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Relato de ciencia ficción
El sol brilla con fuerza en el cielo de un tono verde enfermizo debido
a la contaminación y la destrucción de la capa de ozono,
mientras desciende a su descanso nocturno. Nubes con forma de tiras
de seda se mueven con lentitud en dirección este, sobre una tierra
árida cubierta aquí y allá con hierba seca ya entrado
el verano. El chirrido de los insectos se mezcla con el trino de pájaros
y algún graznido de cuervo, o algo semejante.
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Scrak, levantó una mano y haciendo sobra a sus ojos miró hacia el horizonte; a lo lejos distinguió los restos de una ciudad.
Vestido con unos pantalones blancos de un material muy ligero, un chaleco de cuero duro de color claro, colgando de la cadera izquierda una espada envainada, sobre sus espaldas una enorme mochila de la cual sobresalía lo que parecía ser un arco y para terminar un sombrero de ala ancha para protegerse del duro sol, cualquiera que le viera reconocería lo que era, un buscador. Las facciones de su cara son duras, firmes, ojos verdes de color intenso y una permanente mueca inexpresiva en sus labios.
Con determinación siguió su camino, pronto llegaría al final de un largo viaje.
Sentado delante de un pequeño fuego calentaba unas tiras de carne seca, el cielo mostraba un color azul-verdoso difuminando la luz de las estrellas. Algo lanzó un largo graznido. Scrak miró en derredor, no vio nada, el sonido le recordó el ruido que había oído por la tarde, semejante a un cuervo, pero sutilmente diferente. Desenvainó la espada y se levantó al mismo tiempo, alerta, esperando sin saber exactamente qué.
Un movimiento en la oscuridad, un graznido corto y suave, más movimiento, acercándose. Se giró al tiempo que soltó un golpe horizontal a la altura de su cuello. Un enorme pajarraco sin plumas tan grande como un avestruz y con un pico repleto de afilados dientes, murió decapitado al instante. El cuerpo siguió corriendo con un surtidor de sangre en el cuello seccionado, atravesó la hoguera y cayó inerte. Otro animal se le abalanzó, la cabeza del bicho salió disparada hacia su cuello, agachándose con rapidez le golpeó las patas con el filo de la espada, la bestia se derrumbó sin más y comenzó a graznar lastimeramente. Oyó un ruido a su espalda, se dio la vuelta y vio a otra de las criaturas que huía como alma que lleva el diablo.
Con tranquilidad se acercó a la bestia herida y le rebanó el cuello. Agachándose a su lado extrajo un cuchillo escondido en la pernera del pantalón y comenzó a descuartizarla con suma habilidad. Un rato después comía una deliciosa y fresca pata de ave.
La situación le recordaron otros tiempos, hace años, cuando sólo era un muchacho.
—Scrak, ese lagarto que hemos matado nos hubiera matado a nosotros, es ley de vida, comer o ser comidos. Ahora te enseñaré como se prepara un buen guiso de lagarto —decía su padre, acuclillado al lado de un lagarto de más de dos metros de oscuro color rojo. Era un día de la época de lluvia, húmeda y calurosa; su madre estaba junto a la tienda preparando un fuego, mientras su padre le enseñaba como luchar contra los lagartos gigantes.
—Padre, ¿por qué no vivimos en una ciudad como los demás?
—Somos buscadores, ya lo sabes.
—¿Pero que buscamos?
—Un lugar de tierras verdes, donde no haya que matar para vivir, un lugar que nuestros antepasados llamaban Edén. Allí no hay muerte, ni pena. Te lo he dicho muchas veces.
—No existe ese lugar —dijo en tono resentido.
—Quizá, pero somos buscadores, ésa es nuestra misión en la vida. Cada uno es lo que es y no podemos evitarlo, ni cambiarlo.
Recogió los restos de las bestias separando lo útil de los desperdicios. Algo de carne, huesos para hacer flechas, tendones para cuerda de arco o tejer una soga; piel para fabricar algún utensilio: ya una bolsa, ya reparar su tienda. Los restos de carne los llevó a cincuenta metros de distancia, así si un carnívoro deseaba algo podía servirse a su gusto sin molestarle durante la noche. Agregó más hierba seca al fuego y se introdujo en la tienda a dormir.
Corría por un valle rocoso, dos gijas gigantes le perseguían, una especie de lobos del tamaño de un oso y con el lomo cubierto con piel semejante a un lagarto de roca. Sabía que no podía aguantar mucho más. Tan sólo llevaba su cuchillo de caza, algo insignificante contra la piel de los gijas; subió por la ladera de la montaña pasando entre las afiladas rocas, pero las gijas no se lo pensaron ni un segundo, hambrientos, babeantes, persiguiendo el olor de la sangre. Cayó, una gija se abalanzó sobre él, sus garras le atravesaron el pecho, el dolor...
Despertó sobresaltado, la luz del sol atravesaba la tienda de piel, cosida con trozos de diversos animales.
—Mierda —fue más que una palabra un mero gruñido inhumano. Salió de la tienda, algunos carroñeros tanto voladores como terrestres luchaban por la carne de la noche pasada. Encendió una hoguera y calentó un poco de carne, bebió un poco de agua y oteó a su alrededor. La mañana era tranquila, a lo lejos creyó ver la figura de dos pajarracos mirando en su dirección, pero no lo podía asegurar.
Recogió las cosas y emprendió el camino hacia la ciudad del horizonte, su destino.
