fernando escribió "Asociaciones y experiencias
Oyendo música se producen asociaciones de todo tipo. La música
tiene gran poder evocador: Desde deseos eróticos contenidos en una sinfonía
pastoral, hasta la mansa paz espiritual contenida en los sublimes coros de la
Pasión según San Mateo de Bach.
Entre una y otra asociación, existe un
gran espectro de sensaciones producidas por la música. Voy a decir las
sensaciones que me produce a mí la música y algunas experiencias
mías, si os parece bien.

La música puede sugerir un paisaje natural -campo, playa, árboles,
montañas, ríos…; puede sugerir un salón tenebroso
donde dos hombres hablan de filosofía, puede sugerir a un desdichado
amante llorando por su amada. Puede sugerir batallas de walkirias en busca de
héroes y semidioses, puede sugerir una tribu en el interior de la selva
africana donde -alrededor de una olla preparada para cocer al peregrino despistado-
bailan entusiastas guerreros en taparrabos; puede sugerir una tormenta en el
mar, un naufragio, puede sugerir un desierto y arena, ninfas de los ríos
y sirenas de los mares del Mediterráneo…
Claro que puede sugerir también guerra y sangre, batalla campal, marchas
de ejércitos hacia la guerra donde muchos inocentes van a morir.
Los cantos gregorianos que ahora escucho me traen olor de incienso, olores
medievales, monasterios abandonados por donde circulan fantasmas de monjes por
los claustros uno tras otro rezando al creador con voz tenebrosa; todo ello
me sugiere recogimiento, silencio, hermandad, misterio…y me dan ganas
de saber más sobre la orden de los templarios, sobre los mágicos
y misteriosos masones, sobre poderes ocultos que gobiernan la Tierra y que celebran
sus secretas reuniones entonando tenebrosos cánticos.
Los graves cantos de los monjes tibetanos me dan miedo, parecen fantasmas que
pueblan las altiplanices del Himalaya, y por una asociación de ideas,
recuerdo una de las primeras aventuras de Tintín en aquellas mágicas
tierras y al abominable y peludo hombre de las nieves.
Los cantos medievales de los juglares y trovadores me sugieren un castillo
medieval donde se halla encerrada en el torreón una princesa con pirulí
de penitenta y allá abajo el trovador que canta sus leyendas y romanzas
con un laúd. Veo a Burt Lancaster tirándose de maroma en maroma
por entre los mástiles de los guerreros veleros de bandera negra luchando
en desproporcionado número ínfimo contra la armada imperial británica
o entrando a saco en el Castillo del Príncipe Malo al compás de
las trompetas que tocan pajes con leotardos azules en lo alto de la torre.
Una determinada sintonía que escucho en la radio, repetida a diario,
queda unida a un tiempo, cuando empezamos a escucharla por primera vez. Y a
un espacio, a una persona, a un recuerdo, a una pérdida, a un desgarramiento,
a una tristeza.
Una melodía producida por un clavecín me recuerda que estoy en
un salón rococó frente al Abuelo Peluca escuchando las conversaciones
del emperador que discute con el noble sobre el límite de sus tierras;
damas empolvadas, rostros pálidos, trajes de colores vistosos aterciopelados,
muchachas galantes, niños traviesos que corren por un jardín bien
podado.
Me vienen fragancias de primavera cuando cesa de tocar el clavicémbalo
y un piano español de Albéniz lo sustituye. Suena Iberia. Suenan
canciones de Manuel de Falla y estoy en una taberna donde un cantaor canta sus
penas y una gitana baila al compás esmerado de una guitarra llorona.
Las flautas andinas… ¡ah, las flautas de los Andes!
Recuerdo una vez que me encontraba leyendo un libro
de
viajes –Sólo por las altas selvas de Amazonia (lo voy a volver
e releer, por cierto)-en el cual el aventurero, un viajero solitario, sube a
una alta ciudad peruana por donde el nacimiento del río Amazonas. Describe
la ciudad, las montañas, los caminos, los habitantes de aquella aldeas
donde los indígenas duermen plácidamente su siesta amodorrados
por la altura: y mientras esto leía había puesto en el radio-
casette aquella noche, en la cama, una cinta donde sonaban flautas incas. La
integración de literatura y música nunca estuvo tan acorde. La
música me hacía sentir mucho más cercana la escena descrita,
el aire seco y frío de la altura, y la suavidad, el cansancio y el sopor
que producía la altura a los habitantes de aquellas altas zonas de la
cordillena andina. Hoy día, cada vez que escucho música andina,
me vienen a la memoria esas ciudades dormidas, aletargadas, y una gran placidez
me amodorra.
Ayer, caminando por el campo, escuchaba la radio. La locutora se había
trasladado a Valencia, ya que es época de las fiesta de las fallas. Entrevistó
a un grupo de niños de entre cinco y diez años. Una niña
de rubios cabellos trenzados (así la imaginaba yo) tocaba el saxofón;
Un niño de pelo lacio y castaño de unos cinco o seis años
tocaba a la trompeta el himno a la alegría de Beethoven; otro niño
de ojos azulados tocaba la trompa que parecía que íbamos a salir
a la caza del zorro. Oír el sonido de una melodía producida aunque
imperfectamente por los tímidos soplidos de los niños sobre instrumentos
de viento, me hizo sentir eufórico, transportado a un mundo en donde
mi elemento natural: las flores amarillas, el camino serpenteante que sube hasta
una casa abandonada donde un perro peludo color canela, contento, mueve el rabo
al verme llegar y tumba su espalda contra la tierra para que le acaricie la
barriga- se mezclaba con un mundo más allá, de modo que en el
mismo instante estaba viviendo dos vidas.
Hay una película que expresa bien estas cosas que trato torpemente de
expresar: la película se titula en español "Atrapado en el
tiempo" y trabaja en ella Bill Murray, que es un sujeto que empieza a vivir
todos los días el mismo día, y se amarga y se quiere suicidar
muchas veces pero siempre amanece en la cama en el mismo día. Se amarga
hasta que un día se encuentra leyendo plácidamente un libro en
la barra de un bar en un ambiente silencioso, y suena al fondo un piano. El
momento es sumamente plácido y tranquilizador y la cara de Bill Murray
expresa este sentimiento magníficamente. Y entonces decide aprender a
tocar el piano, ya que tenía la eternidad en sus manos.
Realmente, si me preguntaran en este momento qué haría yo en
el cielo si tuviera toda la eternidad por delante, diría que me gustaría
dedicarme a aprender a tocar el piano (y aún así, teniendo toda
la eternidad a mi servicio, dudo que lo llegara a tocar medianamente bien algún
día).
Pero me gustaría tocarlo teniendo delante a esa chica sonriente, con
mis gafas negras, tocando para ella.
A veces he imaginado que soy un bailarín de West Side Story y que pego
unos saltos frenéticos, o que, como Bill Murray, soy un virtuoso instrumentista
de jazz que apabulla a la multitud: y detrás, a la batería, Jimmi
el peluca, delante, al bajo, Pepe el sandalia. ¡Interpretamos, para empezar,
Blue Moon!
Continuaré.. (si ustedes quieren)
Fernando, 9/4/2003
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