El hombre tiende a la monogamia. Al menos
a la monogamia espiritual. Está claro que el hombre se siente atraído
por muchas mujeres (hablo desde el punto de vista mío, masculino, por
cierto), con las cuales puede y desea realizar el coito o, dicho de modo más
logístico, amarlas; pero la idea del hombre es compartir su vida y ser
feliz con una sola mujer.

El hombre enamorado vuelca en la mujer todos sus
deseos e ilusiones. Es quijotesco, romántico, y le gusta pensar que ha
de dedicar su vida a un fin y dedicarlo a ella.
Este hombre, sin esa mujer a la que amar y de la
cual recibir amor, se siente solo, frustrado.
Puede constituir eso un capricho creado por su
mente, puede resultar una idea falsa, y a la postre sufrir desilusiones. Lo
cierto es que este hombre no puede -o cree que no puede- vivir sin su amada.
Cuando ésta le falta siente que su vida no vale nada, o que la vida no
merece la pena ser vivida.
Son muy corrientes en este hombre las tendencias
suicidas, al comprabar, o al imaginar, que su amada no le quiere como él
piensa que la quiere a ella, y entonces le sobreviene un profundo vacío.
Si ELLA, que lo es TODO para él, ya no ESTÁ con él, no
hay nada a lo que merezca la pena entregarse, y por consiguiente, no merece
la pena vivir.
No importa si la mujer es portadora o no de esos
atributos que el enamorado le atribuye. Lo importante, lo esencial, es que él
lo cree así. Las demás mujeres no significan nada para este hombre
enamorado.
Cuándo se acaba esta especie de
"locura"? Pues no sé muy bien. Parece que se acabara de repente
o por el motivo más nimio. De pronto la mujer se va con otro, el hombre
sufre un fuerte desengaño, pero al día siguiente está "curado".
También suele ocurrir el caso contrario:
el del hombre que, pensando que su amada no le quiere, y despechado por ello,
ofuscado o impaciente por satisfacer sus deseos más primitivos, busca
consuelo en otra mujer de la que no está enamorado.
Aunque hay hombres -pensemos en el "Werther"
de Goethe- que se enamoran platónicamente de mujeres casadas con otros
hombres, e, incapaces de vivir sin su amor, acaban suicidándose.
Y hay veces en que este amor (ceguera luminosa)
se mantiene gracias a una especie de juegos amatorios: son los juegos de las
ausencias, de las despedidas y los reencuentros. Hay mujeres (como también
habrá hombres, imagino, para el caso contrario, pero repito que hablo
desde mi punto de vista masculino) que son diestras en este juego, practicado,
las más de las veces, de modo inconsciente. Esta mujer se acerca a nuestro
hombre, le sonríe y le dice: "te quiero"; pero al día
siguiente ya no está con él. De repente un día vuelve y
le repite, con una sonrisa, las palabras mágicas: "Te quiero".
Otro día ella no le dice las palabras mágicas, o pasa días
sin verlo, y el hombre se siente muy desdichado; mas de pronto ella vuelve y
le dice: "hola", y él siente que su amor vuelve a crecer. Y
otro día, pongamos por caso, él está con sus amigos y ella
no está, y de pronto la ve venir. Ella llega, le mira, pero no se detiene
junto a él, sino que sigue hablando con otras personas de su entorno.
A veces ni siquiera parece fijarse en él. El hombre se atormenta, pero
en cambio ella parece tan confiada, alegre...
Este juego puede mantenerse hasta el infinito:
todo el tiempo que quiera él, o que quiera ella.
Y no es producto de una edad temprana ni de una
edad tardía: se da a los quince, a los treinta y a los cincuenta años.
Estos hombres son solitarios, aventureros que viajan
con la mente al paraíso de sus sueños. Su patria es el mar, la
montaña, la soledad, el campo... Son hombres soñadores que hablan
a los árboles y que se mecen en sus ramas soñando que se mecen
en los brazos de la mujer soñada, deseada, amada, siempre inalcanzada.
Por eso considero que la monogamia existe, que
es un don del hombre, tal vez el don más preciado.
Fernando.
"