Se acercaba el medio día, la ciudad ya estaba a una corta distancia, se podía distinguir con claridad los derruidos edificios hace tanto tiempo que la memoria de los hombres lo habían olvidado. Scrak miró hacia el sol, se quitó la mochila y en un momento preparó la tienda. Entre las doce y las cuatro de la tarde, el sol podía quemar la piel de un saurio de fuego. A la sombra de la tienda observo con calma la evolución de los extraños pájaros. Ahora una banda de cinco le observaban desde una distancia prudencial. Sacó su arco de hueso de la flácida mochila debido al enorme espacio dejado al extraer la tienda y preparo un puñado de flechas. Las bestias se peleaban entre sí al tiempo que iban acercándose lentamente hacia la tienda.
Levantó el arco, una flecha preparada, la cuerda tensada hasta el máximo. Una de las criaturas se acercaba rápidamente. La flecha salió con un fuerte chasquido, el animal gritó y cayó muerto, los otros pájaros retrocedieron rápidamente. Colocó la mochila de pie en la salida de la tienda, pegó el arco al saco y decidió echarse un rato; los pájaros graznaban lúgubremente.
Habían llegado cerca de una cisterna. Otras personas estaban allí reunidas, charlando, jugando, llenando sus cantimploras y pellejos. Alrededor de la cisterna crecían unos cuantos pinos de las arenas y algunas palmeras. Scrak reposaba bajo la sombra de una de éstas cuando se oyó un rugido. Tenía ya quince años y podía valerse por si mismo, cogió su nueva espada y se unió a los adultos. Ese rugido, sin lugar a dudas, se trataba de un Boz, una bestia de cuatro metros de alto con apariencia de felino. Scrak recordó cuando un gija casi le mata, suerte que aquel hombre le voló la cabeza con el arma de los antiguos, "refle" o algo parecido, las heridas físicas tardaron más de dos meses en curar, pero las metales aún le duraban.
La cisterna estaba resguarda por una colina, desde allí salto el Boz. Su padre fue el primero en morir, el boz le arrancó la cabeza, las flechas de hueso cayeron sobre el animal, pero tan sólo le enfurecieron aún más, una mujer intento clavarle una lanza, pero el monstruo la apartó a un lado de un zarpazo rajando el torso y el vientre, desparramando las tripas del la mujer por los suelos. Alguien gritó: "todos a una". Hombres y mujeres cayeron sobre el boz; Scrak decidió subir a la colina. Un hombre ya anciano se metió debajo de la bestia, ésta al darse cuenta se tumbó sobre el desgraciado. Scrak saltó sobre el boz desde la colina y su espada atravesó su poderoso cuello, el animal herido de muerte rugió con enorme furia y descargó golpes a diestro y siniestro. Scrack vio como una garra de la bestia lanzaba a su madre por encima de los pinos. No sintió pena, quizá un leve acceso de ira, pero nada más, al tiempo que la bestia se desplomaba completamente muerta.
Abrió los ojos lentamente, aún la mente fresca con el recuerdo de la muerte de sus padres. Le habían enseñado bien, el era un buscador, no debía de sentir lastima por la muerte de nadie, no importaba nadie ni nada. Eso se lo enseñó su madre desde muy joven, también sus padres perdieron a sus padres muy jóvenes, más aún que él. Sí, le habían enseñado muy, pero que muy bien.
Observó los movimientos de los pájaros carnívoros. Tan sólo se habían atrevido a acercarse a su compañero muerto. Dos de ellos peleaban por un buen trozo de carne. Disimuladamente cogió el arco, una de las bestias lo vio y con un fuerte graznido huyó despavorida. Las luchadoras la siguieron, la última estaba con la cabeza enterrada en las entrañas de la compañera muerta. No supo de dónde le venía la muerte, cayó con la cabeza enterrada en su festín.
El sol ya comenzaba su descenso nocturno, cogió su cuchillo de caza y despedazó a la criatura recién cazada.
La ciudad estaba tan sólo a media hora de camino, no era excesivamente grande, quizás de unos 15.000 habitantes. Edificios derruidos, calles llenas de polvo y arena traídas por el viento; una típica ciudad abandonada. A su memoria volvió el recuerdo del anciano: "Tenía veinte años, caminaba por un camino en dirección norte por una tierra seca y cuarteada una vez evaporada el agua de la temporada de lluvias. Grupos de matorrales arracimados aquí y allá ocultaban el paisaje completo. Iba atento a las señales en el camino, al olor de el aire, al movimiento entre la maleza, al sonido del campo... cuando oyó un grito cercano. Alguien a su derecha, una voz desgastada, vieja, pero humana. Desenvainó su espada y descolgó su mochila dirigiéndose hacia el lugar de donde procedía la voz. Otro individuo rió, una risa lunática, demencial. Soltó su mochila y se acercó agachado para así poder ver la escena sin ser descubierto.
Tres individuos, una mujer y dos hombres rodeaban a un anciano. Uno de ellos encima del pobre desgraciado le amenazaba con un cuchillo.
—Vas a morir abuelo, así que no intentes engañarnos. ¿Dónde está esa ciudad que dijiste en el poblado? —el tipo era desagradable, alto, fuerte, con unas feas cicatrices en la cara.
—Será mejor que hables, viejo —apostilló la mujer, una criatura de agradable belleza y cuerpo esbelto, vestida con una indumentaria claramente provocadora, seductora y fatal. Scrak pensó que se trataba de una puta con mal gusto—. ¡Cuidado Hark, a tu espalda!
El tal Hark fue demasiado lento, la espada de Scrak le amputó la cabeza, su cuerpo cayó como un saco de patatas, la cabeza rodó regando con un chorro de sangre el recorrido que siguió girando como un balón desinflado y pesado.
