El Sobreviviente
Fecha Miércoles, 18 agosto a las 19:15:27
Tema Literatura



“Llegó a pensar que hasta sería un buen sistema de vida no tener domicilio, vivir en cualquier lugar del mundo. Un hogar es como una prolongación del pasado; lo revisten las emociones de ayer. Sin embargo, cuanto suprimo incesantemente lo que se quedó para atrás, deseo que cada mañana surja una nueva vida y que todo en este mundo sea un comienzo para mí…”

Maurice Barrès - Un hombre Libre - 1887


Siempre que mi buen amigo, Matías Conti...

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prepara una de sus ya numerosas mudanzas, piensa que será la última, pero eso nunca sucede. En verdad eso no tiene mucha importancia. La primera vez que mudó de país no tenía casi nada, pero presumo que poseía sobre todo una buena dosis de coraje, bravura o como se le llame.

Desde entonces ya pasaron muchos años. A veces fue necesario un contenedor para llevar sus pertenencias de un continente a otro, pero al paso del tiempo su volumen fue disminuyendo. Descubrió así que podía prescindir de muchas cosas y las fue abandonando en todos los escondrijos del mundo. Dice que no recuerda haber sentido falta de casi nada que haya dejado en otro lugar. No es una persona de nostalgias, sino de realidades. Cuando una página de su vida termina, el pasado más reciente simplemente expira. La película concluye. Se levanta de su asiento y escribe otro guión.

Son cosas del oficio, porque —olvidaba decirles—, Matías es, al menos hasta ahora, un sobreviviente…

Es un sujeto peculiar. Un italiano que parece no haber nacido en ningún lado. Casi siempre habla y escribe en una lengua que no es la suya. Es un trotamundos que no tiene un punto de referencia muy claro, pero como un camaleón se adapta a todos los ambientes. Inexplicablemente puede navegar en cualquier océano. Marcha sereno por el camino que va de la nada hacia cosa alguna y no es una sorpresa si descubre a una persona amiga. Son cosas del oficio.

Cuando todo parece sombrío, él aun respira. No es que sea indestructible, pero sobrevive, mientras los demás se desesperan o entran en la espiral de sus propias contradicciones. Parece mentira, pero los acontecimientos pasan y Matías subsiste en medio de las más complejas coyunturas. Sigue adelante y encuentra una nueva ruta.

Recuerdo que en el libro de Hermann Hesse, El Lobo Estepario, el protagonista Harry Haller entraba en un local donde había algunas puertas con letreros diferentes. Al abrirlas, encontraba cosas sorprendentes. Con Matías sucede algo semejante. A veces franquea una que lo lleva al purgatorio, pero no tarda mucho hasta encontrar otra que lo devuelve nuevamente al paraíso. Vale aclarar que él nunca estuvo en el infierno.

Lo conozco hace mucho tiempo, para afirmar que él siempre tuvo muchas alternativas. Escogió pocas de ellas, pues la mayoría se le presentaron espontáneamente. En la dimensión en que se encuentra, los hechos se han sucedido sin que los haya talvez previsto. No confundir: Cuando hablo de sobrevivir no me refiero a ningún aspecto material, sino a la superación anímica.

—Un sobreviviente sabe que todo hace parte de un ciclo —afirma Matías—. Las curvas suben y bajan, pero siempre están en constante movimiento. Algo así como los trazos de un electrocardiograma. Mientras las líneas no rebasen un cierto límite, el paciente sobrevive.

Sin duda, todo lo que ha ocurrido con Matías, hace parte de los caminos recorridos por un sobreviviente. Fueron demasiadas mudanzas y el contacto con distintos países y civilizaciones. Pasó por todos esos lugares como si hubiera siempre vivido en ellos. La diferencia entre Nueva York, Paris, Madrid, Berlín, Río de Janeiro o Bagdad no son únicamente las culturas.

—Existe algo infinitamente más profundo —me explicó un día—, que un sobreviviente sabe y casi todos ignoran. Digamos que eso funciona como un código conocido de antemano que los demás no logran descifrar. Esa es la diferencia entre los extraviados y los sobrevivientes que siempre encontramos un destino.

No deja de ser sorprendente eso de conocer todos los códigos. ¿Lo que los otros no entienden, esos especimenes lo ven sin ninguna dificultad? Eso me parece prácticamente incomprensible. Sin embargo cuando pienso en otra dimensión, tengo que aceptar lo intangible.

