Suave y despacio
Fecha Domingo, 07 diciembre a las 09:54:06
Tema Relatos eróticos


Es una historia de un encuentro cargado de atracción, deseo y sexualidad.
Suave y despacio. Así se debe sentir una caricia o una mirada. Como me miraba ella todos los días cuando coincidíamos en el tren por la mañana. Sus brillantes ojos verdes, grandes y almendrados, fulgurando bajo largas pestañas y finas cejas, rubias como su cabello, liso, peinado con la raya en medio. Todos los días a la misma hora, entrando por la misma puerta del tren.
No sé cuántas veces coincidieron nuestras miradas, cuántas veces aparte la vista o cuántas lo hizo ella...

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Siempre volvía a mirarla con precaución de que no me descubriera y esperando descubrirla a ella en una furtiva mirada. Apenas media un metro sesenta, menudita sí, pero impresionante, un cuerpo tan perfecto como el de un hada del bosque. Delgada, cintura estrecha, deliciosas caderas curvadas en absoluta perfección, pechos redondos y firmes, los cuales gustaba mostrar con atrevidos escotes, al igual que sus piernas, perfectamente moldeadas, lucidas gracias a ajustados pantalones o faldas cortas. Mientras la miraba evaluaba mis posibilidades... cero.
Todos los días volviendo de mi rutinario trabajo se repetía el encuentro. Dos citas diarias con una diosa arbórea inalcanzable, dos veces pasando por el mal trago del deseo insatisfecho.
Por las noches mi imaginación volvía a ella, ya fuera conscientemente, aliviando mi ansiedad manualmente, nunca mejor dicho, o en sueños libidinosos de lujuria desenfrenada. No todos eran sueños satisfactorios, también tenia algunos en los que me quedaba sin alcanzarla, ella escapaba de mis manos, de mí. Lleno de frustración y tristeza.

Sábado noche. Obligado a salir de marcha, obligado a meterme en garitos y pub de toda clase y condición, inevitable por otra parte, en mi casa no iba a encontrar a nadie. Uno tiene que salir para relacionarse.
Hoy era diferente, ya que había venido un amigo que estaba de viaje en Holanda y nos había reunido a los inseparables. Cuatro amigos de toda la vida para ir de marchuky. Decidimos ir a una sala de fiesta que habían abierto recientemente, con go gos, pistas de baile con música variada y pensado para gente de nuestra edad... entre veintitantos y traitantos...
Entramos en el local de moda tras pasar la inspección de la gestapo de turno. Introduciéndonos en esa atmósfera de miles de vatios de luz y sonido, humo denso, olor a alcohol y perfumes pesados, de sudor y feromonas. Calor aplastante, ruido sin límites... evidente, sábado noche... jeje.
Dentro de la diversión, luchamos a brazo partido por llegar a la barra y pedir unas copas al camarero con el pelo rasta, anillo en la nariz y la camisa_segunda_piel que definía sus músculos trabajados en el gym, junto a la camarera rubia, alta, delgada, con unas exuberancias que pugnaban por escapar del escote a cada momento y adorno imprescindible de piercing en el ombligo y tatoo justo donde la espalda pierde el nombre, definitivamente, como provoca y ¡qué buena está la jodía!
Después de vagar un par de horas por las diferentes salas, deleitarnos la vista y pasear la lengua por los labios... después de beber tres cubatas... uno ya está contento y todo le parece al menos divertido, sino totalmente apasionante... En esto estaba, cuando camino de la barra, como emisario especial, en busca de la cuarta, cruzó por mi camino una diosa, mi diosa de los bosques...