El hombre de pie al lado del viejo sacó su espada y se lanzó con un grito de rabia contra Scrak. Era enorme, media más de dos metros y abultaba el doble que Scrak, pero de nada le sirvió. Con un rápido desplazamiento a la derecha el tipo pasó de largo, cuando se dio cuenta del engaño de Scrak era demasiado tarde, el golpe de Scrak en media vuelta le abrió una herida de lado a lado del vientre; murió intentando sujetarse las entrañas dentro de su tripa.
—¡Hijoputa! —dijo la mujer al tiempo que se abalanzaba con un cuchillo en cada mano. Scrak esperó hasta el último momento a tenerla a la distancia apropiada y lanzó una patada al estómago de la mujer, según se doblaba y retrocedía por el impacto, Scrak dio un veloz paso largo hacia delante y le golpeo en la cara con el puño izquierdo, cayó con un murmullo de dolor.
—¿Por qué... no... la matas? —preguntó el viejo con voz cansada. Heridas de cuchillo del tal Hark le recorrían el pecho.
—Se puede disfrutar de una mujer de otras formas, además, me darán un buen precio por ella en el mercado de esclavos.
—¿No te repugna... violarla...?
—¿Le repugnaba a ella matarme? Es una cuestión práctica, nada más —se acercó al anciano y con cuidado revisó sus heridas —. Has perdido mucha sangre, no creo que vivas mucho.
—¿Eres un buscador, verdad?
—Sí.
—Gracias por ayudarme..., aunque no se pueda... salvar mi... vida, creo... que te puedo ayudar. Coge... un mapa de mi mochila..., la tenía la mujer —así lo hizo—. Es un mapa dentro de... una ciudad, la... puerta a la eternidad... ¿sabes leer?
—No.
—Ves el dibujo... del árbol, en una... ciudad llamada Never End,... hacia el noreste, encuentra... el árbol y sigue el mapa.
El mapa mostraba un árbol con una calavera dibujada en él, luego una línea recorría unos bloques que podían ser edificios, había luego un dibujo de armas y seguía hasta un círculo. Desde el círculo había una línea muy sinuosa hasta una puerta; multitud de garabatos en inglés explicaban cosas que Scrak no sabía leer.
—¿Qué significan las armas y el círculo? —dijo con el entrecejo arrugado.
—Las armas... es una tienda de... los antiguos. El círculo... es una puerta a un subterráneo. ...Necesitaras las armas de los antiguos..., en esa ciudad... hay guardianes... son... ¡arght! —el hombre murió llevándose una mano al corazón, posiblemente un paro cardíaco, lo cual quería decir que daba igual si le habían o no herido, iba a morir pronto. Scrak con el mapa en la mano fue a recoger su mochila, lo guardó cuidadosamente y sacando una cuerda se acercó a la mujer inconsciente. La dio la vuelta y la ató las manos, la volvió a poner de cara y la desnudó. Su cuerpo era tan bonito como esperaba, le acarició sus pechos, bajo hasta su sus piernas para volver a subir y acariciarle el pubis. Antes de violarla la despertó dándole cachetes en las mejillas. Ella abrió los ojos.
—Podemos hacerlo de dos formas: a la fuerza o colaborando. Si colaboras te desataré y luego te dejaré libre, sino después de forzarte te venderé como esclava. Tú eliges.
—Colaboraré, tú no eres el primero ni serás el último, ya he estado con muchos, voluntariamente o a la fuerza. ¿Qué más da uno más? Sobre todo si es uno tan guapo como tú —le dedicó una enigmática sonrisa, ¿era burla o sinceridad?
La desató he hicieron el amor lentamente, ella no sólo se dejó llevar, además actuó con una gran maestría, tal como había dicho, había estado con muchos antes.
Scrak reflexionaba sobre este incidente según se acercaba a la ciudad. Si no hubiera aceptado la hubiera violado, no era cruel, simplemente práctico, otros la hubieran matado después, o incluso por haber intentado matarle la nena habría sido castigada con dureza, con brutalidad incluso. Había sido justo, sexo a cambio de su vida, teniendo en cuenta que por derecho tenía que haberla matado sin más.
El mapa era otra cosa que le intrigaba, si era la locura de un viejo daba igual, el era y es un buscador, y como buscador su deber es seguir siempre la pista del Jardín del Eden, donde no hay más dolor, ni pena, ni muerte, no perdía nada por intentarlo. Además, la ciudad de Never End existía, lo cual daba credibilidad a la historia del viejo, aunque no mucha, demasiadas leyendas en un mundo lleno de dolor y sufrimiento. La gente siempre quiere creer en algo.
Volvió la cabeza a derecha e izquierda, los extraños pájaros aún le seguían, a una distancia prudencial, eso sí. Esto le hizo recordar viejos tiempos, ¿cuántas clases de animales había comido? De todo, incluso una vez carne humana, era el otro o él. Una lección que aprendió deprisa y bien cuando todavía vivían sus padres y más tarde con su mujer, Yil, la dulce Yil.
Tenía dieciocho años. Un numeroso grupo de buscadores estaban reunidos alrededor de una cisterna, un depósito utilizado para recoger el agua de lluvia, era la temporada de lluvias. Tres meses al año de lluvia intensa, para luego comenzar una sequía de nueve meses. La temporada de lluvia era la época en que los buscadores podían tomar esposa o esposo según el caso. Al caer la noche se encendía una gran hoguera, entonces las pretendientes con dos piezas de tela cubriendo pechos y partes pudendas danzaban al son de la música. Los pretendientes a su vez, también casi desnudos, cubiertos tan sólo con un taparrabos, se reunían alrededor del fuego observando a las mujeres bailar. Ellos buscaban en ellas dos cosas primordiales, pechos grandes y caderas anchas, lo primero aseguraba comida para los hijos, lo segundo un parto fácil, si además su cuerpo y cara eran agraciados mejor que mejor. Ellas en su caso, buscaban hombres fuertes y hábiles en la lucha. Scrak tenía buena fama, sobre todo por la muerte del boz cuando sólo tenía quince años. Una morena, de ojos castaños le sonrió, caderas anchas, pechos grandes, piernas bonitas, fina cintura. Fue un flechazo de amor, se levantó y sujetándola por la cintura bailó con ella al ritmo de la música.
