Bienvenid@s a El coloquio.com  foros, postales, relatos

Bienvenid@s
Tus artículos de opinión, descargas de música y humor, envío de postales gratis, relatos eróticos, poesía, literatura, y más
Foros de debate y opinión, además de la galería de fotos enviadas por usuari@s de El Coloquio.
Envíanos tus relatos, artículos y descargas para su publicación.
Inicio FAQ Galería de fotos Tu perfil Descargas Enviar relato Enviar fichero Foros Postales gratis Top 15 Salir

  Menú principal
· Portada
· Archivo de relatos
· Descargas
· Enviar fichero
· Enviar relato
· FAQ
· Foros de opinión
· Postales y fotos
· Recomiéndanos
· Tam tam
· Temas
· Top 15
· Tu perfil

  Mi página favorita
Ser mi favorita

Agregar a favoritos

Ser mi página de inicio


  Login
Nickname

Password

¿Todavía no tienes una cuenta? Créate una

  Artículos por temas
· Todas las Categorías
· Ciencias
· Humor
· Internet, Pcs, S. O.
· Literatura
· Miscelánea
· Música
· Opinión actual
· Poesía
· Relaciones
· Relatos eróticos
· Viajes

  Galería de fotos y postales

castillo del rey loco.jpg
castillo del re ...

El_valle.jpg
El_valle.jpg

PistasdeBaqueira.jpg
PistasdeBaqueir ...

CabodeTrafalgar.jpg
CabodeTrafalgar ...



 Literatura: Recordando a Poe: La mansión Vermann

Literaturababel escribió "Como todas las yertas mansiones salidas del alma de Poe, la de los Vermann hoy fuese para mí un esqueleto más desintegrándose junto al acantilado que aguardaba verla descomponerse, desencajar sus enmohecidas articulaciones y desmoronarse risco abajo. Si no hubiera ido, hoy no estaría aprisionado en esta habitación esperando…

¿Quieres opinar? Cliquea aquí



Lord Vermann había solicitado los servicios de un médico y yo fui el elegido por un antiguo colega de mi padre. Aparte de él, yo era el único disponible. Acababa de obtener mi título y pernoctaba en su casa antes de continuar mi rumbo. ¿Hacia dónde? Desconocía, nada me ataba a algún pedazo de tierra. Me informó que Lord Vermann estaba recluido en su mansión. No recibía invitados y sólo cuando era necesario, recurría a él. Esta vez el doctor estaba imposibilitado de ir --según verbalizó-- por problemas de salud, pero sus ojos vidriosos y su rostro esquivo por unos segundos me contradijeron su argumento. Acepté su propuesta aunque mis entrañas me avisaron de mi torpeza. Creo que es ahí donde se oculta mi ángel de la guarda... jejeje sonrío entre dientes. ¡Y qué pellizcos me da! Pero mi bolsillo vacío --ahí es que mora mi demonio-- me empujó hacia mi desgracia.

Por lo bajo, y haciendo cruces al poniente, los habitantes de la villa tenían historias que contar sobre los antiguos amos de la mansión. Se decía que Lord Vermann había asesinado a su esposa por ésta perder en una lúgubre noche de parto, al futuro heredero de sus ruinas. Que desapareció, que nunca se encontró su cadáver. Que la noche de la doble matanza se le oyó gritar aterrorizada; que su grito ululó enroscándose entre los cipreses que bordeaban la vereda; que el alarido chocó contra las rocas y rebotó cuesta abajo; que rodó haciendo espirales mezclándose con el polvo del camino hasta llegar a cada oído de cada humano y bestia, y que se les incrustó en los tímpanos ensordeciéndoles el alma.

Nadie podía gritar así –mascullaban--. No fue un alarido de dolor, de muerte. El grito de Lady Vermann fue de terror. En eso hubo consenso. En lo que no se ponían de acuerdo era en dónde estaban los cuerpos. Unos se limitaban a señalar con un ademán de cabeza hacia el acantilado; otros, morbosos, veían a la desventurada mujer y a su hijo atrapados en una de las gruesas paredes de la mansión, arañando día y noche su salida. El viejo doctor nunca se permitió emitir una sílaba. Desde el misterioso acontecimiento, clausuró su consultorio y sólo se le veía escapar de su casa cuando el mayordomo de Lord Vermann llegaba en su coche.

Y ahora estoy aquí, en el centro de este microuniverso estático... esperando. Agudizando vista y oídos. Repasando los muros en busca de algún ladrillo mal encajado, alguna esquiva grieta. Mis oídos trataban de tamizar sonidos, distinguirlos, sortearlos hasta encontrar aquel ay lejano, apagado. Nada parecía albergar la muerte. Lo único que me llamó la atención fue aquella mancha culebreante y brillosa que repteaba alrededor de la amplia butaca y subía zigzagueante hasta los brazos.

Mi instinto me obligó a acercármele. Todavía estaba húmeda y al tocarla --porque lo hice, --rigor científico supongo, no mera curiosidad-- su consistencia era gelatinosa, pegajosa. Pensé que posiblemente eran rastros de comida. Llevé mis dedos a mi nariz y aspiré fuerte. El hedor me hizo voltear el rostro brúscamente alejándolo de aquella nauseabunda baba.