Seamos serios y sinceros. Si no hubiera ido con tres copas y camino de la cuarta, jamás me hubiera atrevido a decir ni hola. Ahí estaba yo, con la mujer de mis sueños, literalmente, delante de mí. Por tanto le dije lo primero que se me ocurrió: “hola, todos los días nos vemos en el tren”, ella se paró delante de mí y me dijo algo como “¿qué?”. Por supuesto no me había oído, me acerqué a ella y acerqué mi boca a su oído “he dicho, hola, todos los días nos vemos en el tren”. Tan cerca de ella pude oler su aroma, quizá mezclado con el del sudor, algo que la mente capta, y sentí una erección enorme. Su olor, su proximidad, la calidez de su cuerpo, el pelo que rozaba mis labios. Ella se apartó para mirarme arrugando el entrecejo, guapísima en ese gesto. Me observó un momento y su cara se iluminó, con una enorme sonrisa. Se acercó a mí, yo agaché la cabeza mientras ella se ponía de puntillas para hablarme “es verdad, nos vemos todos los días al ir y venir del trabajo ¿trabajas verdad?”, “Sí” la dije, “no puedo dejar de mirarte, me da mucho corte, pero es que me pareces preciosa”. Por un momento me di cuenta de lo que decía, pero pasó. “Gracias, tú tampoco estás mal, aunque me dabas un poco de miedo”, yo sorprendido “¿miedo? ¿Por qué?”. “Por tu forma de mirarme, a veces me siento nerviosa, aunque me gusta...”, intenté decir algo pero me interrumpió “¿estás con alguien?” “Con unos amigos” “¡Muy bien!, Yo estoy con unas amigas, llámalos y nos presentamos, estamos en la sala de música latina al lado de la barra” “Oye, me llamo Pedro”, “Yo Alicia, encantada” y me dio un par de besos sin darme opción a réplica. “Te espero”.

No creía en mi suerte, ni mis amigos lo que les contaba. De todas formas fuimos a donde nos dijo Alicia, y estaban allí, coincidencias de la vida, ella con tres amigas. Nos presentamos, besitos de rigor, risas, miradas de inspección, y al final como era de esperar, las amigas de Alicia eran muy guapas, pero ella brillaba como una estrella solitaria en una noche sin luna. Casi tuve que cerrarles la boca a mis amigos, al holandés, por lo de trabajar en Holanda, incluso hubiera precisado un babero.
Fuimos a por copas, invitamos como caballeros, luego nos invitaron ellas para demostrar que son mujeres modernas e independientes y pasamos una noche muy divertida, con risas y anécdotas, intercambio de números de móvil, total, esas cosas que hacen hombres y mujeres cuando tratan de ligar, y para rematar la noche el baile de las parejas, la hora bruja en donde ponen las lentas.
No estaba seguro de pedirla bailar o no, y además tampoco estaba muy centrado con tanto alcohol, de todas formas no tuve elección. Me cogió de una mano y me sacó a la pista.

Me llevó hacia el centro de la pista, entre la multitud, dejando que la llevase yo. Siempre he sido torpe en esto del baile, así que pasé una mano por la cintura, cogí su otra mano y me pegue a ella quizá un poco demasiado. Mirando a sus ojos entendí que estaba a gusto, sus pupilas totalmente dilatadas brillaban. Noté los pezones duros contra mi pecho y seguro que ella notó la dureza de mi pene bajo el pantalón rozando su abdomen. Sus labios llenos y enrojecidos por el rubor provocado por la sangre que los llenaba, con la boca entreabierta, la besé, un beso delicado, labios contra labios, sintiendo el sabor de su boca, cerré los ojos y sentí su lengua buscando la mía. Dejé que mi mano bajara por sus nalgas, durísimas y perfectamente redondas, noté su mano imitando a la mía. No sé cuánto duró el baile, me pareció que fue un segundo, cuando nos separamos nuestros cuerpos pedían más, querían más. “Ven” me dijo. La seguí hasta los sillones al lado de la barra, y allí se sentó, yo a su lado. Nos abrazamos, nos besamos, recorrimos todos los rincones de nuestro cuerpo sobre la ropa... y nos interrumpieron nuestros amigos que ya tenían que irse. Quedamos para el día siguiente para tomar un café. Le dije que la llamaría, nos despedimos con otro largo beso.