—¿Cómo te llamas?
—Yil, tú eres Scrak, el mata Bozs.
—Sólo he matado uno.
—¿Esas heridas en el pecho de que son? —ella se refería a unos profundos cortes desde los hombros hasta el principio del vientre.
—Un gija me atacó, me salvó un hombre con un arma de los antiguos. Oí como un trueno y los sesos del gija saltaron por el otro lado de la cabeza donde le había dado el arma. Tú también tienes cicatrices, ¿has peleado mucho?.
—Maté a mi primer enemigo cuando tenía ocho años.
—Creo, que eres la mujer perfecta.
—Entonces vámonos —se retiraron de la fiesta agarrados de la mano. La familia de Yil les hizo un saludo con la mano alzada, contentos de tener tan buen partido para su hija.
En la tienda de Scrak pasaron una noche de ardor y pasión hasta el amanecer.
Yil murió dos años más tarde cuando una serpiente Trampera le mordió saliendo de debajo de un banco de arena, el mordisco la alcanzó en el cuello, estaba embarazada de seis meses. Scrak la dejó encima de unas pieles completamente desnuda como comida para las bestias, tal como decía la tradición de su pueblo “los muertos son el alimento de los vivos, que un día servirán de comida para nuestro pueblo”. No lloró, sólo sintió un profundo pesar e intentó guardar los buenos recuerdos que tenía de ella.
Cayó la noche cuando entró en la ciudad. Sorprendido vio que las luces de la calle se encendían en el centro de la población, dudó si acercarse hasta allí o esperar a la entrada. Optó por quedarse a pasar la noche en las afueras de la ciudad dentro de uno de los semiderruidos edificios.
Dejó su pesada mochila en un rincón y preparó una pequeña hoguera, en un momento la carne de pájaro-monstruo comenzaba a desprender un agradable olor. Unos ojos le miraron desde la oscuridad, ojos rojos ansiosos, hambrientos, contó más de quince pares. Apartó un buen trozo con el cuchillo y lo lanzo a las sombras, los ojos se movieron con rapidez hacia la carne acompañado del chillido inconfundible de ratas.
Caer, dejarse llevar a la oscuridad sin fin, voces apagadas, confusas. Chocó contra el duro suelo, todo alrededor estaba cubierto por una espesa bruma, a pocos metros recortadas en la tenue luz árboles esqueléticos. Se levantó con dificultad. Algo brilló a sus pies, miró hacia abajo y vio una espada, la recogió y sin saber a dónde ir, desorientado por la bruma y la oscuridad decidió acercarse a los árboles. Estos estaban cubiertos por un musgo verde y azul y algunos hongos; la humedad resbalaba en formas de gotas por la suave corteza debido al moho; una luz se abrió en la oscuridad formando una puerta al lado del árbol junto al que estaba. Retrocedió dos pasos, tenso, alerta; una risa histérica surgió de la luz, una forma fantasmal salió de la abertura de luz, un ser de más de tres metros de alto dibujado en tono azul mortecino, con rasgados ojos y largas uñas rojas. Caras de pesadilla siguieron a la figura espectral, dando vueltas en un torbellino errático. "Vete, olvida, no sigas, o morirás", decía una voz en su cabeza en una interminable letanía. Con un grito de rabia embistió con su espada a la figura espectral, el frío heló la espada y subió por su brazo, sitió la angustia del dolor e intentó gritar.
Abrió los ojos y sintió el viento frío que entraba por un hueco de la pared, el sudor en su frente y un leve temblor, tan sólo una pesadilla muy vivida. La hoguera hacia tiempo que se había extinguido, cogió restos de tela y muebles que había por allí tirados, acumulando una pila de buen tamaño, utilizando la yesca y el pedernal prendió todo con facilidad.
La noche no estaba tranquila, ruidos lejanos, el silbido suave del viento, un extraño grito de dolor, pasos rápidos, voces apagadas. Decidió que era más prudente quedarse despierto y alerta.
Dos figuras de forma humanoide entraron en el local, posiblemente una antigua tienda de ropa para caballero. Uno de los personajes era alto, más de metro noventa; a la luz del fuego sus rasgos parecían extraordinariamente amenazadores, pelo rojizo plantado a mechones, unos ojos grandes con una pupila alargada en horizontal, nariz protuberante y una boca de labios finos entre los cuales surgían dos afilados colmillos, de cuerpo musculoso cubierto con jirones de ropa, su aspecto le daba un aire extraordinariamente peligroso. El otro, era bajo, grotesco, su barriga destacaba sobre su persona, el pelo era una maraña hirsuta lleno de porquería apelmazada y retorcida, su cara semejaba a un cerdo con unos ojos verdes sin pupila. Los dos llevaban en las manos unas grandes hachas de doble filo.
—Humano —escupió el más grande—. Éste es nuestro territorio.
—Ssssí, esss nuesssstro, vassss a morir —dijo el enano con una voz siseante apenas murmurada.
—Dejadme en paz, sino queréis arrepentiros mutantes de mierda —replicó Scrak en tono de despreció.
El más grande se lanzó con el hacha en alto, un grito de furia y mirada colérica, cargado de odio e ira. "Perfecto", pensó Scrak. El monstruo golpeó con fuerza hacia abajo, la hoja rebotó contra el suelo de piedra. Scrak evitó el golpe ladeando el cuerpo y alcanzando el cuello de su enemigo con su mano izquierda, aprovechando así el movimiento del otro al inclinarse para dar el golpe, el cuchillo entró con facilidad atravesando el paladar y alcanzando el cerebro, un chorro de sangre baño su mano. El mutante enano y gordinflón se colocó al lado de la hoguera, en posición de guardia.
