 | Literatura: Hoy pienso escribir... ¡¡ lo juro... !! |
gallocluecoconwebos escribió " Hoy voy a escribir, lo sé. Y será algo grande, también lo sé. ¿Por dónde me vendrá la inspiración? ¡Uf!, ¡es tan difícil de adivinar! ¿Quizá una historia personal de amor? Hmmm... no, desgraciadamente no estoy enamorado, por ahora. ¿Acaso el recuerdo de un viejo amor? —porque una cosa tengo clara: será un relato romántico, sí señor—.
Pero no, mis amores son tan lejanos en el tiempo, que... Bueno, da igual, lo importante es comenzar, lo demás vendrá todo rodado —eso espero—. Veamos, me planto delante del ordenador, en una posición correcta sobre la silla; esto es importante, aunque no lo parezca siempre hay que empezar con una buena disposición, si no, no hay nada que hacer. Unos estiramientos de cuello para relajarlo: Arriba abajo, derecha izquierda... Repito la serie un par de veces. Venga, ya está.
¡Anda, mis manos! Me olvidaba de las manos, tan importantes, no, mejor dicho: fundamentales para escribir. Es que mis dedos los siento entumecidos. Escribo poco, debe ser por eso. Voy a practicar con ellos unos movimientos. ¡Ay!, me crujen. ¡Mierda!, tengo agujetas. ¡Y yo que los tenía por muy ágiles! Bueno, enciendo el ordenador. ¡Menudo cacharro, qué lento va! Me lo vendieron como quien dice hace dos días, asegurándome que era veloz como un Porsche, pero ya me ha quedado más obsoleto que un carruaje tirado por caballos.
¡Por fin!, el «Windows» me despliega sus dichosas ventanitas. Y ahora, ¿qué procesador de textos uso? Terrible dilema. «"Word" o no "Word", he aquí la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma, sufrir los embates del ultrajante Microsoft...». Lo que más echo en falta es algún software informático que me construyese un relato por si solo. Que yo simplemente le metiera las variables, por ejemplo: Protagonista alto, rubio y con ojos azules conoce a chica resultona en un discoteca de moda y acaban perdidamente enamorados; estilo: clásico; número de líneas: quinientas o así; y que el susodicho programita me resolviera todo el hilo argumental en cuestión de segundos. ¿A que sería fantástico?
Bueno, al final me decido por el «Word», qué remedio. Abro un documento nuevo. Lo titularé.... hmmm... a ver, debería inventar algo sugestivo, que me estimulara por si solo la imaginación. Esto... no es una coña, el título es la piedra angular sobre la que se sustenta toda la estructura del relato. Un título nefasto supondría un mal comienzo. Así que le pondré, pensemos... ya lo tengo: «Amor ambivalente bajo la esfera concupiscente de la pasión», por ejemplo. Es bueno, ¿no? Ejem, bien pensado, creo que lo desecharé, es demasiado... ¿cómo diría yo?... rebuscado, sí. ¿Y si lo acortara? ¿Qué tal algo más sencillo como...?: «Historia de un amor apasionado» Hmmm... definitivamente no, demasiado amanerado. Está bien, me rindo, dejaré el título para el final, tampoco es que sea tan importante, vamos, digo yo.
Bueno, aquí estoy, delante de la pantalla del ordenador. Una página de blanco fosforescente me invita a rellenarla de caracteres, de palabras, de frases, de párrafos, de historias de risas y lloros, de amor, de desamor, de mucho desamor, de ese desamor que te aboca a un perenne sufrimiento, incluso al suicidio; pero también relatos rebosantes de vida, alegres, ligeros, relatos y cuentos, aventuras y sueños, de misterios y silencios, de fracasos y éxitos; y con un único límite: los confines del ingenio.
Este es el objetivo del artista, conformar una amalgama de ideas y emociones hasta darle una forma creativa, y luego escupirla al mundo y decir: «Aquí está mi hijo querido. Yo lo amo, amadlo vosotros también».
Creo que me estoy poniendo demasiado trascendente, y todavía no he escrito nada. Será mejor empezar, ¿no?
Ya estoy preparado. Diez dedos pocos milímetros por encima del teclado, listos para una señal, los más rápidos del Oeste: cien pulsaciones por minuto. Las neuronas me trabajan a una velocidad endiablada. Y las pupilas dilatadas, fijando la mirada sobre el monitor. La tensión del momento se ve reflejada en gotas de sudor resbalándome por la frente. El cursor parpadea en la pantalla.
(Pasa un minuto)
El cursor parpadea en la pantalla.
