Belleza negra
Fecha Lunes, 18 octubre a las 03:25:00
Tema Literatura



Rovira comienza a descender por la cara norte del Pedraforca, quiere llegar al refugio antes de que la noche le pille en el Pollegó superior. Apenas necesita pertrechos, se trata de una escalada suave y las vías ya están marcadas desde principios de siglo. Al llegar a un pequeño rellano hace un alto en el camino. Un escalofrío recorre su cuerpo. Siempre es lo mismo.......recuerdos y más recuerdos. Comienza el flanqueo de la izquierda con la imagen de Carla cayendo.....sigue unos metros más por una pequeña repisa que parece no tener fin hasta encontrar un cable fijo a un canal; el sudor empapa sus músculos. Esta vez, el descenso lo prefiere rápido, emprende un corto rápel hasta la enforcadura. Toma el camino que le lleva hasta el refugio del Gresolet, antiguo santuario.

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Pedraforca, misteriosa y enigmática, con sus dos puntas mirando hacia el cielo, le llama....su belleza y serenidad atraen a todo tipo de excursionistas. Su riqueza y variedad supera a la de muchas montañas. Rovira prefiere la cara norte donde el bosque calma su espiritu, su enorme verdor contrasta con la roca altiva y orgullosa.
Si bien como escalada no supone una dificultad importante, su leyenda negra la hace tremendamente atractiva. Desde que Homedes, en 1936 es alcanzado por un rayo y muere al despeñarse, hasta la fecha en la que el vigilante del santuario ha desaparecido sin dejar ningún rastro tras de si; extrañas y macabras visiones empañan estos bellos parajes.
Por fin llega a la base de la montaña donde una pequeña explotación minera recuerda la actividad abandonada un siglo atrás. Sus ojos se abren ante el horror y un grito surge de sus pulmones. La visión del corzo degollado a dentelladas furiosas le ciega. Toca su cuerpo aún caliente y en imágenes sucesivas ve su muerte. Muerte inútil.
-Basta ya!!!! Aquí me tienes. Estoy donde tú querías. –Cae de rodillas y las lagrimas anegan su rostro.
Hasta hoy son diez los animales masacrados. Todos formando un extraño camino. Uno por día. Rebecos, ciervos y corzos, sembrando el camino desde la base de Rovira hasta la mina abandonada.
A la entrada una belleza de pelo negro y suave mantiene la calma, ha iniciado el aseo de su cara con las zarpas anteriores. Se toma su tiempo. No tiene hambre. La muerte del corzo es una entrega especial para Rovira. Le gusta comer al amanecer y en solitario. Es una hermosa hembra de ojos verdes, de cráneo pequeño y ancho. Mantiene las orejas erguidas, en actitud vigilante.
Ha llegado el momento y paladea con satisfacción su siguiente presa. Es la primera vez que una victima suya notara su presencia antes de morir. No teme el fracaso. La seguridad de la pantera, quizá suponga una victoria para Rovira.
Un rugido de advertencia resuena contra la pared rocosa. Rovira se gira tan bruscamente que cae de espaldas contra el animal caído. La sorpresa y la posición nada halagüeña hace que la pantera se crezca. Piensa en qué vio su madre para enamorarse de ese ser tan insignificante. Se acerca al hombre con elegancia, sus zarpas provistas de almohadillas, le permiten caminar sin emitir el más leve sonido. Camina con cierta indolencia, quiere olerle. Recordar el olor del miedo.
Rovira reacciona con rapidez, se levanta, se mantiene firme y quieto. Admira la belleza del depredador. Y vuelve el recuerdo de Carla. Y ya no teme. Esta vez no cometerá el mismo error.
-Eres más bella que tu madre, hace tiempo que espero este encuentro.
Al oír su voz, la pantera cambia en cuestión de segundos de forma. Adopta el cuerpo de una mujer de notable belleza, piel de ébano, pelo largo y negro. De formas sinuosas, no exentas de una desarrollada musculatura. Tan alta como Rovira le mira cara a cara. Tantos años soñando este momento, mirando a los ojos al asesino de su madre.