—No tiene nada de esoterismo en todo esto —me dice Matías—. Son cosas de sobreviviente. Pasado, presente y futuro no se encuentran en sesiones espiritas, mapas astrológicos o cartas de tarot. Todo está dentro de nosotros… T.S. Eliot escribió en su poema, Burnt Norton, “El pasado y el presente se encuentran en el tiempo futuro”. De una cierta manera, nos dijo que, presente, pasado y futuro podrían toparse en una misma dimensión. Él escribió también, “Y todo es siempre ahora”.

—Quienes entienden estas últimas palabras, —agregó—, pueden entrar en la dimensión de los sobrevivientes. Es una frase que lo dice todo, aunque algunos se tomen una vida para entender su sentido más profundo. Ya se escribieron decenas de ensayos intentando descifrar el significado de este y otros poemas de Eliot. Cuando un sobreviviente tiene acceso a su lectura, encuentra todo aquello por lo que ya pasó.

Yo sé que cuando pasamos por algún conflicto, cada uno se satisface con sus propias interpretaciones. Sin embargo los hechos permanecen, son inmutables. Eso es lo que ocurre con la mayoría de nosotros, pero no les sucede a los sobrevivientes. Para ellos, las soluciones llegan casi sin que las escudriñen. Estaban ahí. —“Y todo es siempre ahora”—. Las respuestas son dadas antes que se formulen las preguntas.

Otras características de los sobrevivientes, son las de no guardar rencor o sentimientos negativos. En su proceso mental, todo tiene una razón de ser. No es un concepto conformista, sino por lo contrario, filosófico. Un sobreviviente no se pierde en disputas, simplemente busca otros caminos. Por estar en movimiento casi nadie los alcanza.

Escribo todo esto, para explicar la dimensión en la que deduzco vive mi amigo Matías. Puedo estar equivocado, pero me pregunto seriamente si esta vez conseguirá sobrevivir. Ahora que se va tendrá la ventaja de vivir otra vez cosas muy intensas, mientras yo simplemente regresaré a mi vida cotidiana en una revista literaria. Sucede que Matías está mudándose de ciudad.

Para variar, fue una de esas alternativas que aparecieron espontáneamente. Cosas de sobreviviente. Una empresa italiana lo contrató para trabajar en la reconstrucción de Irak. Algunos amigos le dijimos que estaba completamente loco, que nunca saldría vivo de ahí. Él nos respondió: “Tal vez”. Matías ya vivió momentos difíciles.

Una vez lo bombardearon en Angola. Un niño escapó en aquella ocasión de sus manos y cayó de lo alto de un edificio inacabado que él inspeccionaba. A veces hasta los sobrevivientes lloran.

Si no fue nada fácil escuchar entonces su relato, debe haber sido aun más crudo, a la sazón, cuando él dejó una ciudad en la región de Kabilia en Argelia, después de ver decenas de personas postradas en la acera, degolladas por los extremistas en turno. Seguramente por eso me dijo, mientras tomábamos una copa en el Aeropuerto de Barajas:

—Continúan matando a la gente por el mundo, no puedo llorar por todos. No me interesa la política, lo que hago es construir. Si son empresas japonesas, españolas o como es ahora el caso, italianas, lo importante es hacer algo útil por un pueblo que no tiene culpa alguna de lo que se maneja en política. Cuando trabajé en la reconstrucción de Beirut, tampoco me pasó nada. Probablemente sean riesgos semejantes. La vida continúa, Paquito, no podemos perder la bravura…

Es curioso como lo atraen los retos. Los acontecimientos trágicos no le son ajenos, uno por cierto bien reciente. Es sorprendente verlo tan sereno, como si no hubiera atravesado hace algunas semanas algo tan difícil de superar. Entiendo de verdad que no le reste otra cosa a hacer sino irse a Bagdad. Todo está aun por vivir y eso vale para todos, inclusive para los sobrevivientes.

—Paquito, ayer en la noche vi una bala en mi pecho, —me dijo lacónico al entrar en la fila de embarque—. Pero eso fue solamente una pesadilla que tuve mientras empacaba cuidadosamente mi coraje. Si me toca morir, será mi turno de visitar el infierno. Ya estoy impaciente por conocerlo. Después de todo, siempre supe que ser sobreviviente no significaba alcanzar la inmortalidad...

Debe tener toda la razón. Yo he pasado algunas vacaciones en lugares sensibles. Fui una vez a Israel otra a Marruecos y también paso todos los días por la Estación de Atocha en Madrid. Nunca me sucedió nada malo. Matías sabe lo que hace, pues en ese atentado terrorista, perdió a sus dos seres más queridos.

—No me encontraba en Madrid ese día —me dijo muy triste en el entierro—, estaba en Milán firmando mi contrato.

© Iben Xavier, 2004






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