—No ssssoy tan esssstúpido como él, humano.
Scrak se incorporó al tiempo que desenvainaba la espada dejando caer el cuerpo del monstruo aún con el puñal clavado en su cuello. El enano lanzó un golpe bajo que Scrak evitó con un salto hacía atrás, hizo el gesto de atacar al cuello del adversario para rápidamente cambiarlo por una estocada al vientre, el enano paró hábilmente con el hacha, tomó la iniciativa y lanzó un golpe horizontal hacía el cuello de Scrak, la hoja del hacha sólo le arañó el brazo.
—¡Lo vas a pagar!
—Demuesssstralo —el monstruito atacó con un golpe de abajo a arriba. Scrak sintió el aire movido por la hoja en su cara, le pasó rozando la nariz. El enano continuó su ataque con un golpe barrido a la altura de las rodillas de Scrak. Sujetando la espada con las dos manos bloqueó el golpe y aprovechando el bloqueo del arma del enano, con un giro de cintura lanzó una patada lateral a la cara del mutante; el golpe le hizo retroceder desorientado, Scrak se abalanzó con un golpe de arriba a abajo a dos manos, la espada partió la cabeza del enano en dos, el ruido fue semejante al de un melón reventado contra el suelo, sangre y masa encefálica saltó en un asqueroso puding.
Scrak inspeccionó la nueva herida en su brazo, el corte no era muy profundo, la sangre fluía con profusión y eso siempre da la sensación de que una herida es más grande de lo que es en realidad. Arrancó una tira del pantalón del enano mutante y con una sola mano y la ayuda de los dientes pudo apañarse un vendaje. Otras veces había estado más cerca de la muerte, un corte de nada no le preocupaba en absoluto. La hemorragia comenzó a remitir en un par de minutos.
La mañana comenzó tranquila, el calor agobiante, como siempre, el ruido de insectos y pájaros y una leve brisa.
Las calles como en muchas otras ciudades abandonadas estaban sucias, llenas de basura, restos de vehículos de los antiguos completamente desguazados o quemados, malas hiervas creciendo aquí y allá, algún gato persiguiendo un ratón, criaturas mutadas escondidas en los edificios sólo percibidas por el ruido de sus movimientos o sus ojos brillantes en la oscuridad.
Según se acercaba al centro de la población comenzó a ver un cambio sustancial; en algunos lugares se veían los restos de barricadas, como si alguien hubiera mantenido una lucha reciente, en una de estas barricadas, aún había sangre reciente y un par de armas rotas apenas cubiertas por el polvo.
Los mutantes estaban en todas partes, seres horribles, mezcla de humanos y animales, formados a lo largo de los años por todo tipo de contaminación. Muchos de ellos con el cerebro tan podrido que son incapaces de ordenar dos palabras seguidas. Pero los de la noche pasada eran más listos de lo normal, capaces de hablar y de hacer comprender sus ideas. Habían hablado de un territorio, ¿había un territorio de humanos en esa ciudad?, si así era debía investigar.
Lo extraño del asunto, era que en otras ciudades donde habitan humanos siempre hay un guardia en los accesos a la misma y la zona suele estar limpia de toda clase de porquería, además, los humanos necesitan agua potable, tierra fértil para cultivar sus alimentos y dar de comer a los animales de granja. Si había humanos, la única explicación posible era que tenían un suministro de agua y comida muy grande o el número de humanos era muy reducido.
El sol estaba ya alto en el cielo. Decidió buscar un lugar donde poder descansar. Mientras reflexionaría sobre el asunto de los humanos y los mutantes. "Ayer por la noche vi luz en el centro de la ciudad, eso quiere decir que hay energía eléctrica, quizás los humanos están allí. Las barricadas significa que se ha luchado recientemente y los mutantes no suelen recurrir a eso, su estilo de lucha no conoce de barreras ni trincheras. Sí, no puede ser de otra forma. Debe de haber humanos en el centro", pensó para sí.
Instalado en un segundo piso de un edificio más o menos en condiciones oyó una voz que gritaba desde la calle.
—¡Humano, sabemos que estás hay! —se acercó a la ventana con el arco cargado con una flecha y la cuerda tensa para poder ver al que le llamaba. Eran tres tipos cubiertos de pies a cabezas con pesadas túnicas de cuero claro. La piel de manos y cara revelaban una textura de reptil. Mutantes.
—¿Qué quieres mutante?
—Tú has matado a Johs y Ekot, has quebrado la tregua.
—No sé de que hablas, yo soy un Buscador, vengo del oeste. Esos dos me atacaron, sólo me defendí —el mutante portavoz se dirigió a sus dos compañeros. Intercambiaron unas palabras, uno de ellos no estaba de acuerdo y levanto la voz, aunque no pasó de un murmullo alto.
—Humano, si eres un Buscador muéstranoslo y te llevaremos con los tuyos, los otros humanos. No te haremos daño.
—Está bien —destensó cuidadosamente el arco y lo dejo a un lado de la ventana. Se quitó el chaleco de cuero y mostró su pecho desnudo con un pentagrama dibujado en el pecho izquierdo a la altura del corazón. La estrella de cinco punta dentro del círculo, el símbolo incuestionable de un buscador. Cualquiera que lo llevase sin ser uno de ellos debía morir, es la ley.
—De acuerdo, baja y te acompañaremos.
—No hasta que el sol empiece a bajar, ahora me deshidrataría.
