mi mano para que bailara con ella. Yo me disculpé – no sé bailar – le dije – y trató de provocarme moviendo sus caderas como la cola de un reptil. Luego acercó sus labios a mi oído y me pidió un ron. Nos trajeron una botella y, después de una hora de charla, me juró que me quería más que a nadie. Luego, al apurar el último trago, me exigió el divorcio. Aunque debió gustarle alguno de mis cuentos porque, antes de irse a rehacer su vida, me dio un beso.
Salí del antro con la boca caliente, por eso decidí acercarme a la “La Bodeguita del medio”. El bar estaba tan lleno que los camareros tardaron horas en servirme, así que aproveché el tiempo y me perdí por las paredes buscando a Hemingway. Dicen que el gringo frecuenta el local, pero sólo alcancé a ver su firma entre un montón de garabatos. Le pregunté por él a un negro que bebía un Daiquiri escondido en un rincón. Me dijo que hacía tiempo que se había ido a los toros y yo le creí, claro: los borrachos siempre dicen la verdad.
Cuando salí la gente formaba corros en las entradas de las casas. Abuelos, padres y niños hablaban alto y reían y tocaban los bongos, otros miraban; miraban mucho. Sentí pudor: llevaba demasiada ropa y ellos estaban desnudos.
Para esconder mi vergüenza, me refugié en una taberna con poca luz y me dediqué a observar a la gente. Había una mulata flaca con la cara triste que bebía sola; distraída en sus pensamientos. No pude resistirme, me acerque, le ofrecí un cigarro y le pregunté su nombre. Se llamaba Desiré y tenía la voz ronca, demasiado ronca para ese cuerpo. Llevaba un vestido de gasa blanca y unas sandalias muy gastadas; no era guapa, pero tenía los ojos grandes. Hablamos de ella, de su pequeña, del negro que la abandonó cuando nació la cría, de la fábrica de puros, de su vieja; que fuma como un cubano y bebe como un ruso pero que le hace reír. El tiempo pasó deprisa y quise regresar al hotel, aunque antes me ofrecí para acompañarla a su casa. Ella me miró a los ojos como si quisiera adivinar mis intenciones y se agarró a mi brazo. Vivía cerca, en una casa vieja de La Habana Vieja y en la puerta le di un beso en la cara; de despedida. – ¿Te veré mañana? – me preguntó con un susurro. –Me voy a Camagüey – le mentí. – Entonces te invito a un ron y conoces a la negra.
Sentada en una hamaca con un puro enorme en la boca, la vieja me miraba sin hablar. Tenía una radio en la mano llena de arrugas, y la voz del Comandante se escapaba entre sus dedos. Desiré volvió con dos vasos y me ofreció uno – No me apetece, me fumo un cigarro y me voy – me excusé –. Ella sonrió mientras me hacía un gestó con la cabeza para señalarme un jergón que asomaba a través de unos visillos. La vieja cerró los ojos; se hacía la dormida. Luego, sentado al borde de la cama, la mulata dejó que la gasa se deslizara por su cuerpo como una hoja seca, y pude ver sus huesos color de ébano. ¡Era flaca la condenada! ...demasiado flaca para esa voz y esos ojos.
Desperté con resaca. Desiré dormía a mi lado atándome el cuello con su brazo de alambre. Deshice el nudo, me vestí y la besé en la frente. Ella se despertó, me miró y volvió a cerrar los ojos, entonces supe que me dejaba libre. Puse cien dólares sobre la almohada y salí de la casa como un gato acorralado. Ese día era Noche Vieja pero no había nieve en La Habana, el sol del caribe la había derretido hacía siglos.
Pasé la tarde encerrado en el hotel. Una botella de ron, como única compañía, me ayudó a despejar los remordimientos hasta que al anochecer sentí la conciencia tranquila y un agujero en el estomago; tenía hambre. Bajé a la recepción y el portero del hotel, un mulato de padre gallego, me recomendó un Paladar que estaba a un par de cuadras de allí. Caminé despacio observando a la gente que pasaba a mi lado; todos bailaban. Cuando llegué al lugar llamé a la puerta y me recibió una mujer con aspecto de Madame que, antes de dejarme entrar, puso su mano en mi pecho y estableció las reglas: Nada de menores, ni drogas, ni orgías. Yo le dije que sólo quería cenar y ella me guiñó un ojo. Luego me guió a una habitación donde había una mesa vestida para degustar manjares junto a una cama de colcha roja. Antes de que se fuera la “Dama” le pedí cerveza y langosta y al instante, un enano vestido a lo Ché me trajo la cena. Cuando salió por la puerta, apagó la luz y todo quedó a oscuras. Pero no me importó, simplemente coloqué una servilleta en mi cuello y bebí un trago largo. Entonces fue cuando sentí que alguien me besaba en los labios – Por diez dólares me hago tu novia – me dijo. Entre las tinieblas no podía distinguir su cara, pero me agarré a su cintura y lo que encontré, me resultó tentador – No tengo diez dólares pero si quieres te invito a cenar – le regateé.
Ella no contestó, sólo me dio otro beso y sentí que la “hija de Drácula” se evaporaba entre mis manos, como la nieve en La Habana, como este sueño que suele calentarme el cuerpo cuando tengo frío, como las “otras” que se fueron.
Hoy es Noche Vieja en Madrid y volveré a cenar sólo, la próxima vez que necesite compañía soñaré con París en primavera.
André Lebowski 2005
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