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 Relaciones: ¿Misóginos?

Relacionesgallocluecoconwebos escribió "

"La ira de un misógino".
No me gusta la palabra misógino y mucho menos para referirme a mí. ¿Cómo es posible que yo pueda odiar a las mujeres...?. Me llevó años y muchas horas de terapia llegar a la madurez para cuestionar mi responsabilidad en mis fracasos con las mujeres. ¿Cómo es posible que, si yo juré que no sería cómo mi padre de cabrón y este haciendo lo mismo?.
De niño recuerdo que mi padre era la figura de poder, y todos en la casa le tenían miedo a su furia. Cuando llegaba a casa empezaba a pedirle cuentas a mi madre y si no le parecía bien algo le gritaba, le humillaba, le ofendía, y a veces hasta le daba unas bofetadas. Era doloroso ver a mi madre doblarse ante él. Me daba coraje ver la cobardía y la debilidad de mi madre. Le tenía un miedo ciego a mi padre y aceptaba incondicionalmente todas sus barbaridades. Luego iba a mi cuarto a llorar por sus desgracias. Sólo me abrazaba, me decía que me quería mucho y que era muy infeliz. Yo me sentía impotente, frustrado, sin saber que hacer y me sentía muy enojado. Curiosamente descubrí que me enojaba el miedo, la debilidad, la inseguridad que mi madre plasmaba. Le veía tan pequeña que sentía lastima por ella. Me hacia sentir cómo si ella fuera mi pobre hija desvalida en lugar de mi madre. En cambio en mi padre veía el modelo de coraje, de fortaleza, de dominio, de seguridad con el que me identificaba más




