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CUENTO. La relacción de un pequeño rostro que
se asoma a diario a una ventana, para ver como pinta la persona que vive
en aquella casa. Como hablar a través tan solo de una mirada. |
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Desde mi dormitorio veo asomada todos los dias un pequeño rostro de una niña, ella me mira casi sin parpadear mientras yo coloco mis pinturas y pinceles, y así comenzando a pintar, hago como que no la veo, sigo haciendo mis mezclas de colores, dando pinceladas, formando con ellas un campo de amapolas rojos y verdes que cubre casi al completo un pequeño conejo, la niña entusiasmada ante la magia de esos pinceles que van coloreando dando vida a ese paisaje, se que le gustaría ser ella la que mojara en múltiples colores y dar aquí y allá, sacar como un mago de su chistera, todo tipo de cosas que la imaginación puede crear.
Aplasta su carita contra el cristal, de repente yo giro mi cabeza y le guiño un ojo, ella se sorprende y me regala una preciosa sonrisa, tiene entre sus dientes un hueco por la falta de alguno que se le ha caído dejándola mellada y eso le hace tener una sonrisa aun más llena de picardía muy graciosa, yo le saco la lengua y ella vuelve a mostrarme una inmensa sonrisa. Solo nos comunicamos con gestos, como si no hicieran falta palabras tan solo miradas y gestos, hacen que tengamos una graciosa comunicación.
Desde ese dia, somos amigas atraves de una fina capa de cristal, sonrisas, gestos y silencios. Yo pregunto quien es esa niña,? Nadie me sabe decir quien es.
Ella es parte ya de esa ventana de mi dormitorio, ya si no la veo la echo de menos. Con sus gestos me dice si le gusta lo que pinto, se le agrandan sus inmensos ojos y su boquita me muestra su aun sus huecos por esos pequeños dientes que aun le faltan.
Una mañana como todas las demás abrí la ventana y me puse a pintar, no conseguía dar con el colorido que necesitaba, las pinceladas no eran las adecuadas para formar lo que mi imaginación veía, ese dia me notaba rara.
Mi pequeña amiga, no venia como todos los dias a poner su naricita aplastada contra el cristal, pero aun estaba la marca del dia anterior.
Sonaron las campanas de la iglesia con un triste tañido era el de muerte, alguien
había terminado la historia de su vida. Pregunté quien se habría
muerto, nadie me supo decir.
Seguí pintando, pero no conseguía avanzar en aquel paisaje, todo era tan triste,
sus colores parecian haber cambiado. Yo me sentía mal, era una sensación rara.
El triste sonido de las campanas no cesaban, no me dejaban concentrarme, era
como si me hablaran, ese tañido metálico me hacia sentir mucha tristeza, me
anunciaban algo que no acertaba a descubrir. Seguía pensando en quien sería
el muerto, salí a la puerta de la calle y volví a preguntarlo, necesitaba no
sél por que saberlo. Alguien no recuerda quien, me dijo que era una niña, de
repente un frío recorrió todo mi cuerpo, una niña? Esa pregunta no sé si salió
de mi boca, o solo pense preguntar.
- Si una niña, ayer al cruzar una calle la cogió un coche, y parece ser que
la pequeña murió en el mismo instante.
No sé pero algo dentro de mí me decía, quien era esa niña. Yo no volvería a ver a mi pequeña amiga asomarse a mi ventana, ya no marcaría con su naricita el cristal dejando su huella, ya no volvería a ver su sonrisa con la que todos los dias me obsequiaba, ya no me diría que colores devia mezclar, tan solo con su mirada me decía tantas cosas.
Ya no pude contener mi llanto y las lágrimas salieron arrasando mi rostro.
Había perdido a mi niña.
Quise ir a su entierro a despedirme de ella, le lleve el cuadro que pinte cuando
comenzó a ser parte de mi vida a través de la ventana, aquel donde un
campo inmenso de amapolas rojas tapaban casi por completo a un pequeño conejo
el cual a ella tanto le gustaba.
Me acerqué lentamente a la caja toda de blanco, en la que el pequeño
cuerpecito estaba como si estuviese dormida, toda rodeada de florecidas silvestres
que alguien le había colocado, parecia un ángel. Llego el momento de
tapar la caja, cual fue mi sorpresa a ver que asomaba su carita de nuevo a través
del cristal que la tapa tenia. Me despidió con una sonrisa, pose un beso sobre
esa ventana, dejándole ahora yo mi huella en el cristal, le puse sobre la tapa
el cuadro para que ella lo disfrutara y que así quien sabe la pequeña pudiera
correr tras el pequeño conejo que tanto le gustaba, en aquel inmenso campo de
amapolas rojas. Con una sonrisa y mis ojos aun humedecidos por el llanto me
marché de nuevo a casa.
Brisa, 11-11-2003