-Porqué no has venido directamente a por mi. Llevas días acechándome y estas muertes no sirven para nada.
-Todos perdemos algo, no crees? –Su voz tenue y sosegada tiene algo de amenazante. –Yo perdí la posibilidad de un hermano con quien aparearme. Tú acabaste con el ciclo normal de mi especie.
-Llevo viviendo quince años con la muerte de tu madre sobre mi conciencia. No fue premeditada. Salda tus deudas y vete.
-No tengo prisa, quiero enseñarte algo, un regalo más.......sígueme.
Rovira sigue la cadencia de las caderas de la muchacha, pocas veces ha visto la elegancia desnuda.
Entran en la vieja mina. El olor a muerte es intenso. Rovira no ha entrado nunca en la mina, el temor al desplome y el escaso interés a todo lo que el hombre en su desmedido afán de poder le lleva a ahondar en la tierra, hacen que siempre haya pasado de largo. Ama la naturaleza y a los animales que en ella viven, de ahí que hace quince años cambiara de profesión. Pasó de guardia civil a guardia forestal, y los hechos entonces acaecidos tuvieron un gran poder en la decisión tomada.
-Es el único sitio que no tiene tu olor. Hace quince años no supiste esclarecer las misteriosas desapariciones que asolaron esta comarca. No era tan difícil. Hace meses rastreé el olor de mi padre. Aún perdura.
Mientras se adentran, el olor les sigue....se hace más y más intenso. El cadáver en descomposición del vigilante del santuario se halla en una posición irreverente. Está sentado con la mano en el cuello en un gesto inútil por detener la sangre que seguro en su día saldría a borbotones. Los pantalones bajados y los ojos desorbitados. Ojos incrédulos.
-Tenia problemas con la seducción....ya no. –sonríe satisfecha.
En una oquedad del fondo, varios grupos de huesos limpios y con marcas de dentelladas forman un circulo. En el centro, restos de uñas y pelo negro conforman el macabro espectáculo.
-Aquí están las cuatro muchachas desaparecidas. Este era el refugio de mi padre. Aquí nunca entró mi madre, nunca..
-Has heredado la locura de tu padre. Tu madre era muy distinta. Solo mataba por necesidad y nunca hembras, nunca....Me habló de estas muertes y de porqué tuvo ese final tu padre. ¡Era absolutamente necesario!. Probó la sangre humana y le gustó.
-Lo que mi madre y tú jamás entendisteis es que somos depredadores. –Se vuelve hacia Rovira mostrándole sus incisivos.- Matamos, si, pero no somos asesinos, puedes tú decir lo mismo?.
-Fue en defensa propia.......
-No, fue tu miedo y tu desconfianza. Recuerda, yo estaba allí.-Estas últimas palabras las dice de forma silabeante. La dureza en su mirada convierte sus ojos en dos rendijas pequeñas.
-Conoces este fruto?, parece que ayer te paraste un rato más en mi campamento y saboreaste alguno de ellos. Son venenosos. Tardan unas horas en actuar, pero matan.
Rápida y veloz se transforma en pantera a la vez que de un zarpazo inutiliza la mano de Rovira. Los frutos saltan por el aire. Pero uno de ellos, tan solo uno, es alcanzado por Rovira. Se le mete en la boca. Le mastica. Sabe amargo a su paladar. Sonríe.
La ira irracional se apodera de la pantera, se lanza al cuello del hombre desgarrando piel, huesos, tendones......La sangre sale disparada, pero Rovira ya no siente nada, un último pensamiento es dirigido en forma de palabras:
-Carla......
La pantera sale disparada hacia el lago que se halla en mitad del macizo de Piedraforca. Alcanza a duras penas la orilla. Necesita lavarse, desprenderse del veneno. Lástima que tan cerca del objetivo no pueda llegar a lograrlo, o si?

Ariel, octubre 2004





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