Quizá esa noche fue la noche que menos he dormido nunca. No podía dejar de pensar en ella, en sus ojos verdes, en su cuerpo de curvas perfectas, en la dureza de su carne, en la suavidad de su piel, en el sabor de su boca, en el calor de su lengua, en la curiosidad de sus dedos, en el arte de acariciar, suave y despacio, presionando lo justo para hacer que la piel se ponga de gallina, excitándome hasta extremos que no podía casi soportar.

Después de comer la llamé, al segundo tono del timbre cogió el teléfono. Quedamos en una cafetería que ella conocía a las cinco de la tarde. Antes de colgar me dijo, “me gustas mucho, yo tampoco podía evitar no mirarte en el tren”, y colgó. Estuve pensando en llamarla de nuevo, pero preferí preguntárselo en vivo y en directo, cuando hablara con ella, ésas últimas palabras me habían hecho vibrar. ¿Sería amor a primera vista?

Llegué a las cinco al lugar indicado. Entré en la cafetería y allí estaba, sentada en la barra tomando una coke. Una belleza divina, con una falda corta por encima de medio muslo, zapatos finos de tacón bajo, y un top para lucir escote y el piercing del ombligo. No vi ningún tatuaje, curioso, pensé.
Al verme bajó del taburete y se acercó a mí, se puso de puntillas y me dio un besito en los labios. “Vámonos”, me dijo. “¿Ya? Acabamos de llegar”, “sí, vámonos, que conozco un pub en plan tranquilo con reservados, allí podemos charlar ¿tienes coche?” “He venido en el autobús, lo he dejado en casa” “Es igual, yo lo he traído”.
Nos fuimos en su coche. Mientras íbamos a donde sólo ella sabía no podía evitar mirar sus perfectos muslos, su escote y su cara. Su boca, sus ojos, su nariz, su pelo. No podía creer que alguien como ella se hubiera fijado en mí, pero allí estaba yo, con mi diosa de los bosques. Sin pensarlo mucho, puse una mano sobre su muslo derecho, ella sonrió. Por tanto subí por la pierna, sonreía, pase bajo la falda... “vas muy rápido... pero me gusta” así que seguí subiendo y llegué hasta sus ingles, seguí... yo esperaba toparme con la tela de una prenda, ya fuera braguitas o tanga. No había nada, mi mano rozo los pliegues de una carne suavísima, cálida y ligeramente húmeda. “¿No llevas nada?”. Realmente no era una pregunta, ella soltó una carcajada y dijo entre risas “nada”. Sin ver lo que hacía, encontré la comisura entre los labios y pude deslizar mis dedos entre ellos, notar la entrada a la vagina y la perla dura que parece el clítoris. Ella soltó un gemido, y luego otro, de tal forma que tuvo que parar el coche en una calle que tenia parques a ambos lados de la carretera y aceras bordeadas con una fila de árboles perdiéndose en la distancia. Levanté su falda, ella abrió las piernas, bajé mi cabeza entre éstas. Vi su sexo por primera vez, pequeño y rosado, bajo una mata de pelo rubio