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Caminaba el otro día por el centro de Madrid, por lo más céntrico,
de lo super-céntrico, por un barrio confortable y burgués, ancho de
calles, holgados espacios, ornado de árboles plataneros, trufado de
edificios suntuosos y añejos...
Fui a por el periódico, muy de fresca mañana, prólogo de un atento café
acompañado de churros y oficinistas encorbatados, ejecutivos y dependientas
de tienda y grandes superficies. .
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Tiempo de calma, luz de mercurio, cielo
celeste, inicial caricia de sol matinal, pureza de aire...
De repente, una rata, una rata de palmo y medio de extensa, parda como la del
oso del escudo del Ayuntamiento madrileño comiendo madroños. Ese roedor se cruzó
por delante de mi a un par de pasos por los adoquines de la amplia acera, celérica
y asustada, y fue a esconderse entre los tablones de unos andamiajes de una
obra.
La repugnancia que sentimos ante las ratas es un auténtico misterio. Los hámsters
y ratoncillos blancos de laboratorio nos conmueven y mueven a la ternura. Son
suavemente peludos. Su cabeza y su bigotuda boca tienen algo de doméstico y
pacífico felino, inofensivo. Pero la rata es un animal odioso y temible, promesa
de infectante mordedura y de repentina fiereza. Salta sobre nosotros hincando
sus dientes en nuestras carnes transmitiéndonos pestosas y rabiosas enfermedades
y muerte.
Es sucia, procede de la basura y del escombro, de la ruina y del desecho, del
mundo maloliente de catacumba. No podemos verla como la versión ampliada de
un inofensivo ratoncillo de campo, sino como una mutación perversa y mortalmente
peligrosa.
Hacía tiempo, mucho tiempo, desde hace unos veinticinco años que no había visto
en la ciudad una rata de este calibre, quizás porque vivo en el campo y por
ello perdí la costumbre o porque peligrosamente jugaba de niño correteando por
entre las vías de los túneles del suburbano Metro, cuando el Metro madrileño
todavía era un fétido submundo , enormemente denso en olores nauseabundos, una
especie de antesala de los acalorados infiernos, un universo subterráneo de
charcos y goteras, de vagones fantasmagóricos que parecían dirigirse hacia los
almacenes de la ánimas desalmadas y en pena, chirriantes, oscuros y temibles
itinerarios....
Sinceramente...., esa rata me sobresaltó, debió ser por esa falta de costumbre.
Y, probablemente, por esa falta de costumbre fue en lo que me dio por pensar.
Somos muchísimos los privilegiados, los que vivimos de espaldas a estas peludas
y rabiosas ratas, igual que vivimos de espaldas al terror y al horror, a la
pobreza, a la insalubridad y a todas las pestes del mundo.
Vivimos y queremos vivir de espaldas. Las ratas nos asustan como las hermanadas
cucarachas, por ser un símbolo del universo al que queremos desechar y descartar,
con el que no contamos ni queremos contar, del que nada queremos saber, en cuya
frontera vivimos como si no existiera.
Esa humilde rata, tan imprevista e ingenua, me trajo una noticia que nunca quise
oír, escuchar, ni atender... No podía venir de muy lejos, lo que quiero decir,
es que lo que no quiero oír, escuchar ni atender estaba cerca. Que la amplia
calle arbolada es más vecina de lo que yo quisiera admitir de la amontonada
mugre a pocos minutos de mi periódico, de mi café con churros, de la bonita
fachada del viejo edificio restaurado gracias a la ayuda del Excelentísimo Ayuntamiento
de Madrid, de la avenida ajardinada y mimada por la municipalidad madrileña.
Aquella rata era una intrusa de la naturaleza, si, una intrusa que nos está
anunciando que el otro lado de la vida que disfrutamos está a nuestro lado y
que, tal vez, más tarde o más temprano, demostrablemente podrá llegar a ocupar
el plácido itinerario hacia mi periódico y mis churros con café. La rata estaba
aquí y...., precisamente no parecía ser una palomita en busca de miguitas de
pan de ayer ni de maíz en vasitos de pvc.
Gallocluecoconwebos