Lord Vermann apareció en el recinto. Su físico menudo, delgado, ajado por el tiempo no lo dibujaba como un asesino. Sus ojos --eso sí-- sus ojos no encajaban en aquella cara vetusta, senil. Intuí pasión, vida en ellos, pero no obstante, su brillo opaco, sanguinoliento, gélido, me transportó a las puertas del averno. El anciano notó mi turbación y esbozó una sonrisa ladeada, burlona, que me conturbó. Me señaló la ruta a seguir y fui tras de él hacia el comedor.

--Doctor Williams, --ese es mi nombre o lo era, ya no sé si existo siquiera-- así que fue recomendado por Fellows… ¿le indicó qué papel desempeñaría en esta casa? Creo que no. Fellows se caracteriza por ser muy parco. Nunca de su boca ha salido una palabra del pasado…

Lord Vermann calló. Su voz rasposa, llena de letargos me congelaba los huesos. Sus inconclusos silencios decían más que sus palabras. Era obvio que estas paredes guardaban un secreto y que el doctor Fellows era cómplice. Pero ¿qué? Mi anfitrión pareció adivinar el estado confuso de mi cerebro. Levantó su ceja izquierda y continuó acechándome desde el otro extremo de la mesa. Por hacer algo, levanté la copa del amontillado y bebí de ella, con desespero, mientras cerraba los ojos para no enfrentar los de él. ¿Era cierto lo que decían en el pueblo? ¿Asesinó a su esposa? ¿Para qué me necesitaba? No precisaba de mis conocimientos. No tenía el tinte de la muerte en su piel… ni el olor rancio… ¿Por qué sentía en todo mi cuerpo esta sensación de peligro? ¡Escapar! ¿Pero de qué?

Lord Vermann se levantó de su silla. Caminó despacio; su voz trémula retumbó contra los muros yermos, ansiosos de vida. --Noto su contrariedad,-- mascullaba-- mientras me cercenaba con sus ojos. --No estoy ajeno a las habladurías de mis vecinos colina abajo. Pero no, no asesiné a mi esposa ni a mi hijo. Mi querida Alexia no soportó el horror del parto. Ella -- casi ahogaba su voz, su rostro se quebraba-- quiso darme un hijo… aun a sabiendas de la maldición.

¡Una maldición! ¿De qué hablaba? ¡Esto no es un cuento de Poe! Es la vida. En este siglo y pensando en antiguas maldiciones heredadas de padre a hijo por los siglos de los siglos. Lord Vermann me taladraba. Mi cabeza sólo atinaba a moverse al son del no… no puede ser… y mi cuerpo se cubría por un sudor frío incontrolable. Prosiguió:

--Sólo quien no ve de frente el horror piensa que no existe. Alexia se reía del horror hasta que éste nació de sus entrañas. El hijo terminó con su madre que se desvanecía entre gritos horripilantes ante nuestros ojos. Yo no la maté, doctor Williams. Fue él, su propio engendro. Debí troncharlo, talarlo de raiz. Pero yo, yo --golpeaba su pecho con sus puños--también desafié a la maldición. Quise un hijo. ¿Entiende? Un heredero.

Aproveché su intermedio para indagar sobre la criatura. ¿Murió? Por lo dicho la terrible maldición era sólo un mal congénito. Nada que ver con brujas ni malos pensamientos… trataba de sosegar mi alma con ideas cuerdas, científicas.

--Mi hijo vive. Necesita de usted para seguir viviendo, así, como necesitó de mi dulce Alexia. Verá, hoy es el *****pleaños de mi hijo. Y como todos los años, le doy un presente, --pausó para sonreir irónico-- con la ayuda de Fellows. Fellows sabe escoger…

Sentí el aburar de mil hormigas en mi espina dorsal. ¿De qué se trataba todo esto? Lord Vermann salió apresurado dejándome solo. Fui hacia la puerta y la encontré cerrada. Mi pulso se aceleraba y sentía el bombeo de mi corazón. Comencé a gritar, a llamar al criado, a vociferar contra aquel viejo que me coartaba la libertad… hasta que… buscando aire, el hedor inundó mis pulmones. Casi vomito. Era penetrante. ¿De dónde salía? Mi pregunta obtuvo pronta respuesta…

Una alargada masa gris amarillenta, fétida, subía por mi pierna dejando un rastro brilloso según se deslizaba hacia mi torso. Su espesa baba entraba por mis poros aniquilando mis nervios; me paralizaba. Su cara… ¡por dios! Grité. En lo que debía ser su rostro se adivinaban ojos humanos. Un rostro sin cráneo… un cuerpo sin huesos. El engendro continuaba su ascenso reptando sobre mi cuerpo arrojado al piso. ¡Grité, grité, grité… hasta que mi boca quedó ataponada por este gusano que se introducía por mi garganta, quemándome, destrozándome… y se alojaba en mis intestinos desde donde me consume lentamente… día y noche, noche y día… ¡Vermannnnnnnn! ¡Vermannn! ¡¡¡Verm…!!!
Babel"



 
  Enlaces Relacionados
· Más Acerca de Literatura
· Noticias de Sinbandera


Noticia más leída sobre Literatura:
Técnica del cuento de terror


  Votos del Artículo
Puntuación Promedio: 3
votos: 1


Por favor tómate un segundo y vota por este artículo:

Excelente
Muy Bueno
Bueno
Regular
Malo



  Opciones

 Versión Imprimible  Versión Imprimible

 Enviar a un Amigo  Enviar a un Amigo


Topicos Asociados

Literatura






 

 
     
Página Generada en: 0.112 Segundos