oscuro rizado en grandes bucles. Su vulva estaba muy húmeda despidiendo brillos con la luz de un atardecer de verano. El olor amargo y ácido del sexo femenino despertó todos mis deseos, quería comerla. Mi lengua recorrió su vulva, jugó con su clítoris, separando los labios penetre su vagina, acaricié el clítoris con los dedos. No sé cuánto tiempo pasó, mientras saboreaba su vulva abierta y profundizaba con mi lengua su intimidad. Ella gemía y levantaba las caderas, buscando que entrase más hondo dentro de ella, hasta oírla gritar. “¡Ya, ya, ya!. Cerrando las piernas y echándose a un lado, en pleno éxtasis.
Una vez recuperada, me giró hacia mí y me dio un abrazo y un beso muy fuerte y sonoro en los labios. “Ha sido genial... ahora me toca a mí, shsss, no digas nada”. Eso hice, no decir nada y dejarme llevar. Sentí su lengua rozar mi cuello, besarme, sus manos recorrer mi pecho, mi abdomen, mis piernas, fue besándome bajando poco a poco hasta el cada vez más abultado pantalón, justo bajo la bragueta. Abrió la cremallera, tiró del slip hacia abajo y hábilmente sacó mi pene erecto. “Es enorme” murmuró, me sentí tan halagado que creí flotar en el aire. Aunque eso sí, no fue nada comparado al momento siguiente, al notar sus labios besar delicadamente bajo el glande y sin dejarme disfrutar de ese placer notar como me acariciaba con sus largas pestañas, abriendo y cerrando los ojos tremendamente rápido, el beso de la mariposa. Creía que me iba a ir en ese momento, que no podría retenerme, en ese mismo instante noté su lengua recorrer mi sexo desde los testículos hasta el grande, tan sólo con la punta. Noté el semen ascendiendo y una fuerte presión lo retuvo. “Todavía no, aún no” dijo en voz queda. Había detenido la eyaculación presionando el canal eyector... para torturarme de placer metiendo mi miembro en su boca, entero, y sin moverse masajearlo con la lengua. Cerré los ojos, respiré hondo y no pude concentrarme, el placer era tan exquisito como nunca había sentido. Pasó quizá un minuto o una hora, no lo sé, no me importaba nada. Ella dio paso al movimiento de felación, deslizando mi quinto miembro por su boca, arriba y abajo, mientras masajeaba mis testículos. Cuando iba a terminar volvió a cortar el flujo del semen, abrí los ojos y la miré, ella me miraba desde abajo, con mi pene en su boca, pensé: dios mío, quiero morir ahora. Siguió una y otra vez, la avisé que llegaba el orgasmo como las otras veces, le supliqué que esta vez no lo cortase. No lo hizo, exploté en un orgasmo tan intenso que creía que el corazón se salía del pecho, y expulsaba tanto semen que parecía que estuviera orinando. Cuándo abrí los ojos estaba allí tan bella, tan extraordinaria. “¿Qué has hecho con la leche?”. Le miré a la cara y vi una gota blanca en su labio inferior, se relamió.

