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 Música: Música y sentimientos (Capítulo II)

Músicafernando escribió "

Asociaciones y experiencias
Oyendo música se producen asociaciones de todo tipo. La música tiene gran poder evocador: Desde deseos eróticos contenidos en una sinfonía pastoral, hasta la mansa paz espiritual contenida en los sublimes coros de la Pasión según San Mateo de Bach.

Entre una y otra asociación, existe un gran espectro de sensaciones producidas por la música. Voy a decir las sensaciones que me produce a mí la música y algunas experiencias mías, si os parece bien.



La música puede sugerir un paisaje natural -campo, playa, árboles, montañas, ríos…; puede sugerir un salón tenebroso donde dos hombres hablan de filosofía, puede sugerir a un desdichado amante llorando por su amada. Puede sugerir batallas de walkirias en busca de héroes y semidioses, puede sugerir una tribu en el interior de la selva africana donde -alrededor de una olla preparada para cocer al peregrino despistado- bailan entusiastas guerreros en taparrabos; puede sugerir una tormenta en el mar, un naufragio, puede sugerir un desierto y arena, ninfas de los ríos y sirenas de los mares del Mediterráneo…

Claro que puede sugerir también guerra y sangre, batalla campal, marchas de ejércitos hacia la guerra donde muchos inocentes van a morir.

Los cantos gregorianos que ahora escucho me traen olor de incienso, olores medievales, monasterios abandonados por donde circulan fantasmas de monjes por los claustros uno tras otro rezando al creador con voz tenebrosa; todo ello me sugiere recogimiento, silencio, hermandad, misterio…y me dan ganas de saber más sobre la orden de los templarios, sobre los mágicos y misteriosos masones, sobre poderes ocultos que gobiernan la Tierra y que celebran sus secretas reuniones entonando tenebrosos cánticos.

Los graves cantos de los monjes tibetanos me dan miedo, parecen fantasmas que pueblan las altiplanices del Himalaya, y por una asociación de ideas, recuerdo una de las primeras aventuras de Tintín en aquellas mágicas tierras y al abominable y peludo hombre de las nieves.

Los cantos medievales de los juglares y trovadores me sugieren un castillo medieval donde se halla encerrada en el torreón una princesa con pirulí de penitenta y allá abajo el trovador que canta sus leyendas y romanzas con un laúd. Veo a Burt Lancaster tirándose de maroma en maroma por entre los mástiles de los guerreros veleros de bandera negra luchando en desproporcionado número ínfimo contra la armada imperial británica o entrando a saco en el Castillo del Príncipe Malo al compás de las trompetas que tocan pajes con leotardos azules en lo alto de la torre.

Una determinada sintonía que escucho en la radio, repetida a diario, queda unida a un tiempo, cuando empezamos a escucharla por primera vez. Y a un espacio, a una persona, a un recuerdo, a una pérdida, a un desgarramiento, a una tristeza.

Una melodía producida por un clavecín me recuerda que estoy en un salón rococó frente al Abuelo Peluca escuchando las conversaciones del emperador que discute con el noble sobre el límite de sus tierras; damas empolvadas, rostros pálidos, trajes de colores vistosos aterciopelados, muchachas galantes, niños traviesos que corren por un jardín bien podado.

Me vienen fragancias de primavera cuando cesa de tocar el clavicémbalo y un piano español de Albéniz lo sustituye. Suena Iberia. Suenan canciones de Manuel de Falla y estoy en una taberna donde un cantaor canta sus penas y una gitana baila al compás esmerado de una guitarra llorona.

Las flautas andinas… ¡ah, las flautas de los Andes!
Recuerdo una vez que me encontraba leyendo un libro de viajes –Sólo por las altas selvas de Amazonia (lo voy a volver e releer, por cierto)-en el cual el aventurero, un viajero solitario, sube a una alta ciudad peruana por donde el nacimiento del río Amazonas. Describe la ciudad, las montañas, los caminos, los habitantes de aquella aldeas donde los indígenas duermen plácidamente su siesta amodorrados por la altura: y mientras esto leía había puesto en el radio- casette aquella noche, en la cama, una cinta donde sonaban flautas incas. La integración de literatura y música nunca estuvo tan acorde. La música me hacía sentir mucho más cercana la escena descrita, el aire seco y frío de la altura, y la suavidad, el cansancio y el sopor que producía la altura a los habitantes de aquellas altas zonas de la cordillena andina. Hoy día, cada vez que escucho música andina, me vienen a la memoria esas ciudades dormidas, aletargadas, y una gran placidez me amodorra.

Ayer, caminando por el campo, escuchaba la radio. La locutora se había trasladado a Valencia, ya que es época de las fiesta de las fallas. Entrevistó a un grupo de niños de entre cinco y diez años. Una niña de rubios cabellos trenzados (así la imaginaba yo) tocaba el saxofón; Un niño de pelo lacio y castaño de unos cinco o seis años tocaba a la trompeta el himno a la alegría de Beethoven; otro niño de ojos azulados tocaba la trompa que parecía que íbamos a salir a la caza del zorro. Oír el sonido de una melodía producida aunque imperfectamente por los tímidos soplidos de los niños sobre instrumentos de viento, me hizo sentir eufórico, transportado a un mundo en donde mi elemento natural: las flores amarillas, el camino serpenteante que sube hasta una casa abandonada donde un perro peludo color canela, contento, mueve el rabo al verme llegar y tumba su espalda contra la tierra para que le acaricie la barriga- se mezclaba con un mundo más allá, de modo que en el mismo instante estaba viviendo dos vidas.

Hay una película que expresa bien estas cosas que trato torpemente de expresar: la película se titula en español "Atrapado en el tiempo" y trabaja en ella Bill Murray, que es un sujeto que empieza a vivir todos los días el mismo día, y se amarga y se quiere suicidar muchas veces pero siempre amanece en la cama en el mismo día. Se amarga hasta que un día se encuentra leyendo plácidamente un libro en la barra de un bar en un ambiente silencioso, y suena al fondo un piano. El momento es sumamente plácido y tranquilizador y la cara de Bill Murray expresa este sentimiento magníficamente. Y entonces decide aprender a tocar el piano, ya que tenía la eternidad en sus manos.

Realmente, si me preguntaran en este momento qué haría yo en el cielo si tuviera toda la eternidad por delante, diría que me gustaría dedicarme a aprender a tocar el piano (y aún así, teniendo toda la eternidad a mi servicio, dudo que lo llegara a tocar medianamente bien algún día).
Pero me gustaría tocarlo teniendo delante a esa chica sonriente, con mis gafas negras, tocando para ella.

A veces he imaginado que soy un bailarín de West Side Story y que pego unos saltos frenéticos, o que, como Bill Murray, soy un virtuoso instrumentista de jazz que apabulla a la multitud: y detrás, a la batería, Jimmi el peluca, delante, al bajo, Pepe el sandalia. ¡Interpretamos, para empezar, Blue Moon!

Continuaré.. (si ustedes quieren)

Fernando, 9/4/2003
"



 
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Re: Música y sentimientos (Capítulo II) (Puntuación 1)
por isabela (isabelcotis@yahoo.es) el Sábado, 12 abril a las 16:37:32
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en serio tienes sentimientos eroticos al oir una sinfonia pastoral????? pero es porque piensas en pastoras en un prado???? o porque???

la verdad a mi esa musica no me parece nada erotica, mas bien al contrario un poco aburrida







 

 
     
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