(Transcurren dos minutos)
El cursor parpadea en la pantalla.
(Ya van cinco minutos)
El cursor parpadea en la pantalla.
(Y otros cinco minutos más)
El cursor sigue parpadeando en la pantalla.
(Después de una eternidad)
Coño, me he quedado dormido. De tanto mirar al maldito cursor, me ha hipnotizado. Y lo que es peor: no he escrito ni una miserable línea.
—¡Aaargh! (grito de desesperación) ¡Oh, musa de los literatos, asistidme! Acudid a mí para inundar mi mente de ideas maravillosas. ¿Ya estáis en ciernes? Por mi bien espero que así sea.
La primera frase, eso es. Después de fijar la primera frase todo es más fácil, lo que sigue ya saldrá luego de carretilla. Vale, pues entonces será hermosa, pero sencilla; escueta a la par que elegante; bien escrita, pero en modo alguno pedante, será....será.... ¡Oh, no!, el único comienzo que me viene a la cabeza es el consabido: «Érase una vez...». ¿Qué me está pasando?
Soy hijo de mi tiempo, seguro. Quiero decir, que mi falta de inspiración es achacable a los tiempos que corren. La literatura se ha deshumanizado a toda prisa. Ya no es la de antaño. ¿Dónde quedan de aquellos escritores príncipes de las letras, orfebres de la palabra, oradores de crecido verbo...? Yo lo sé: han desaparecido con la modernidad. Hoy no se escribe más que morralla. Patético y desolador panorama. Cuando antes, con una simple pluma y un chorrete de tinta se componían obras maestras. Ay, si yo tuviera a mano esos instrumentos para escribir de una forma estilosa... Pero, ¡un momento!, hay una solución... ¿Acaso Pipo?, mi mascota lorito real. Es cierto, él luce en su cola unas plumas bastante largas, ¿pero cómo lo voy a engañar? No se va a dejar arrebatar ni una sola, y además es muy listo el dichoso pajarraco. Ya sé, creo que tengo por aquí unos cuantos cacahuetes, un poco resecados, pero que valdrán para el propósito. —Pipo, bonito, mira que tengo aquí (voz melosa). ¿Te gusta? Ummm... sí. Rico, rico—. En realidad estoy pensando: «Cabroncete, espera que te enganche, que ya verás tú lo que es bueno, je, je». Abro la jaula e introduzco una de mis manos, enseñándole el cacahuete, y la otra la acerco con mucho sigilo hasta su cola. Ahora sólo es cuestión de dar un tirón seco y bien dado a una de esas plumas, y resolveré la papeleta, qué fácil. —¡Aaaaaaaahhh...! ¡Hijo puta!—. Se ha revirado intuyendo mis intenciones, ¡y qué pedazo picotazo me acaba de largar el capullo!, y encima me ha robado el cebo. ¡Ayyy!, a punto ha estado de tronzarme el dedo índice, ahora me lo voy a tener que vendar, chorrea sangre. Y menos mal que es el de la mano izquierda que si no, quedo tullido para la escritura. —¡Malo, más que malo! Como castigo te condeno a la más absoluta oscuridad. ¡Hala!, te cubro con un paño toda la jaula, y así hasta que te arrepientas de tu perfidia. ¡¿Eh?! ¿Qué acabas de decirme? He entendido: «Hijo puta». ¡Serás desgraciado! ¿Quién ha sido el maleducado que te ha enseñado esa palabrota tan fea?—. Nada, doy como imposible la regeneración de este loro, es un déspota y hace lo que le viene en gana. Y por cierto, ¡qué vida se pega!, se la pasa a base de dormir, comer y cagar, pero un día de estos me parece que va a acabar en el horno, en salsa pepitoria, si no, tiempo al tiempo.
¿Y ahora qué hago? Me he quedado malherido y sin pluma, ¡buahhh...! (lloriqueo lastimero). ¿Dónde podré conseguir una? En la playa siempre se encuentra alguna que otra de gaviota, pero... a estas horas... joder.
—Aquí es cuando me viene a la mente una idea feliz:—
Me acerco a la cocina y me agencio uno de esos cuchillos largos de carnicero, estilo «Norman Bates», y luego voy directo a mi dormitorio. Una vez allí, alzo el cuchillo en plan amenazador......