Seguimos camino, pero ya no fuimos al pub, directamente a un motel que ella conocía por 66 euros la noche te daban una habitación con yakusi y tv de pago.
No me pregunté de qué conocía ese sitio esta chica, ni me cuestioné nada, simplemente entré en la habitación y la seguí. Conecto el yakusi, se desnudo mientras iba de camino a la cama y ya completamente desvestida se echó en ella. Una cama redonda con un mando para hacerla girar y un enorme espejo en el techo para poder vernos, igual que en las paredes y el armario. Sobre la cama estaba la ventana y ya empezaba a oscurecer.
Me excitación era enorme, de dimensiones imposible, jamás había sentido una erección tan fuerte. Me desnudé tan rápido como había hecho ella y me eché en la cama a su lado, acariciando su deliciosa piel, atrapado en su olor de hembra excitada. Sus manos recorrieron mi pecho, mis costillas, mis nalgas, noté sus uñas clavándose suavemente mientras me besaba mordiéndome el labio inferior. Yo acaricie sus duros y perfectos pechos, su vientre plano, deslizándome por el bello púbico, mis dedos abrieron su vulva, caliente y tan húmeda que sentí el flujo deslizarse entre mis dedos. Ella me tumbó sobre la cama, subió sobre mí a horcajadas, agarro mi pene con una mano y se lo introdujo en la vagina, empujo hacia abajo y se clavó completamente en mí exhalando un suspiro de placer. En ese momento pensé en una goma... “Llevo D.I.U”, dijo como si leyera mis pensamientos. Extendió sus manos sobre mi pecho, apenas cubierto por un bello ralo y disperso y noté sus uñas otra vez, tirando de mis pezones... el placer era exquisito. Sus pechos ni grandes ni pequeños, se balanceaban con naturalidad, yo los acaricié ahuecándolos en mis manos para poder sentir la dureza de los pezones. Estiré las manos de tal forma que los pechos de ella pasaran rozando con la punta del pezón las palmas y los dedos. Ella cerró los ojos, abrió la boca y gimió de incontenible placer, a la vez que yo notaba como la humedad de su sexo bajaba por mis testículos hasta la cama, y los olores sexuales llenaban el ambiente, mientras ella llegaba al clímax, su vagina contraía y expandía apretando y soltando mi miembro viril, comunicándome un placer tan grande que no pude contenerme y me derrame en ella...Estábamos desnudos y abrazados, ella a mi lado, con sus pechos sobre el mío, y una pierna cruzada sobre mi vientre. Pude ver como de su vulva brotaba empujada por el flujo un reguero de mi semen, el mismo que un momento antes había depositado en su interior. Una erección volvía a llamar mi atención. Ella miro divertida mi pene erecto, se levantó de la cama y me llevó al yakusi. Yo la seguí, no podía hacer otra cosa, mi diosa de los bosques me tenia atrapado en su hechizo de amor y deseo.
Dentro de la enorme bañera nos abrazamos y besamos, nos acariciamos con las manos, nos poníamos de rodillas o sentados en los bordes para lamernos mutuamente, cada vez más y más excitados, notando las burbujas de agua frotar todo nuestro cuerpo, estimulando nuestro placer. La coloqué en posición de perrito, de rodillas de espaldas a mí apoyada al borde del yakusi, y dándole suaves azotes con las manos en las nalgas primero y luego usando el pene como una porra, hasta que me suplicó que la penetrara, que me necesitaba, que lo deseaba. Agarré mi verga y la deslice acariciando con el glande su ano, su vagina, su clítoris, los labios menores, para terminar penetrándola con fuerza, sujetándola de la cintura. Ella movía sus caderas hacia mí, golpeando sus nalgas contra mi abdomen, sintiendo el agua burbujeante rozar la parte inferior del pene, los testículos y a ella el clítoris. El agua también participaba en el acto con su ruido de golpeteo, como olas contra una barca, atrapada entre los dos cuerpos. Separé las nalgas con las manos, su ano pequeño y rosado me intereso de manera especial. Me unté un dedo de saliva y lo introduje por el pequeño orificio, ella gimió arqueando la espalda de placer, al notar que disfrutaba introduje otro dedo “siiiiiií” dijo en un murmullo. Notaba el pene al entrar y salir de ella a través de la pared que separa recto y vagina, al tiempo que iba haciendo pequeños círculos abriendo cada vez más su orificio posterior, quería penetrarla por ahí... Salí de su calentísima vagina y coloqué la cabeza de mi sexo sobre el ano abierto por mis dedos, ella a su vez llevó una mano a su vulva y empezó a acariciarse, dándose placer. “Vamos, adelante...” me dijo casi en una voz de suplica, así que entre en su ano, estrecho y caliente, sentí algo de resistencia pero al moverme un poco y gracias a la lubricación de la vagina que impregnaba el miembro no me costaba deslizarme dentro de ella, al tiempo que notaba a veces como sus dedos acariciaban mis testículos mientras masajeaba su propio sexo. El orgasmo fue inmenso, me derramé completamente dentro de ella, echándome encima, abrazándola con fuerza. Con verdadera pasión.

Suave y despacio, así se debe besar, acariciar, hacer el sexo, sin límites, sin censuras, sin tabúes. Así conocí a mi diosa de los bosques. Mi amor.

Un saludo





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