
Los Dos Espejos...
Fecha Jueves, 06 noviembre a las 16:40:40 Tema Guepardo
 |
Un famoso médico norteamericano
poseía y administraba una extensa red de clínicas abortivas.
Él mismo calcula que llegó a practicar más de 70
mil abortos. Hasta que presenció una ecografía: ingenio
tecnológico que le reveló, con brutal evidencia, que se
había convertido en asesino, a sangre fría, de criaturas
que ya tenían forma humana, vida humana, alma humana. Sólo
que eran todavía muy pequeñitas, y totalmente indefensas.
|
A partir de ese shock, aquel médico dejó atrás
su pasado abortista y se convirtió en activo promotor y líder
del Movimiento Pro-Vida.
La dinámica de este proceso lo llevó a revisar profundamente sus convicciones éticas y religiosas, hasta hacerlo abrazar, desde su ateísmo, la fe cristiana y católica. Allí encontró la reafirmación del carácter sagrado de la vida humana, don de un algo o un Dios que nos hace semejantes a Él y partícipes de la naturaleza divina. Es un ejemplo contemporáneo, clamoroso de que en todos los tiempos y para todas las personas es posible la conversión, pero no en mi caso. Me abate más la consciencia humanitaria.
Tendemos a pensar que eso, la conversión, es decir el cambio radical en la orientación valórica y en las normas de conducta, es un tema bíblico, coránico, budista, etc.... histórico y ajeno: atractivo material para películas e historias devocionales.
Pero no un tema mío. Los que se convierten son la Magdalena, Mateo, Zaqueo, el "buen ladrón". ¿Pero yo? ¿Tengo yo la capacidad de transformar, en modo radical y substancial, los valores por los que oriento mi existencia?. ¿Está en mí la posibilidad de vencer un vicio, un prejuicio, una tendencia que durante años ha marcado negativamente mi personalidad, perjudicando mi salud y dañando mi buena relación con los demás?. No son preguntas menores. Y sus más frecuentes respuestas van en la línea de un conformismo fatalista, de una resignación pasiva, de un dejar actuar la ley de la inercia. Total, >. De manera que.... ya que soy un fumador empedernido, un alcohólico en tratamiento, un blasfemador y murmurador impenitente; si arrastro enfermizamente un rencor familiar, profesional o político; si cualquier estímulo erótico, cualquier sugerencia o invitación, cualquier oportunidad o puerta que me abren encuentra en mí la más inmediata aceptación, sin importarme las decencias o las lealtades que iré diseminando en el camino; si mi apetito de conocer a un Dios y de aproximarme a la intimidad con ese Dios y a la obediencia de sus mandatos choca con mi estudiada indiferencia y encogimiento de hombros: total, ese Dios comprenderá, y por último quién asegura que Él realmente existe: si alguna de estas descripciones calza conmigo, quiere decir que estoy mal. No estoy honrando aquello que pertenece a lo más específico del ser humano: su capacidad de cambio, de superación, de transformación. Eso que llamamos conversión.
¿Qué hay en mí que debería cambiar? ¿De qué y en qué tengo que convertirme?. Como un subsidio para ayudar a este escrutinio de conciencia, puedo tomar dos espejos: el Manual de Carreño (era el libro más consultado de mi casa. Gracias a él supe que si me picaba el interior de la oreja no debía rascarme con el lapicero, que jamás hay que mojarse los dedos para pasar las páginas de un libro y que nunca hay que ver lo que queda en el pañuelo luego de haberse sonado. Sin embargo otras recomendaciones tenían la virtud de convertir un acto natural en un trámite complicado, o sea una cursilada de cojones), y las promesas bautismales de la Iglesia Católica. Dos espejos distintos, pero una misma voluntad y consecuencia: mi imagen, mi realidad tienen que cambiar. Porque "soy imagen y semejanza de un Dios", ¡¡ soy partícipe, por el bautismo, de esa naturaleza divina!!. Veamos el Manual de Carreño.