—Entonces esperaremos, pero no intentes huir, buscador o no, morirías, y no por el sol.
Tal como prometieron los mutantes le escoltaron por la ciudad hacía el centro, allí donde estaban los humanos. Otros mutantes se asomaban para ver al Buscador, la voz corrió como la pólvora entre los mutantes. Un buscador es un grupo dentro de los humanos que se destaca por su capacidad para la lucha y su impasibilidad ante el dolor y la muerte, su deber consiste en buscar durante toda su vida un lugar llamado el Edén, donde la muerte, el sufrimiento, el dolor y la pena no serán ya más. Tanto los mutantes con dos dedos de frente como los humanos respetan a los Buscadores. Entre los privilegios de un Buscador se encuentran el paso libre por una ciudad, comida, bebida y alojamiento gratis.
—He visto barricadas, ¿contra quién lucháis?.
—Contra las tribus rivales y contra los tuyos.
—¿Por qué?
—Comida, agua, no hay para todos. Por ese motivo luchamos contra las otras tribus. Contra los humanos es por otro motivo, ellos tienen reservas de comida y agua ilimitadas, lo sabemos y no podemos quitárselo, pero sí podemos evitar que abandonen la ciudad.
—Si yo quisiera abandonarla no tendría problemas, ¿no?.
—Nadie tocaría un pelo a un Buscador, salvo si está loco. De todas formas no dejaremos que ninguno de los tuyos salga de aquí, vaya solo o acompañado por ti.
Caía la noche cuando llegaron a una barricada, un numeroso grupo de mutantes vigilaba una zona de edificios también rodeada de barricadas.
—Ve. Verán que eres humano y te dejarán pasar, les hemos avisado de que ibas.
Hizo tal como le decían, ni siquiera miró hacía atrás, no pensó que le fueran a lanzar una flecha y no lo hicieron. Detrás de las barricadas había humanos que le miraban expectantes, con arcos tensos y lanzas listas para agujerearle si hacia cualquier movimiento sospechoso. Al verle de cerca y comprobar que era un humano depusieron las armas. Al pasar la barricada una muchedumbre le rodeó, hombres, mujeres y niños. Un hombre gordo, casi calvo y de edad avanzada se acercó.
—Bienvenido, ¿de verdad eres un Buscador?
—Sí, lo soy.
—Vamos, entremos dentro, hay muchas cosas de las que hablar.
Scrak y el jefe Tomder miraban hacía el centro de la ciudad, mucho más limpio y con las calles iluminadas por luz eléctrica.
—Entonces allí hay hombres de hierro.
—Sí, lo que los antiguos llamaban robots. Hemos intentado entrar allí pero son muy fuertes y nuestras armas no les hacen nada.
—En el mapa hay dibujado un lugar donde tienen armas de los antiguos, con esas armas podríamos destruir a los hombres de hierro y a los mutantes.
—¿Estás seguro? —dijo, denotando incredulidad en su pregunta.
—He visto un "refle", suena como un trueno y lo que alcanza lo destroza. El hombre que me lo enseño me salvó de un enemigo muy poderoso y me enseñó como funcionaba, si allí hay armas de fuego podré utilizarlas.
—Eso estaría muy bien. Volvamos adentro.
Tal como suponía, los humanos tenían comida en conserva y congelada de los antiguos, tres sótanos repletos de comida, ropa y un pozo de agua potable. Los generadores eléctricos alimentados gracias a placas solares aseguraban un suministro eléctrico infinito. Además, tenían herramientas y repuesto para reparar las instalaciones y bombillas de recambio para todas las luces de la ciudad. La comunidad constaba de unas quinientas personas, más de trescientos adultos.
Por la mañana Scrak salió de nuevo a observar la zona central de la ciudad, esta vez subiendo hasta el último piso del edificio. Un trabajo arduo, ya que muchos tramos de las escaleras estaban rotos y otros a punto de caer. Necesito más de dos horas para llegar al piso veinticinco, el más alto de toda la ciudad. Desde su atalaya, a modo de nido de halcón, obseró la ciudad a sus pies.
En las calles del centro vio reflejos de luz, al centrar la vista pudo distinguir a los hombres de hierro recorrerla limpiando basura y echando a los animales de los edificios. Esto era una tarea estúpida, ya que al instante los animales volvían a meterse en sus hogares.
—¿Esos son los hombres de hierro? —preguntó a Jink, un chico que se había ofrecido voluntario a ayudar al Buscador.
—Sí, son muy fuertes y rápidos, pero un poco torpes. No nos dejan entrar en la ciudad.
—¿Sabéis si hay más humanos allí dentro?.
—Nunca hemos visto a nadie.
—Vale, volvamos abajo. Ahora tenemos que hacer otra cosa.
Una vez abajo, Scrak le explicó a Jink que tenía que buscar un árbol con una calavera, inmediatamente el chico le llevó al lugar. Un parque sucio, con la tierra muerta y cuatro árboles resecados aún de pie en su muerte.
—Aquí es, ese árbol - dijo, señalando un enorme eucalipto.
—Veamos el mapa —lo sacó de debajo del chaleco, ya que la mochila la había dejado sobre la cama que le habían cedido para descansar. Tan sólo llevaba su espada, el arco con la aljaba de flechas y por supuesto su cuchillo de caza —. Bien, desde aquí por esa calle. ¿Conoces bien el movimiento de los hombres de hierro?
—Bastante, tú quieres saber cuando descansan, ¿no es eso?. No lo hacen nunca, pero si quieres entrar por esa calle lo mejor será al medio día.
—Sabes que no se debe salir a esas horas.
—Tenemos un líquido que protege del sol, era de los antiguos. Te lo pones en la piel y no te quemas... bueno, si no estás demasiado tiempo al sol.