...Lo miro y me da pena. Tantas noches que me proporcionó su abrigo caluroso, tantas sensaciones envuelto en él, acariciado por su tacto de terciopelo, tanto amor entregado bajo su peso... Aun así, cierro los ojos y apuñalo sin compasión a mi querido edredón nórdico; y eso que me costó una pasta gansa, nunca mejor dicho, porque precisamente estaba relleno de plumas de ganso. Y de repente empieza a nevar; caen copos de plumas por toda la habitación, quedando todo bajo un manto blanco. Este invierno voy a pasar mucho frío, desde luego, pero todo sea por la causa, el arte de la escritura todo lo merece, todo esfuerzo es poco, todo... ¿o... no? —empiezo a dudar al ver el desaguisado provocado.
—Mmm... ésta es preciosa —acabo de descubrir una pluma larga y blanca, ligeramente curvada, que bien podría haberle caído a un ángel—. Sí, me la quedo —y vuelvo a mi puesto.
¡Por fin!, una pluma de escritor como Dios manda, ya puedo escribir como lo hicieron Cervantes, Shakespeare o Moliere. Donde esté lo antiguo y genuino, que se quite todo lo demás. Sólo de pensar en trazar con pluma, ya puedo sentir que la inspiración me viene volando. Pero, ahora que caigo, tampoco tengo tinta, ni china ni de calamar. Mierda, debí de pensármelo dos veces antes de asesinar al pobre edredón. Debo encontrar una solución como sea.
¡Ya está! Tinta me vale la de un bolígrafo cualquiera. Recopilo varios «Bic», y los destripo para extraerles la tinta. Allá voy. Esta es una operación muy delicada. ¡Qué asco!, me estoy poniendo pringado, espero que luego me salga a base de estropajo. Bueno, bien mirado, no es mucha la cantidad que estoy consiguiendo, pero para escribir algo, me dará.
Pues mira por donde que ya tengo mi pluma y tinta artesanas, los dos bienes más preciados de cualquier escritor. Ahora es sólo cuestión de saber combinarlos con buen gusto y talento para lograr componer una obra maravillosa.
Comencemos. ¡Oh, sí!, asaltan mi mente un sinfín de ideas, debo apresurarme a plasmarlas sobre papel. Impregno la punta de la pluma con la tinta y escribo... escribo... escribo, sí, pero esto es un fracaso, me sale una birria de letra, se me embadurna todo el papel con la tinta que nunca se da secado. Joder, y cada dos por tres tengo que volver a mojar en la puñetera tinta. A este paso nunca voy a dar acabado, la escritura se me hace eterna. Si tuviera que escribir el «Quijote» mediante este método, me daría un patatús. ¡Hala, a la mierda con todo! Yo vuelvo al ordenador que es lo moderno y eficiente, je, je.
Y es que ahora que me ha venido la inspiración ya no tengo ningún problema. Venga, a escribir como un negro.
—«Ring...ring...ring...» (Sonido de llamada telefónica)
—¡Qué puta mierda! ¿Quién será a estas horas? Yo no lo cojo.
—«...ring...ring...ring...» (Insiste)
—¡Nooo....! ¡Qué voy a perder el hilo de lo que estaba pensando!
—«...ring...ring...ring...» (No para de sonar y sonar)
—¡Arghhh...! (grito de muy cabreado) ¡Se va a enterar!, sea quién sea, esto no se me hace en pleno éxtasis creativo.
Descuelgo el auricular con la intención de soltar una sarta de improperios con muy mala leche.
—¿Diga?... ¡Ah, hola!, ¿qué tal?.... No, es que estaba tratando de escribir alguna cosa... Mañana reengancho en la Redacción y quería escribir algún relatillo... Sí... Bueno, la verdad es que aún no tengo nada, estaba precisamente en ello... Oh, gracias, pero ya sé que escribo de puta madre jajaja... Y tú también, claro está (qué te crees tú eso, ja, ja)... ¡Qué sí!, que mañana vuelvo a la Redacción... Sí.... Sí.... Hala, chao, ya hablaremos... Eso ya me lo contarás mañana, hala, adiós... Sí, adiós... adiós.
¡Qué pesado el tío éste! Y encima me ha cortado lo que estaba haciendo. ¿Y yo que iba a escribir? ¡Nooo...!, ya no recuerdo. ¡Dios, qué mala suerte tengo!, pues mi proyectada reaparición espectacular en la Redacción va a quedar en nada. No, no puede ser, tengo que inventar cualquier cosa como sea. Debe haber alguna forma de que pueda escribir algo decente. ¿Pero qué podré discurrir?
¡Ay, la escritura! ¿Cómo puede atormentar tanto encadenar unas palabras? ¿Pero hay acaso algo comparable a la alegría por la consecución de un buen escrito? Yo no conozco la respuesta, ni sé donde hallarla, sólo sé hacer una cosa: escribir. Así que, manos a la obra.....
JSR
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