Ahora de adulto creo que mis modelos de la infancia fueron la víctima de mi madre y la seguridad y fuerza del Juez –mi padre. Pronto vi al mundo a través de esos dos modelos –los fuertes versus los débiles.
En la primaria empezaron los primeros síntomas visibles. Empecé a canalizar la frustración y el coraje que sentía en mi casa a la escuela. Pronto empecé a descubrir mi fuerza personal al ejercer mi agresividad. Era cómo un volcán a punto de hacer erupción y ante la menor provocación explotaba y derramaba ira en golpes, patadas y gritos al que osara provocarme. Mis compañeros sentían miedo ante mi furia y ese miedo en ellos me invitó a convertirme en su verdugo. Al descubrir ese volcán de furia me sentía fuerte y seguro. Ahora yo era el que provocaba, humillaba, y golpeaba a niños y niñas por igual. Cuanto más miedo me tenían, más saña despertaban en mi. Me volví líder y poderoso. Pronto muchos se acercaron a mí y formamos una pandilla y nosotros éramos la ley del lugar. Me volví el centro de atención y gozaba de respeto por parte de mayores y pequeños. La seguridad y poder que sentía era como una droga. Tan pronto pude fui alejándome de mis padres y haciendo mi propia vida. Pronto me fui lejos a estudiar en la universidad con una beca. Era simpático, encantador con las muchachas y firme y muy violento cuando algo se salía de control. Afortunadamente todos cooperaban para llevar la fiesta en paz conmigo para evitar que perdiera los estribos en un ataque de ira.
Siempre buscaba conquistar a las mujeres más codiciadas por su seguridad, su fuerza, su valor, su inteligencia, su simpatía. Mi primer y único amor fue una mujer muy parecida a mí en lo determinada que era para lograr lo que se proponía. En ella veía a un parecido, y eso me gustaba. Ante los ojos de todos éramos la pareja ideal, los dos éramos como unos triunfadores naturales.
Los primeros indicios de mi problema con las mujeres fueron mis celos. Muy dentro de mi sentía que estaba en peligro de perder a mi mujer, a mi botín de guerra. Ya la había conquistado, ya era mía y ahora tenía que cuidar de no perderla. Su autonomía y seguridad, que al principio me habían llamado la atención, ahora me ofendía. Temía que otros hombres me la fueran a quitar. Descubrí que detrás de mi supuesta fuerza y seguridad había un niño abandonado que nunca tuvo una madre y que se sentía muy sólo e inseguro.
En símbolo, esta mujer, era el afecto, el cariño, el apoyo y la seguridad que de niño quedó pendiente. La quería sólo para mi. Una parte de mí intuía que para asegurarme que nunca me abandonara tenía que hacerla dependiente de mí.
Inconscientemente sabía que mi madre nunca abandonaría a mi padre por lo débil que se sentía, por lo incapaz que creía ser de poder salir adelante sola. Un símbolo para asegurar mi precioso botín para cortarle las alas a este hermoso pájaro para evitar que volara de mi.
Esta es la relación de un amor enfermo, que busca sostenerse en la dependencia, que tiene la sombra del temor y la inseguridad permanente de una traición, de un abandono.
Poco a poco fui destruyendo la seguridad de mi amada mujer con críticas a su que hacer y decir. Y pronto descubrió al hombre enfurecido que había en mí. El impacto de mi furia le hizo sentir tanto miedo que nunca más volvió a ser la misma. El miedo y la debilidad que encontró en su interior hizo que pronto dejara de creer en sí misma y se derrumbó. Me entregó todo su poder personal para que yo tomara todas las decisiones por ella. Con su seguridad se fue perdiendo su belleza física, empezó a subir de peso, a dejar de trabajar. Empezó a enfermarse y a volverse cómo mi madre. Tenía miedo hasta de llorar delante de mí porque sabia que me enfadaba verle llorar.
Curiosamente ahora que mi amada esposa ya no tenía alas la dejé de admirar. Ahora me daba coraje verle tan poca cosa, arrastrándose cómo un perro con la cola entre las patas. La admiración que un día me atrajo a ella se había transformado en lástima. Ahora sentía lástima por mi madre y por mi esposa. Me daba coraje que se doblaran ante la furia de un hombre. Me daba coraje que mi madre soportara los insultos y humillaciones de mi padre. Me daba coraje que mi esposa soportara y aguantara todos los insultos y humillaciones que le hacia. Curiosamente, al verle tan débil me hacia humillarla todavía más y hacerla llorar.
Para el resto del mundo era un verdadero misterio que mi esposa se viniera a pique cuando era la envidia del matrimonio perfecto. Parece que la situación se sostenía en base a la creencia de mi esposa, que si todo había ido tan bien antes y yo era tan encantador, tan buen proveedor, tan exitoso en el trabajo, seguramente ella era el problema y la culpable de que yo me enfadara.
Una parte de mi sentía que había ganado, que yo tenia todo el control, que mi esposa jamás me abandonaría, y otra parte de mi se sentía culpable por destruir la autoestima, la confianza y la fortaleza de mi amada esposa. Por dentro estaba sangrando yo también. Era un amor enfermo que era capaz de destruir para crear cadenas de dependencia. No quería compartir a mi esposa con nadie y tampoco me daba felicidad vivir al lado de una perdedora. Yo tenía todo el poder y el control y sin embargo no era feliz tampoco. Tenia una mezcla de sentimientos de culpa por como era con mi esposa; ese coraje contra ella por no defenderse y darse su lugar aunque tuviera que golpearme con la sartén más grande de la cocina. Vergüenza por ver la condición deplorable, lástima por verle tan desvalida y vulnerable, y a la vez sentía un pacto secreto de lealtad a protegerla y cuidarla. Creo que al final solo quedó el amor enfermo que viene de la lástima que empequeñece al otro al decirle sin palabras que dejamos de creer en ellas, que no consideramos que puedan sobrevivir solas y que nos comprometemos a cuidar de ellas cómo lo haríamos con un invalido en un acto de sacrificio.
Pero que conste que nunca he sido un misógino.... Digan lo que digan....

JSR, 9/09/2003
"




 
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Uy, uy, uyyyyyyyyyyyyyyyyy (Puntuación 1)
por Alba10 el Martes, 09 septiembre a las 22:21:53
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¡Vaya tema que planteas! ¡qué fuerte!

Voy abrir debate en el foro y lo comentamos.
Casi pintas al misógino como víctima de sí mismo. Y aún cuando cabe esa posibilidad, no es suficiente para .. ¿qué? ¿convivir? ¿soportarle? ¿dependencias emocionales destructivas?

Vamos allá..







 

 
     
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