¿Cuánto tiempo dedico a escuchar a otros, en lugar de abrumarlos con mi egocéntrica verborrea?. ¿Soy capaz de escuchar con atención total?. ¿Es mi audición tan objetiva que me permite asimilar la verdad o novedad de lo escuchado, y rectificar el juicio que ya tenía preparado o formulado?. ¿Se me tiene como persona puntual, que honra su compromiso de estar a la hora en que se debe estar?. ¿Son mis promesas confiables?. ¿Devuelvo oportunamente lo que he pedido prestado?. ¿Doy a tiempo aviso, o pido ser disculpado por omisiones, ausencias o tardanzas que han molestado y dañado a quienes confiaron en mí?. ¿Agradezco como es debido, es decir siempre, toda muestra de bondad y todo acto de servicio con que otros me distinguen?. ¿Me acuerdo y ocupo de felicitar y obsequiar a quien celebra su día?. ¿Divulgo sin necesidad infundios, rumores y cuchicheos de maruja que van en descrédito de terceros ausentes?. ¿Guardo con inviolable discreción el secreto que me ha sido confiado?. ¿Impongo brutalmente a otros el ruido que a mí me gusta, los olores que a mí no me importan, el mal humor que a mí me aflige?. ¿Invito y agasajo siempre, o casi siempre, con miras a obtener un beneficio o una reciprocidad?. ¿Hablo de manera inteligible y decente, cualquiera sea mi entorno?. ¿Respondo, o hago al menos un esfuerzo por responder las llamadas y cartas que se supone merecen y esperan respuesta?. ¿Pido disculpa cuando tomo conciencia de haber dañado, con malicia o por negligencia, la honra o los derechos de otro?...
Miradas una a una, son o parecen pequeñeces. Pero hay algo que las une a todas como un hilo conductor: la caridad. La delicadeza de pensar siempre en el otro, y de sentir al otro como un alguien que me pertenece, que es un don y una tarea para mí. Por eso no son pequeñeces: la caridad las hace grandes. La caridad es lo más grande. Y su prueba de fuego son las cosas pequeñas. Otros espíritus buenos o malos, de mayor o menor altura de vuelo, preferirán el espejo de las promesas bautismales, yo no.
Cada una de ellas contiene la correlativa exigencia de conversión.
>
( Manda huevos la cosa.... ). ¿En qué grado mi estilo de vida, mi actitud fundamental están marcados por la desconfianza, y consiguientemente por mi continuo reclamo, reproche, descontento, murmuración ante la aparente dejación u olvido que un Dios ha hecho de mí?. Visto de otro modo: ¿qué lugar está ocupando, en mi oración y reflexión cotidianas, la acción de gracias a Dios por lo mucho y demasiado que me ha regalado, junto con la petición, humilde y confiada, de lo poco que creo aún necesitar para sentirme feliz?. "Prometemos" (con 6 meses de vida), en el bautismo, renunciar a las tentaciones o seducciones que pueden convertirnos en súbditos del pecado. Tal promesa se traduce en compromiso de vigilancia y prudencia. No podemos jugar todo el tiempo con fuego ni bailar en la cuerda floja, en una temeraria confianza de que un Dios hará un milagro para impedir nuestra combustión con un demonio o caída al oscuro foso sin fondo. Un buen propósito sería pensar mejor las cosas y las palabras, preparar y hacer mejor mi trabajo, prevenir a tiempo los focos de conflicto, esforzarme más por la transparencia que disipa los equívocos. Que mi memoria me preserve de tropezar por segunda o tercera vez en la misma piedra. Que mi docilidad me haga humilde para preguntar a los que saben lo que yo no sé. Finalmente, prometemos renunciar a un "demoño" alias Satanás. ¿Qué rasgos lo caracterizan?....
1) La soberbia de no querer inclinarse ante jerarquía superior.
2) Ser padre de la mentira, mentiroso desde el principio.
3) Vivir atormentado por la envidia, sin tolerar la felicidad de otros.
4) Odiar al prójimo hasta desear, instigar y consumar su eliminación violenta
5) Sembrar cizaña para dividir y contraponer a los que Dios quiere unidos.
6) Contagiar a todos la insuperable tristeza de haber escogido para siempre el mal.
Cualquiera sea nuestro espejo y nuestro propósito cuaresmal, deberá atenerse a tres premisas básicas. Si debo y quiero cambiar, quiere decir que puedo. La gracia de cualquier Dios nunca me faltará, si se la pido con humilde perseverancia. Y no hay cambio, ni conversión ni progreso, sin cruz, figura o signo..... Para convertir mi mediocridad y miseria en oro, tengo que pasar por el crisol de la disciplina y del sufrimiento. Pero no hay que temer ni cavilar, sólo dar el primer paso.
En el infierno me veo...., o... ¿nos vemos?
JSR Galloclueconwebos
|
|
Este artículo proviene de El coloquio.com foros, postales, relatos
http://www.elcoloquio.com
La dirección de esta noticia es:
http://www.elcoloquio.com/modules.php?name=News&file=article&sid=123
|