—¿Es seguro ese líquido?
—Sí, es muy seguro.
—Entonces, creo que voy a ir hasta las armas de los antiguos.
—¿Me dejas ver el mapa? —se lo pasó—. Esto está muy lejos, nunca hemos llegado tan lejos.
—Yo llegaré.
Cuando el sol estaba alto en el cielo se dispuso a ir hacía el interior de la ciudad. Se untó con el protector solar factor trescientos cincuenta y con determinación se dispuso a correr lo más rápido que pudiera bajo un sol implacable y brutal. Un grupo de humanos a la sombra del edificio esperaban su partida.
—Confío que guardéis bien mis armas, si he de correr no las necesito, sólo me retrasarían y agotarían mis fuerzas.
—No te preocupes, yo las cuidaré para ti —dijo el joven Jink.
—Hasta luego.
—Adiós y mucha suerte.
Emprendió la carrera a buen ritmo. Las calles de la zona estaban realmente limpias; nada en la calle, nada en las aceras, incluso ningún vehículo. Cerca de una esquina vio una mancha de sangre, podía ser de un animal o incluso humana, no se detuvo a examinarla. Según le había contado la gente de la ciudad, los hombres de hierro habían matado a muchos y luego retiraban los cadáveres. Llegó hasta una plaza y giró a la izquierda, a doscientos pasos vio la tienda con dibujos de armas en su fachada. Un robot hizo aparición a su derecha, acercándose a gran velocidad. Pudo darse cuenta que se desplazaba sobre una especie de orugas de metal. Aceleró el paso, el robot se le echaba encima, se desplazó bruscamente a un lado y el robot cayó en la trampa siguiendo su trayectoria alejándose varios metros antes de volver a la persecución de su presa. Estaba cerca de la tienda, el hombre de metal se le pegó a la espalda, sólo tenía una posibilidad; se paró. El robot humanoide siguió hacia delante, abalanzándose con sus brazos articulados por delante, saltó hacia un lado y corrió en dirección opuesta antes de ser atrapado por la máquina, esta no se dejó engañar del todo, perdió unos pocos metros y giró rápido para seguirle. Volvió a detenerse en seco y burló otra vez a la máquina de la misma manera, esta vez el robot apenas perdió un par de metros. Tenía que llegar a la tienda, no podía perder más tiempo, se estaba agotando frente a un enemigo incansable; con un enorme esfuerzo corrió hacia la tienda sin volver la cabeza atrás, oyendo el ruido de la maquinara tras él, más y más cerca, entonces se le ocurrió... fue directamente contra un muro de piedra y se dio la vuelta para enfrentarse al robot, este se lanzó contra él justo en el momento que escapaba del abrazo metálico tirándose al suelo y rodando hacia un lado. La máquina chocó brutalmente contra la pared, sus brazos metálicos se desprendieron y el cuerpo del robot retrocedió tambaleándose sin llegar a caer. Aprovechando el momento de debilidad de su perseguidor se levantó y fue hasta la puerta de la tienda, la abrió, entró y cerró tras de sí. El robot se detuvo frente a la puerta.
Jadeando, cansado de correr, al límite del agotamiento, empapado en sudor, se dejó caer. Necesitaba dormir, descansar.
La noche había llegado cuando se despertó. La luz llegaba desde la calle, iluminando la tienda. Se incorporó lentamente, hacía mucho que no corría tanto. La tienda estaba desordenada, seguramente a causa de un antiguo asalto. Cajas tiradas, un montón de polvo antiguo, algunas armas en el suelo. Recogió una de ellas, una pistola, recordó al hombre que le salvó la vida cuando era un niño, le explicó que tipos de armas tenían los antiguos y cómo se manejaban. Abrió el revolver para comprobar que estuviese cargado, lo cerró, apuntó a la pared situada a la derecha de la puerta. Apretó el gatillo, un fogonazo y un trueno, casi soltó el arma debido al susto y el retroceso que le cogió por sorpresa. Se acercó a la pared aún temblando y vio el agujero producido, sonrió satisfecho.
El ruido de cristales rotos y el peculiar sonido de una máquina en movimiento. Se giró rápidamente, el robot había estado esperando desde el mediodía tras la puerta, el disparo había activado algún tipo de alerta que le había obligado a entrar en la tienda, un programa más prioritario que el de evitar destruir nada en la ciudad, atravesó la puerta para atrapar al autor del disparo. Scrak descargó las cinco balas que le quedaban sobre la máquina, el monstruo de metal siguió avanzando como si nada, o casi. Scrak se apartó de su trayectoria y fue a chocarse contra el mostrador, lo partió, lo atravesó y topó con la pared, las orugas se detuvieron y un espeso humo indicó que todo había terminado, la máquina estaba muerta, las balas habían matado al hombre de hierro.
—¡Lo hice, lo conseguí!, con estas armas nada nos podrá detener.
Pasó toda la noche recogiendo y organizando todo tipo de armas y municiones: pistolas, rifles, escopetas, fusiles de asalto. Comprobando su funcionamiento y el buen estado de la munición y luego disparando para probar su eficacia.
Por la mañana los humanos oyeron el sonido como de truenos en rápida sucesión, al igual que la noche pasada, pero está vez el ruido se acercaba hacía ellos, la sorpresa fue indescriptible cuando vieron aparecer al Buscador cargado de extraños artilugios andando tranquilamente hacia ellos.
Durante dos días los humanos dedicaron su tiempo a recoger las armas de la tienda y practicar con ellas. El jefe Tomder estaba muy contento con el regalo del Buscador, ya habían organizado una patrulla encargada de destruir a los hombres de hierro. Y otra de barrer a los mutantes que les cortaban el paso para poder salir de la ciudad. No les darían ninguna opción con esas nuevas armas.
—Bien Buscador Scrak, ¿qué quieres que hagamos por ti?
—Buscad la Puerta a la Eternidad, necesitaré a cuatro hombres, armados con "refles automáticos".
—Hecho.
—Mañana, a primera hora saldremos.
El grupo llegó hasta el lugar donde en el mapa estaba dibujada un círculo, pero al no ver nada siguieron hacia delante. Tomando ese camino pronto se dieron cuenta que las calles no coincidían con el mapa y regresaron hasta el lugar del círculo. Scrak se dio un manotazo en la frente llamándose tonto, recordó las palabras del anciano que le dijo que tenían que buscar un paso subterráneo, al dibujar un círculo eso significaba con toda seguridad una boca de alcantarilla. Buscando una, uno de los hombres la vio enseguida. La abrieron y bajaron por ella. Por suerte había luz a tramos de varios metros, el agua que corría por el canal estaba sucia y olía horriblemente mal, al cabo de un tiempo ya no lo notaron, el olor se hizo algo común. Siguieron el camino según el mapa hasta llegar a una bóveda donde confluían varias galerías. El puente que permitía el paso al otro lado estaba derrumbado.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó uno de los hombres.
—Tendremos que cruzar a nado, o buscar otro puente —no hubo dudas al respecto, tomaron otro camino hacia la izquierda. Según avanzaban vieron como el agua burbujeaba de forma extraña, algo se movió. Scrak mandó detenerse y esperar. Una enorme cabeza de reptil surgió del agua. Los fusiles llenaron la galería de ruido y humo, disparos y más disparos, pero no evitaron que la bestia consiguiera llevarse a uno de los hombres entre sus fauces al fondo del canal. Todos salieron corriendo antes de que el monstruo volviera a surgir de entre las aguas.
Habían encontrado un lugar por donde cruzar al otro lado del canal, pero ninguno quería volver a pasar por donde apareció el monstruo. No había otra posibilidad.
—No queréis ir por allí, yo tampoco tengo ganas, pero es el único camino.
—¿Cómo lo vamos a matar?
—No es necesario. Dispararle a los ojos, si no ve no puede hacernos daño.
—De acuerdo, pero si cae alguno más de los nuestros nos iremos.
—Vale.
Volvieron a la zona donde apareció el monstruo. El agua burbujeó y apareció la enrome cabeza, los fusiles rugieron de nuevo y una bala le alcanzó un ojo, la bestia tuerta y enfurecida se lanzó contra los hombres, uno de ellos quedo aplastado contra la pared, el ruido de romper de huesos fue enorme.
—¡Seguidme, corred! —gritó Scrak. De los dos que quedaban uno le hizo caso el otro huyó o trato de huir, el monstruo le alcanzó, sus piernas y caderas siguieron corriendo sin cuerpo. Esto no lo vieron Scrak ni su compañero.
El resto del camino fue fácil hasta llegar a su destino. Una puerta de hierro que se abrió después de varios disparos a la cerradura.
La Puerta a la Eternidad, la entrada a un edifico subterráneo, amplias puertas, relieves de querubines sobre en fondo de nubes y un sol con sonrisa alegre.
—Esto es un edifico subterráneo, ¿por qué no podíamos entrar desde arriba?, hay unas escaleras muy amplias —dijo el último de los acompañantes señalando éstas.
—Lógico, están bloqueadas —replicó Scrak, después de echar una mirada hacía arriba.
Se acercaron a las puertas de cristal y aluminio del edificio y las puertas se abrieron por si mismas. Los dos se sobresaltaron.
—Bienvenidos a la Puerta de la Eternidad, pasen por favor y pregunten lo que deseen en información.
—¿Esa voz?
—Parece magia, no lo es, será algo como los hombres de hierro, cosa de los antiguos. No me preocuparía. Sígueme, por fin lo encontré, el destino de todo buscador.
Pasaron por otra puerta, ignorando el cartel de sólo personal autorizado y familiares.
La sala era de unos diez metros cuadrados, justo al frente una ventana que daba a una sala circular de quince metros de diámetro, a su izquierda una puerta y a la derecha un monitor con una palanca roja tipo interruptor en posición off.
Al acercarse a la palanca habló la misma voz.
—Introduzcan a los viajeros a la vida eterna en la sala circular, una vez dentro suban la palanca roja a la posición on. Una vez levantada la palanca la puerta a la sala de viaje se cerrará en diez segundos.
—Está claro lo que tenemos que hacer.
—Scrak, ¿puedo ser el primero?
—Sí adelante.
El hombre dejó sus armas en el suelo y se dirigió a la sala. Al acercarse a la puerta está se abrió automáticamente.
—Listo —dijo desde el interior de la sala y Scrak levantó la palanca roja poniéndola en posición on.
—Comienza la cuenta atrás, diez, nueve, ocho...
—Espera entremos los dos al mismo tiempo —dijo y se introdujo en la sala junto al otro.
—Estoy nervioso —dijo el hombre.
—...cuatro, tres...
—Yo también.
—...dos, uno, cero. Cerrando sala —la puerta se cerró—. Puerta cerrada, comenzando viaje a la eternidad.
El techo formado por una red de pequeñísimos pentágonos se volvió rojo. Scrak y su compañeros sintieron el calor momentos antes de convertirse en una llamarada incandescente y hacerse cenizas.
—Los familiares de los viajeros, por favor, procedan a recoger las cenizas de sus familiares queridos.
La eternidad. La única conocida y alcanzable por todos desde el principio de los tiempos, es la que todos tenemos al morir. Morir es para siempre, eternamente.
Raúl, 4/12/2003